Sofía tenía tres años y una gran sonrisa. Un soleado martes, su osito amarillo, Osito Patoso, vino corriendo con el pelo alborotado.
—Sofía, tengo una misión súper-súper difícil —dijo Osito Patoso moviendo las patitas—. ¡Tenemos que llevar todas las galletas de la cocina al salón… usando solo cucharas!
Sofía aplaudió emocionada. —¡Eso suena divertido, Osito!
Fue a la cocina y miró la caja de galletas. Eran muchas, redondas y crujientes. El reto era claro: no podían usar las manos, solo cucharas. Sofía cogió una cuchara verde y Osito una cuchara azul (¡aunque tenía que sujetarla con los brazos porque tenía las patitas muy cortas!).
—Uno, dos, tres… ¡a transportar! —gritó Sofía, y todos se pusieron manos a la obra.
Sofía puso una galleta en su cuchara. Caminó despacio, despacito… ¡Uy! La galleta se cayó y rodó hasta la alfombra.
—¡Oh oh! —dijo Sofía.
Osito Patoso también probó con una galleta, pero la cuchara le temblaba y la galleta saltó como un trampolín. Cayó justo encima de su cabeza. Sofía se rió tanto que casi se le olvida seguir.
—¡No pasa nada! —dijo Sofía—. Vamos a organizarnos.
Se sentó en el suelo y pensó. Miró a Osito Patoso y luego miró las cucharas, las galletas, la alfombra y la mesa.
—Si ponemos las galletas en una fila, podemos ir pasándolas de una cuchara a otra. Como un tren de cucharas —dijo Sofía, con los ojos brillando.
Osito Patoso saltó de alegría. —¡Sí, sí, un tren de cucharas!
Juntaron varias cucharas de colores. Las pusieron una tras otra, desde la caja de galletas hasta el salón. Sofía gritó: —¡Preparados para el tren de galletas!
Colocó una galleta en la primera cuchara. Con mucho cuidado, empujó la galleta hasta la segunda cuchara, luego a la tercera, y así hasta la última. Osito Patoso esperaba al final, con las patitas abiertas, listo para recibir la galleta.
—¡Llegó la galleta-exprés! —gritó Osito Patoso y atrapó la galleta con una sonrisa.
—¡Una galleta entregada! —dijo Sofía.
Así siguieron, cuchara a cuchara, galleta a galleta. Algunas veces la galleta se caía y rodaba, pero Sofía decía: —No pasa nada, está jugando a las escondidas.
A veces, Osito Patoso se equivocaba y apilaba dos galletas en una sola cuchara. ¡Las galletas se balanceaban como equilibristas! Sofía soltó una risa y le dijo:
—Osito, las galletas no hacen yoga.
Osito Patoso se rió también y dijo: —¡Pero sí hacen saltos mortales!
Después de un rato, pararon a descansar. Sofía se tumbó en la alfombra y miró su fila de cucharas. Pensó en algo muy importante.
—Necesitamos poner las cucharas más cerca. Así, si una galleta se cae, no va tan lejos.
Movió las cucharas, juntándolas, formando una línea cortita. Ahora el tren de galletas era más fácil y más rápido.
—¡Buena idea, Sofía! —dijo Osito Patoso.
Sofía le guiñó un ojo y dijo: —¡Organización, organización, organización!
Volvieron al reto. Las galletas iban de cuchara en cuchara como si hicieran una carrera de sacos. Algunas llegaban al sofá, otras daban vueltas y acababan debajo de la mesa. Pero Sofía seguía tranquila.
—No pasa nada, las galletas tienen ganas de bailar —decía, y se agachaba con mucho cuidado para recogerlas.
Poco a poco, la caja de galletas se fue vaciando y el salón se fue llenando de galletas sonrientes. Al final, la última galleta llegó a su destino, saltando de la cuchara azul de Osito al cojín del sofá.
Sofía y Osito Patoso se sentaron a mirar su obra. Había galletas por todas partes: en el sofá, en la alfombra, ¡incluso una encima de la cabeza de Osito! Sofía aplaudió contenta.
—¡Reto imposible… conseguido! —anunció Sofía.
Osito Patoso se tumbó al lado de Sofía y le dijo: —Creo que las galletas nunca habrán viajado tanto.
—Y todo gracias a la organización —dijo Sofía, abrazando a su amigo.
Se quedaron quietos, muy tranquilos, escuchando el tic-tac del reloj y el rumor suave de la tarde. Sofía sonrió, orgullosa y relajada. Habían cumplido su misión imposible, juntos y con muchas risas.
—Ahora es hora de merendar, ¿verdad? —preguntó Osito Patoso.
—¡Sí, pero primero… una siesta cortita! —respondió Sofía, y ambos cerraron los ojos, rodeados de galletas, cucharas de colores y muchas aventuras por soñar.