Un día, en un parque lleno de flores y árboles, estaban tres amigos: Tomás, Leo y Javier. A los tres les gustaba mucho jugar juntos. Tomás llevaba siempre su bastón mágico, que le ayudaba a caminar.
Un día, encontraron un espejo muy especial. Leo lo miró y dijo: "¡Miren, este espejo muestra cómo nos sentimos!". Javier se acercó y vio su cara feliz. "¡Estoy contento!", dijo Javier sonriendo.
Pero Tomás se acercó, miró al espejo y vio su carita sonrojada. "¿Por qué mi cara está roja?", preguntó Tomás. Leo dijo: "Creo que estás sintiendo vergüenza".
Tomás pensó un poco y dijo: "Me siento así cuando no puedo correr tan rápido como ustedes". Leo le sonrió y dijo: "No pasa nada, Tomás. A veces, yo también siento vergüenza cuando no sé cómo hacer algo".
Javier agregó: "Podemos jugar a un juego donde todos nos movamos al ritmo del bastón mágico de Tomás". Tomás sonrió y dijo: "¡Eso suena divertido!".
Así que empezaron a jugar, moviéndose al ritmo del bastón mágico. Tomás se sintió feliz y la vergüenza desapareció. "Gracias por jugar conmigo así", dijo Tomás.
Leo y Javier dijeron: "Nos gusta jugar contigo, Tomás. Todos tenemos sentimientos, y está bien sentirlos".
El espejo mágico brilló y mostró las caras contentas de los tres amigos. "¡Miren, ahora todos estamos felices!", dijo Javier.
Tomás, Leo y Javier aprendieron que está bien sentir vergüenza a veces, y que hablar con amigos siempre ayuda. Jugaron todo el día, riendo y disfrutando juntos, sabiendo que sus emociones estaban bien, porque eran amigos de verdad.