Mamá entra a la habitación de Sofía con una sonrisa. "Sofía, hoy vas a hablar en la fiesta de la guardería," dijo mamá. Sofía miró a mamá y sintió un cosquilleo raro en la barriga. "Oh, no," pensó, "todos me mirarán."
En la fiesta, papá la llevó al escenario. "Vamos, Sofía," dijo papá suavemente. Sofía sintió sus mejillas calentar. "Mamá, papá, ¡tengo vergüenza!" susurró Sofía. Mamá le sonrió y acarició su mejilla. "Está bien sentir vergüenza, Sofía," dijo mamá.
Sofía miró a su amiga Luna en primera fila. Luna agitó la mano con alegría. "Puedes hacerlo, Sofía," gritó Luna. Eso hizo sonreír a Sofía un poquito. "¿De verdad?" preguntó Sofía. "Sí," dijeron mamá y papá.
Sofía se paró derecha y empezó a hablar. "Hola, me llamo Sofía," dijo, mirando a Luna. Con cada palabra, la vergüenza se hacía más pequeña. Parecía magia. Mamá y papá sonrieron. "Muy bien, Sofía," dijeron.
Al final, todos aplaudieron. Sofía se sintió feliz y orgullosa. "¡Lo hice, mamá!" dijo Sofía, corriendo a abrazar a mamá. "Sí, lo hiciste," dijo mamá.
De camino a casa, Sofía susurró a papá, "A veces tengo vergüenza, pero luego pasa." Papá asintió. "Así es, las emociones van y vienen como las nubes."
Esa noche, Sofía se acurrucó en su cama. "Mañana será otro día," pensó, "y las emociones cambiarán como el clima." Cerró los ojos y soñó con aventuras felices donde las emociones eran como colores, todos bonitos y todos diferentes.