En la calle tranquila del barrio, un joven se pone su uniforme azul. Se llama Leo. Sonríe y se ajusta la gorra. “Hoy cuido a todos”, dice.
Leo es policía. No da miedo. Ayuda. Camina despacio y saluda. “Hola, vecina”, dice. “Hola, Leo”, responde ella.
En la plaza hay niños. Hay un perrito. Hay un banco. Todo está en calma. Leo mira con ojos atentos. Escucha: “pi-pi”. Es un coche pequeño que quiere pasar.
Leo levanta la mano. “Alto”, dice suave. Luego dice: “Ahora, paso”. El coche pasa. “Brrrum”, hace el motor. Leo sonríe. “Así vamos seguros”, dice.
Una niña se acerca con un globo rojo. El hilo se suelta: “¡ups!”. El globo se va hacia un árbol. La niña abre mucho los ojos.
Leo se agacha. “Tranquila”, dice. Mira el árbol. No es alto. Leo estira el brazo y toma el hilo. “¡Plin!”, hace el hilo al caer en su mano. “Aquí está”, dice. La niña ríe. “Gracias”, responde.
Leo saca una libreta. Apunta algo. “Yo anoto cosas para ayudar”, dice. Luego mira un charco. Hay una tapa en el suelo, al lado. “Oh”, dice Leo. “Una tapa suelta”.
Leo llama por su radio: “clic-clic”. “Amigos, tapa suelta en la plaza”, dice. En poco rato llega una compañera. “Hola”, dice ella. Juntos ponen la tapa bien. “¡Clac!”, hace. Todo queda firme.
Después, Leo habla con los niños. “Si se pierden, se quedan quietos y buscan a un policía o a un adulto con chaleco”, dice. “Y dicen su nombre”. Los niños repiten: “Mi nombre”. Leo aplaude: “¡pam-pam!”.
El sol baja. Leo vuelve a casa. Se lava las manos: “chof-chof”. Se sienta y respira lento. “Hoy ayudé con calma”, dice.
Moraleja: Ayudar con palabras suaves y cuidado hace que todos estén tranquilos y seguros.