Capítulo 1: Risas bajo el árbol
Era una noche muy fría de diciembre. Había estrellas en el cielo y la luna brillaba como una galleta de azúcar. El salón olía a galletas de canela y el árbol de Navidad estaba lleno de luces de colores. Lucía, una niña de seis años, dormía en su cama calentita cuando, de repente, escuchó algo muy extraño.
—Ji, ji, ji… jijijijiji… —se oía cerca del árbol.
Lucía abrió un ojo. Luego abrió el otro. Escuchó de nuevo. Las risas venían del salón. ¿Quién se reía? ¿Sería Papá Noel? ¿Sería un duende? ¿Sería un pajarito con frío? Lucía se puso sus pantuflas de osito y caminó despacio, muy despacio, por el pasillo. Cada paso hacía “cric, cric, cric” en el suelo.
Cuando llegó al salón, vio algo increíble. Muy, muy increíble. Entre las bolas rojas y las estrellas doradas del árbol, había un pequeño sombrero rojo moviéndose. El sombrero saltaba y giraba. Y debajo del sombrero… ¡había una carita traviesa! Una carita con pecas, una nariz roja y una gran sonrisa.
—¡Hola! —susurró Lucía, asombrada.
El duende la miró, se llevó un dedo a los labios y dijo:
—¡Shhh! Soy el Lutin Farceur de Navidad. Vengo a hacer reír y a hacer pequeñas bromas.
Lucía se tapó la boca para no reírse fuerte. El duende saltó sobre una rama del árbol y sacó una pequeña campanita de su bolsillo.
—¿Quieres jugar conmigo? —preguntó el duende.
Lucía asintió muy rápido. Sus ojos brillaban de emoción. El duende saltó y corrió por la sala, dejando un rastro de purpurina dorada. Lucía lo siguió, riendo bajito.
Capítulo 2: Burbujas y travesuras
Por la mañana, Lucía se despertó con una sorpresa. Al abrir la puerta de su habitación, ¡había burbujas por todas partes! Burbujas grandes, burbujas pequeñas, burbujas que olían a vainilla. Lucía se rió y trató de atrapar una.
—¡Lutin Farceur, sé que has sido tú! —dijo Lucía en voz alta.
El duende apareció detrás de la cortina, con los pelos llenos de confeti.
—¡Me has pillado! —rió el Lutin Farceur—. Hoy es el día de las burbujas mágicas. ¡Sorpresa!
Lucía aplaudió. Las burbujas flotaban por la casa y explotaban con un “pop” suave. Cada vez que una burbuja explotaba, dejaba caer una estrellita brillante al suelo.
—¡Esta es la mejor mañana de mi vida! —gritó Lucía.
El duende saltó a la mesa y se escondió detrás de un jarrón con flores de papel. Lucía intentó pillarlo, pero el duende era pequeño y muy rápido. Se metió bajo la mesa, saltó a una silla y luego al sofá.
—¡Te voy a atrapar, Lutin Farceur! —decía Lucía.
—¿Seguro? —respondía el duende—. ¡Yo soy el rey de las bromas!
Lucía pensó. Pensó mucho. Quería atrapar al duende. Pero, ¿cómo?
—¡Ya sé! —dijo Lucía—. Voy a hacerte una trampa.
El duende se rio aún más fuerte.
—¡Eso quiero ver! —y dio una voltereta en el aire.
Capítulo 3: La trampa de Lucía
Lucía preparó su trampa. Puso una caja de cartón en el salón. Debajo, puso galletas de jengibre, caramelos y una tarjeta que decía “Para el Lutin Farceur”.
El duende la miraba desde detrás del cojín.
—¿Cae el duende en la trampa? —preguntó Lucía.
El duende olfateó el aire. Las galletas olían delicioso. Lucía esperó. Esperó un poco más. Y de repente… ¡PLAF! El duende saltó sobre la caja, pero no se quedó atrapado. La caja se movió, dio la vuelta y el duende apareció encima, comiéndose una galleta.
—¡Eres rápida, Lucía! —dijo el duende—. Pero yo soy más rápido.
Lucía rió. El duende le lanzó un caramelo y ella lo atrapó.
—¡Eres muy divertido, Lutin Farceur! —dijo Lucía.
El duende hizo una reverencia.
—Me gusta hacer reír. Me gusta la Navidad. Me gusta ver a los niños felices.
Lucía miró el árbol de Navidad. Las luces parpadeaban. Había estrellas de papel, bolas de colores, y un ángel dorado en la punta.
—¿Por qué haces tantas bromas? —preguntó Lucía.
El duende se sentó a su lado y suspiró.
—Las bromas son mágicas. Cuando las personas se ríen, la Navidad brilla más fuerte. Cuando tú te ríes, Lucía, el árbol brilla más.
Lucía miró el árbol. Era verdad. El árbol estaba más bonito que nunca. Las luces se movían como si bailaran.
—¿Me enseñas una broma? —preguntó Lucía.
—¡Claro! —dijo el duende.
El duende le enseñó a Lucía a esconder pequeñas estrellas en los zapatos de papá. Cuando papá se los puso, las estrellas salieron volando y papá se rió muchísimo.
—¡Bromas de Navidad! —gritó Lucía.
Capítulo 4: La magia de reír juntos
Cada día, Lucía y el Lutin Farceur hacían una nueva broma. Un día, pusieron narices de payaso en las tazas del desayuno. Otro día, cambiaron las bolas del árbol por globos de colores. Otro día, escondieron caramelos en los bolsillos de mamá.
Cada vez que alguien se reía, el duende hacía sonar su campanita.
—¡Ríe, Lucía! —decía el duende—. ¡Ríe fuerte!
Y Lucía reía, reía y reía. La casa estaba llena de alegría. Las luces brillaban más. La Navidad era mágica.
Pero una noche, el duende se puso un poco triste.
—Pronto me tengo que ir, Lucía. Cuando llegue la Navidad, debo volver a mi bosque de los duendes.
Lucía abrazó al duende.
—¿Volverás el próximo diciembre?
El duende asintió.
—Siempre vuelvo para hacer reír. Pero mientras tanto, tú puedes ser la Lutin Farceur de tu casa.
Lucía se rió. Le puso al duende una bufanda roja.
—No te olvides de mí, Lutin Farceur.
El duende saltó y dejó un regalo bajo el árbol. Era una caja pequeña con una campanita dorada.
—Cada vez que suenes esta campanita —dijo el duende—, recordarás que la risa y la alegría son la verdadera magia de la Navidad.
Lucía agitó la campanita. Sonó “tilín, tilín, tilín”. Y en ese momento, el duende desapareció entre los destellos del árbol.
Lucía miró a su alrededor. Había huellas diminutas de purpurina en el suelo. Había risas en el aire. Había estrellas en el corazón.
—¡Gracias, Lutin Farceur! —susurró Lucía.
Y cada diciembre, cuando la luna brilla y las estrellas bailan, Lucía busca risas debajo del árbol. Porque sabe que, en Navidad, la magia vive en cada sonrisa, en cada broma y en cada pequeño corazón que se atreve a soñar.