Pablo es un niño pequeño. Tiene tres años. Hoy está en casa con su osito. El sol entra por la ventana. Pablo juega con sus bloques, «pam, pam», hacen los bloques. De pronto, su torre se cae. «¡Plaf!», suena fuerte.
Pablo mira su torre. Siente algo nuevo en la barriga. Sus ojos se ponen brillantes. Pablo se siente triste. Las lágrimas bajan despacito por su cara.
Mamá se acerca suave. Se agacha y dice: «¿Estás triste, Pablo?». Pablo asiente con la cabeza. Mamá le da un abrazo muy suave. Pablo siente el abrazo calientito. Mamá le limpia la cara con sus manos.
«Podemos intentar otra vez», dice mamá. Pablo sonríe un poco. Sus dedos agarran un bloque. «Hop», pone un bloque arriba. El osito lo mira contento.
Pablo respira hondo. Sus manos están más tranquilas. Mamá le dice: «Estoy aquí contigo». Pablo siente su corazón más alegre. Construye de nuevo su torre. Esta vez la torre no se cae. Pablo aplaude, «clap, clap», y ríe. El osito también parece reír.
Pablo mira a mamá. Mamá sonríe. Pablo se siente feliz otra vez. La casa está tranquila. El sol sigue brillando. Pablo aprende que a veces uno se pone triste. Mamá está ahí y todo está bien.
A veces sentimos tristeza, pero con cariño y calma, la alegría vuelve pronto.