Parte 1: El lápiz que se fue de paseo
Era una tarde de diciembre. En la ventana bailaban copos de nieve como papelitos blancos, y la casa olía a galletas y a árbol de Navidad.
Tomás, un niño de cinco años, estaba sentado en el suelo con su cuaderno. Quería dibujar un reno con una nariz roja enorme.
—¡Mamá! —dijo—. ¡Necesito mi lápiz azul!
Buscó en su caja. Había ceras, una goma mordida, pegatinas de estrellas… pero el lápiz azul no estaba.
Tomás frunció la nariz, como si fuera un detective pequeñito.
—Aquí estaba… —murmuró.
En la estantería, junto al belén, estaba el Lutin Farceur de Noël, el duendecillo de las travesuras. Tenía un gorrito torcido y unos ojos que parecían reír incluso cuando estaba quieto.
Tomás lo miró.
—Duende… ¿tú has visto mi lápiz?
El duende no contestó, claro. Los duendes de Navidad tienen una regla: por el día, se hacen los estatuas. Pero Tomás juraría que el duende tenía una sonrisa más grande que antes.
Entonces vio algo raro: en la mesa había una nota. Pero… ¡las letras estaban del revés!
Tomás se subió a una silla con mucho cuidado y leyó como pudo, moviendo la cabeza a un lado y al otro.
—No… no… entiendo.
La nota decía algo así como: “ɐʇsǝ ǝp ɐʇsǝ ɐɹɐd”.
Tomás suspiró.
—¿Por qué me escriben palabras que hacen gimnasia?
En ese momento, el gato de la casa, Bigotes, pasó por allí con una cinta roja colgando del cuello. Parecía muy orgulloso, como si fuese un regalo con patas.
—Miau —dijo Bigotes.
Tomás lo siguió hasta el espejo del pasillo. Y allí, al reflejar la nota en el espejo… ¡las letras se pusieron derechas!
Tomás abrió la boca.
—¡Ah! —leyó al fin—. “Para esta de esta…” Eh… —se rascó la cabeza—. Vale, eso no está bien.
Miró otra vez. Se había equivocado con el espejo. Puso la nota al revés, la pegó con cuidado contra el espejo y lo intentó de nuevo. Esta vez sí:
—“Para pasar, lee al revés”. —Tomás se rió—. ¡Eso es justo lo que estoy haciendo!
En la esquina de la nota, había un dibujito: un lápiz azul con patitas corriendo.
Tomás miró al duende.
—Duende… esto huele a travesura.
Y el duende, aunque seguía quieto, parecía decir: “Sí, y qué bien huele”.
Parte 2: Mensajes en calcetines y un reno confundido
Tomás empezó una búsqueda por la casa. Cada vez que encontraba una pista, estaba escrita al revés, como si las palabras jugaran a escondidas.
En la cocina, colgando del asa del horno, había un calcetín navideño. Dentro, en vez de caramelos, había otra nota.
Tomás corrió al espejo del pasillo con el calcetín en la mano. Bigotes lo siguió, como guardia de seguridad.
—A ver… —Tomás pegó la nota al espejo—. “No mires arriba… mira abajo”. ¿Abajo?
Tomás miró al suelo. Y ahí, debajo de la mesa, había un reno de peluche. Pero estaba al revés, con las patas hacia el techo, como si hiciera yoga.
—Señor Reno —dijo Tomás muy serio—, usted está… dado la vuelta.
El reno no habló, por supuesto, pero en su barriga había pegado un papelito diminuto.
Tomás lo leyó con ayuda del espejo:
—“El lápiz está cerca de algo que brilla, pero no es una estrella”. —Tomás miró el árbol—. El árbol brilla mucho… pero tiene estrellas.
Fue al salón. Las luces del árbol parpadeaban como guiños. Tomás buscó cerca de las bolas brillantes, pero nada.
Entonces vio el belén. José, María, el bebé… y un camello con cara de “yo no fui”.
En la espalda del camello, alguien había puesto purpurina. Mucha purpurina. Demasiada purpurina.
—¡Achís! —Tomás estornudó—. Esto brilla y pica.
Debajo del camello había otra nota, también al revés. Tomás ya era un experto.
—“Si quieres el lápiz, ríete primero”. —Tomás parpadeó—. ¿Reírme?
Intentó una risa pequeña.
—Je.
Nada.
Probó una risa más grande.
—¡Jajá!
Nada.
Entonces se le ocurrió algo. Se puso el calcetín en la mano como si fuera una marioneta.
—Hola, soy el Señor Calcetín, vengo a comerme tus galletas —dijo con voz boba.
Bigotes abrió los ojos como platos.
Tomás hizo que el calcetín “mordiera” el aire.
—¡Ñam, ñam! ¡Galletas invisibles!
Tomás se rió tan fuerte que casi se cae sentado.
—¡JAJAJA!
Y justo entonces… ¡plop! Cayó del árbol una bolita… pero no era una bola. Era una campanita dorada que no estaba allí antes.
La campanita tenía una etiqueta. Al revés, claro.
Tomás corrió al espejo.
—“Sigue el sonido”. —Tomás agitó la campanita—. ¡Clin-clin!
Y por primera vez, oyó algo responder desde lejos: un “tin-tin” suave, como una risa metálica escondida.
Tomás se quedó quieto.
—Duende… ¿estás jugando conmigo?
El duende seguía en la estantería. Pero ahora tenía un hilo de purpurina en el zapato, como si hubiera estado caminando en secreto.
Parte 3: La habitación del revés y el secreto del duende
Tomás siguió el “tin-tin” por el pasillo. Venía de su habitación. La puerta estaba entornada, como una boca que quiere contar un secreto.
Entró despacio.
Todo estaba… casi normal. Pero había detalles raros. Sus coches estaban en fila encima de la almohada. Su pijama estaba colgado de una lámpara como una bandera. Y su libro de cuentos estaba abierto… pero al revés, con las letras mirando al suelo.
—¡Eh! —Tomás dijo—. Mis cosas están haciendo travesuras también.
En el suelo, vio otra nota. La leyó con el espejo:
—“Pon el libro al derecho y verás”. —Tomás obedeció.
Cuando puso el libro bien, debajo apareció… ¡una pista dibujada! Era un mapa simple: un camino con flechas hasta… el baño.
Tomás hizo una mueca.
—¿El lápiz se fue al baño? ¡Qué asco!
Pero fue. Con la campanita en una mano y el espejo del pasillo mirándolo todo, Tomás llegó al baño.
Y allí vio la última nota, pegada en el espejo grande. Estaba tan al revés que parecía que las letras se habían caído rodando.
Tomás la leyó sin miedo, porque ya sabía el truco:
—“Abre el armario de las toallas. Pero con calma. Las risas no corren”. —Tomás levantó una ceja—. ¿Las risas no corren?
Abrió el armario. Despacito.
Dentro había toallas suaves, una esponja con forma de pez… y su lápiz azul. Estaba metido en un rollo de papel, como si fuera un tesoro.
Tomás lo agarró.
—¡Mi lápiz!
En ese instante, la campanita sonó sola: “clin-clin-clin”. Y una vocecita, como de viento con cosquillas, pareció susurrar:
—La risa repara.
Tomás miró hacia el pasillo. Y entonces lo vio: el duende estaba un poquito más cerca que antes. Un poquito. Como si hubiera dado un pasito.
Tomás no se asustó. Más bien, se le ablandó el corazón.
—Duende… —dijo suave—. ¿Por qué escondiste mi lápiz?
El duende, por fin, parpadeó. Fue tan rápido que podría haber sido imaginación… pero Tomás sintió que no.
Y el duende, con una voz pequeñita que solo se oye cuando hay luces de Navidad encendidas, dijo:
—Porque estabas enfadado ayer.
Tomás se quedó quieto.
Era verdad. Ayer se enfadó porque su dibujo no le salió como quería, y rompió una hoja. Luego se puso triste, como un globo desinflado.
—Yo… me enfadé mucho —admitió Tomás.
El duende se encogió de hombros, como diciendo: “Eso pasa”.
—Las travesuras suaves son como tiritas —dijo el duende—. Si te hacen reír, te arreglan por dentro un poquito.
Tomás miró su lápiz azul.
—¿Y lo de leer al revés?
—Para que tu enfado se diera la vuelta —respondió el duende—. Igual que las palabras.
Tomás pensó en eso. Luego se rió bajito.
—Entonces… ¿no era para fastidiar?
—Era para cosquillear el día —dijo el duende, y guiñó un ojo.
Tomás se sintió importante, como si hubiera aprendido un truco mágico.
Volvió al salón con su lápiz. Se sentó con el cuaderno y dibujó un reno con una nariz roja enorme. Pero esta vez le puso también un duende pequeñito en la oreja, aguantando una campanita.
Mamá miró el dibujo.
—¡Qué bonito! —dijo—. ¿Y ese duende?
Tomás sonrió.
—Es el Duende Farceur. Hace travesuras para que nos riamos y se nos pase el enfado.
Esa noche, antes de dormir, Tomás dejó junto al duende una nota. No la escribió al revés. La escribió normal, con su lápiz azul.
Decía: “Gracias por la risa. Mañana, si quieres, escondemos algo juntos. Pero no el lápiz”.
Y cuando apagaron las luces, en la casa se oyó un “tin-tin” contento, como si la Navidad misma estuviera sonriendo.