Había una vez una niña pequeña llamada Martina. Martina tenía tres años y una sonrisa tan grande como un sol. Martina era muy curiosa y le encantaba reírse. Un día, su abuela le dijo: “Martina, hoy vamos al circo.” Martina aplaudió muy fuerte: “¡Sí, sí, sí! ¡Quiero ver payasos y elefantes y globos!”
El circo estaba lleno de colores. Había banderines rojos, amarillos y azules. Olía a palomitas de maíz y a algodón de azúcar. Martina miraba todo con ojos grandes. “Mira, abuela, ¡un elefante!” gritó. Pero el elefante era de cartón y tenía una gran sonrisa pintada. Martina se rió: “¡Ese elefante no come cacahuetes!”
Cuando empezó el espectáculo, las luces se apagaron y Martina se sentó en las piernas de su abuela. Salió un payaso con una nariz roja gigante y unos zapatos enormes. El payaso se tropezó con una cuerda y ¡pum!, se cayó de espaldas. Todos se rieron. Martina gritó: “¡No te caigas, payaso!” El payaso se levantó y le guiñó un ojo: “¡Es mi trabajo, pequeña!”
Después, apareció una señora con un vestido de muchos colores. Tenía un sombrero con plumas y llevaba un perrito pequeñito. El perrito saltaba aros, daba vueltas y se escondía detrás de la señora. “¡Qué perrito más rápido!” dijo Martina. El perrito corrió tanto que se le quedó el sombrero de la señora en la cabeza. Todos rieron y aplaudieron. Martina también aplaudió fuerte.
De repente, el director del circo, que tenía un bigote muy largo, dijo: “¡Ahora, el número mágico!” Salió un mago con capa brillante. El mago sacó una varita y dijo: “¡Abracadabra!” Pero en vez de salir un conejo de su sombrero, ¡salió una rana saltarina! La rana croó muy fuerte y saltó por toda la pista. El mago la persiguió dando vueltas y vueltas. La rana saltó al regazo de Martina. Martina se asustó un poquito, pero la rana era suave y verde. Martina le dijo: “Hola, ranita.” La rana croó suave y volvió con el mago, que le dio las gracias a Martina. “¡Qué rana más simpática!” dijo Martina, riéndose.
Luego, el circo hizo un descanso. Martina miró a su abuela y preguntó: “¿Puedo ver a los payasos de cerca?” Su abuela sonrió: “Vamos a los camerinos, pero vamos despacito.” Martina y su abuela caminaron detrás de la gran cortina roja. Allí, los payasos se cambiaban los zapatos y practicaban hacer muecas en el espejo. Un payaso le preguntó: “¿Quieres probar mi nariz roja?” Martina se la puso y todos se rieron. Martina hizo “¡Achoo!” y la nariz salió volando. El payaso la recogió y le hizo cosquillas en la barriga. Martina no podía parar de reír.
En los camerinos, el mago le mostró a Martina una varita mágica de mentira. “¿Quieres hacer magia?” preguntó el mago. Martina agitó la varita y, de repente, salieron burbujas de jabón. “¡Magia, magia!” gritó Martina, saltando entre burbujas. El perrito del circo intentó morder una burbuja, pero se le pegó en la nariz y se quedó con cara de sorpresa. Todos rieron.
De vuelta a la pista, el director anunció: “¡El gran desfile final!” Todos los artistas salieron bailando. El mago, la señora de los perros, los payasos, y hasta la rana saltarina iban en fila. Martina y su abuela se sentaron muy cerca. El director preguntó: “¿Quién quiere ayudarnos en el desfile?” Martina levantó la mano. “¡Yo, yo, yo!” gritó.
El director la invitó a la pista. Martina caminó despacito, porque sus piernas eran pequeñas. Todos la miraban y sonreían. El mago le puso una capa brillante. Un payaso le dio un globo de colores. El perrito le lamió la mano. Martina se sintió muy feliz y bailó despacito, como bailan los niños pequeños. Todos los artistas iban a su ritmo, ni rápido ni lento, y la seguían con mucho cuidado.
La música sonaba y todos aplaudían. Martina levantó la mano con el globo y saludó a su abuela. “¡Bravo, Martina!” gritó la abuela. Martina sonrió muy grande. El desfile terminó con una lluvia de confeti de colores. Martina se cubrió la cabeza y se rió: “¡Está nevando colores!” Todos los artistas la rodearon y le dieron las gracias por ser tan valiente y divertida.
Al final, Martina abrazó a su abuela. “¿Te ha gustado el circo?” preguntó la abuela. Martina dijo: “Sí, pero lo mejor fue bailar con todos y hacer magia de burbujas.” La abuela la besó en la mejilla: “Cada uno tiene su ritmo, Martina, y tú lo has hecho muy bien.”
Martina bostezó. “Me gusta el circo, abuela. Cuando sea grande, quiero ser payaso y mago y perrito y rana.” La abuela rió: “¡Puedes ser todo lo que quieras!” Martina cerró los ojos y escuchó la música del circo, suave y alegre. Y así, muy tranquila y contenta, Martina soñó con elefantes de cartón, payasos saltarines y muchas, muchas burbujas de colores.