Había una vez un oso grande y peludo llamado Bruno. Bruno vivía en el bosque, cerca de un río brillante y lleno de piedras redondas. Bruno era curioso y siempre tenía ganas de jugar. Un día, mientras olía flores amarillas, escuchó a la rana Rita croar muy fuerte.
—¡Bruno! —gritó Rita—. ¡Hoy hay un desafío imposible en el bosque!
Bruno abrió los ojos muy grandes.
—¿Imposible? ¿Qué es imposible? —preguntó Bruno, rascándose la barriga.
—Nadie ha podido apilar cinco piñas encima de una seta roja sin que se caigan —dijo Rita, saltando de emoción—. Todos dicen que es imposible, ¡pero yo creo que tú puedes!
Bruno miró a su alrededor. Había piñas por todas partes y muchas setas rojas. Bruno sonrió y dijo:
—¡Vamos a intentarlo!
Rita aplaudió con sus patitas. Juntos buscaron la seta más gordita y bonita. Era roja como una manzana y tenía puntitos blancos.
Bruno colocó la primera piña. ¡No pasó nada! La seta se movió un poquito, pero la piña no cayó. Bruno puso la segunda piña. La seta tembló, pero aguantó. Al poner la tercera piña, la seta hizo “plop” y ¡todas las piñas rodaron por el suelo!
Bruno se rió tan fuerte que asustó a una mariposa amarilla.
—¡Esto es difícil! —dijo Bruno—. ¿Y si lo intento con mi pata izquierda?
Probó a apilar las piñas usando solo la pata izquierda. Una, dos, tres… ¡plop! Otra vez, las piñas cayeron.
Rita saltó al lado de Bruno.
—¡Tengo una idea! —dijo Rita—. ¿Y si cantamos una canción para animar a la seta?
Bruno se rascó la cabeza.
—¡Buena idea! —dijo—. ¡Las setas bailan mejor con música!
Bruno y Rita cantaron una canción divertida sobre piñas saltarinas. Mientras cantaban, Bruno puso otra vez la primera piña, luego la segunda, y después la tercera. Las piñas bailaban un poquito, pero la seta seguía firme.
Pero cuando Bruno puso la cuarta piña, la seta empezó a moverse a la derecha, luego a la izquierda, y de repente… ¡achís! Bruno estornudó tan fuerte que las piñas volaron por los aires. Una piña cayó en la charca de Rita, otra rodó hasta un arbusto y las demás se escondieron bajo unas hojas.
Bruno se tumbó en la hierba y se rió. Rita también. Los dos se miraron y no paraban de reír. Después, Bruno se dio cuenta de que tenía mucha sed.
—¡Hora de una pausa! —dijo Bruno.
Bruno caminó hasta el río y bebió agua fresca. Rita se subió a una hoja grande y flotó sobre el agua, haciendo burbujas con su boca.
Cuando terminaron de descansar, Bruno tenía una nueva idea.
—¿Y si en vez de apilar las piñas yo solo, lo hacemos juntos? —preguntó Bruno.
Rita asintió.
—¡Sí! Yo te ayudo.
Rita sujetó la seta con sus patas pequeñas y Bruno colocó una piña. La seta se quedó quieta. Pusieron la segunda piña, luego la tercera. Bruno sacó la lengua de concentración. Rita sopló para que las piñas no cayeran.
—¡Vamos, Bruno! —animó Rita.
Bruno puso la cuarta piña. La seta tembló, pero Rita la sujetó fuerte. Solo quedaba una piña más. Bruno la puso muy despacito. Todos los animales del bosque se acercaron para mirar. El zorro, el ciervo, la ardilla y el búho miraban con los ojos muy abiertos.
—¡Cinco piñas! —gritó Rita.
Todos aplaudieron y Bruno bailó feliz alrededor de la seta. Las piñas estaban apiladas, brillando bajo el sol. Bruno abrazó a Rita.
—¡Gracias por ayudarme! —dijo Bruno.
Rita sonrió.
—¡Juntos todo es posible!
Bruno y Rita se tumbaron en la hierba. El sol brillaba, el río cantaba y el bosque estaba tranquilo. Bruno cerró los ojos, feliz y contento, pensando en nuevos juegos imposibles para otro día.