El pequeño lobo Luno tenía un plan muy divertido. Quería hacer algo que todos decían que era imposible: cruzar el prado lleno de pelotas saltarinas sin tocar ninguna. Las pelotas rebotaban, cantaban y daban vueltas. "Imposible", decía la señora Tortuga. "Imposible", decía el señor Búho. Luno sonrió. Le gustaba probar cosas que parecían difíciles.
Luno puso su cronómetro en la mesa. "Tres minutos", dijo. Se tocó la barriga. "Tengo tiempo", murmuró. El cronómetro hizo tic, tac. Tic, tac. Luno respiró hondo. Respiró otra vez. Sus orejas se movieron como hojas.
Al principio, Luno caminó muy despacio. Una pelota pequeña rebotó y casi le toca la cola. Luno dio un brinco gracioso. "¡Uy!" dijo. Los vecinos lo miraban. La señora Coneja aplaudía. "¡Puedes, Luno!" dijo ella con voz dulce. Luno sonrió. Le gustó escuchar palabras amables.
El primer desafío fue la fila de pelotas grandes. Luno se agachó. Paso a paso. El cronómetro marcaba un minuto. Tic, tac. Una pelota grande saltó justo frente a él. Luno rodó como una pelota pequeña. Se levantó riendo. "Otra vez", dijo. Intentó de nuevo. Esta vez, en lugar de luchar con la pelota, Luno empezó a contar con ella. "Uno... dos..." cuando la pelota decía "¡boing!" él decía "¡boing!" también. La pelota se quedó quieta la mitad del tiempo, como si estuviera escuchando la canción. Luno pasó. "Qué raro", dijo Búho. "Qué divertido", dijo Tortuga.
El segundo desafío era un charco que no era agua sino pelotas azules que chapoteaban. "No mojarás tus botas", dijo alguien. Luno miró las botas y se acordó de su amiga Gata, que tenía botas nuevas y le daba miedo arruinarlas. Luno pensó en Gata. Sentir la emoción de su amiga le hizo decidir cuidar sus botas y también las de Gata. Luno puso una tabla, más tablas, y luego cojines suaves. Hizo una pasarela de cosas blandas. "¡Toc, toc!" dijo el cronómetro. Tic, tac. Luno cruzó la pasarela como un equilibrista. Cada vez que ponía el pie, cantaba: "Paso suave, paso suave". La pasarela tembló un poquito, pero resistió. Al llegar al otro lado, Luno saltó y dio un brinco de alegría. La multitud aplaudió. Gata maulló feliz.
El tercer desafío fue el más extraño. Había una nube de burbujas que silbaban. Las burbujas no querían que nadie pasara sin hacerles cosquillas. Luno tenía miedo de hacerlas enfadar. Entonces, recordó algo importante: la sonrisa de la mamá lobo cuando Luno le trae flores. Pensó en cómo se siente cuando alguien está triste y tú haces algo pequeño para ayudar. Luno respiró. "Si las burbujas son tímidas, les haré cosquillas con cariño", dijo suave.
Luno sacó una pluma del bolsillo. La pluma era de colores. "Hola, burbujas", dijo Luno con voz suave. "¿Quieres jugar?" Las burbujas bostezaron. Luno les hizo cosquillas con la pluma. Las burbujas empezaron a reír y a flotar más alto. Abrieron paso como si fueran flores que se apartan para un amigo. Luno pasó cantando: "Toc, toc, burbuja, por favor deja pasar". El cronómetro marcó dos minutos y cuarenta segundos. Tic, tac, tic.
Mientras Luno avanzaba, vio a un pequeño erizo que se había quedado atrás. Se enredó entre las pelotas y no podía salir. Luno vio sus ojos asustados. Se acordó de Gata, de su mamá y de la sonrisa que las pequeñas acciones pueden dar. Luno corrió hacia el erizo. "No te preocupes", dijo. Con cuidado, separó las pelotas y le dio la pluma para que hiciera cosquillas a las burbujas también. Juntos, empujaron, tiraron y rieron. El erizo sonrió. Sus púas brillaron como rayos de sol.
Al final, Luno llegó al otro lado del prado. El cronómetro sonó: ¡bing! Tres minutos menos veinte segundos. Luno miró a su alrededor. Todos estaban contentos. La señora Tortuga le dio una flor. El señor Búho le guiñó un ojo. Gata saltó y abrazó a Luno con sus patas suaves. El erizo dijo: "Gracias".
Luno respiró profundo. "Lo intentamos juntos", dijo. Su corazón se calentó. Había hecho algo que parecía imposible, con ideas, risas y ayuda. Todos celebraron con una merienda de miel y zanahorias. Luno comió un poco y ofreció a sus amigos. Compartir fue dulce y tranquilo.
Esa noche, cuando Luno se metió en su cama, apagó el cronómetro y lo guardó. Sonrió. Pensó en las burbujas, en las tablas, en la pluma y en el erizo. Se sintió feliz. Dormía seguro porque sabía que con amistad, ingenio y risas, no hay reto imposible.