La noche de luces saltarinas
La casa olía a galletas y a abeto. Lucas, de seis años, estaba en pijama con un gorro rojo que le tapaba las orejas. Afuera la nieve hacía cosquillas en el tejado. Dentro, las guirnaldas parpadeaban como luciérnagas.
—¿Escuchas, mamá? —susurró Lucas—. Hay risas que vienen de la chimenea.
Su mamá sonrió y le acarició la mejilla.
—Es la noche más traviesa del año —dijo—. Duerme, pequeño.
Lucas cerró los ojos. Pero su curiosidad era un ratoncito despierto. Cuando oyó un pequeño "¡plaf!" y el sonido de una campanilla, se levantó en puntillas. Vio una sombra feliz saltando entre las ramas del árbol. Era un duende pequeño, con botas brillantes y ojo travieso.
El duende dejó caer una tarjeta brillante detrás del árbol y se escondió riéndose.
—¡Eh! ¿Qué haces? —murmuró Lucas.
El duende asomó la cabeza y sonrió.
—Soy el Duende Travieso de Navidad —dijo con voz chiquita—. Hago bromas para que la noche tenga cola de cometa. Pero esta vez necesito ayuda. ¿Juegas?
Lucas asintió. Le gustaban los juegos que venían con chispas.
La tarjeta escondida
La tarjeta era pequeña y tenía un lazo dorado. Cuando Lucas la tomó, leyó con voz baja: "Para entrar en la Caja de Luz, inventa una palabra que haga reír al corazón".
—¿Una palabra que haga reír al corazón? —repitió Lucas—. ¿Cómo es eso?
El duende se puso de puntillas y aplaudió.
—Tienes que llegar hasta la plaza de los Calcetines Perdidos —dijo—. Allí hay puertas mágicas. Cada puerta pide un contraseña de alegría. Si la palabra hace cosquillas en la guirnalda, la puerta se abre.
Lucas sintió el estómago como mariposas. Agarró la tarjeta y al duende por la mano. Salieron por la ventana que el viento había dejado abierta. La nieve crujía como caramelos bajo sus botas.
Por el camino, el duende dejó pequeñas pistas: una chispa de confeti, una huella de botita y un cancioncito que sonaba "tra-la-la" en el aire. Llegaron pronto a la plaza, donde los calcetines colgaban de una cuerda, todos diferentes: rayados, de lunares, con botones.
—Primera puerta —dijo el duende—. Dice: "Dime una palabra que haga reír a los renos."
Lucas pensó en cosas que hacen reír. Recordó a su abuelo que contaba chistes de ovejas. Se le ocurrieron dos palabras: "pelusa" y "cosquín". Probó con "pelusa".
Una luz verde chispeó, pero la puerta solo sonrió y se cerró.
—Intenta otra —susurró el duende.
Lucas respiró hondo y dijo con voz clara: "¡Cosquín!"
La puerta estalló en carcajadas y se abrió. Un reno de peluche le dio un abrazo. Lucas y el duende pasaron. Lucas sintió que una campana pequeña latía dentro de su pecho.
Las puertas de la sonrisa
Había tres puertas más. Cada una pedía una palabra distinta. La segunda decía: "Palabra que haga cantar a la nieve". Lucas miró la noche. Pensó en la canción que su hermana cantaba cuando cosía botones. Recordó una palabra graciosa que su abuela decía cuando algo era perfecto: "¡Brinbrín!"
—¿Qué dice? —preguntó el duende.
—"Brinbrín" —contestó Lucas y la palabra salió como un trombón alegre.
La nieve se alzó en danza. Copos hicieron figuras de estrellas. La puerta cantó y les dejó pasar. Lucas ya no tenía miedo. Sentía que su palabra era una llave de caramelos.
La tercera puerta era la más pequeña. "Dime una palabra que haga soñar a las luces" decía. Lucas miró su tarjeta. El borde dorado brillaba. Cerró los ojos y pensó en todas las cosas que lo hacían feliz: su familia, el perro, el chocolate caliente. Entonces de su boca salió una palabra suave y redonda: "Abrazolín".
La puerta se infló en un suspiro y se abrió como un regalo. Dentro había un banco donde descansaba una caja de madera con estrellas pintadas. La caja estaba cerrada por un candado en forma de corazón.
—Solo queda una puerta —dijo el duende—. La puerta de la Caja de Luz.
La cuarta puerta brillaba como caramelo. Tenía una ranura donde meter la tarjeta. Pero sobre la puerta había un letrero pequeño: "La contraseña debe ser una palabra inventada hoy, hecha con risas y generosidad".
Lucas miró su tarjeta. Recordó las risas que había oído, el abrazo del reno de peluche, la nieve que había cantado. Empezó a pensar en cómo compartir todo eso. Pensó en su mamá y en su hermana, en los vecinos que a veces no tenían galletas. Pensó que las guirnaldas brillaban más cuando todos compartían.
—¿Y si es una palabra que une? —dijo Lucas en voz baja.
El duende cerró los ojos como quien espera una sorpresa.
—Hazla dulce —susurró.
Lucas juntó dos palabras que le gustaban: "regalo" y "abrigo". Pero las mezcló con su risa y salió una palabra nueva: "Regalabrigo". La dijo en voz alta, y la palabra sonó como una campana con bufanda.
La puerta vibró. Lentamente se abrió. Detrás, un pasillo hecho de luz los condujo a la Caja de Luz. En el centro, sobre una mantita de terciopelo, la caja esperaba con un brillo cálido.
El secreto del duende
Lucas puso la tarjeta en la ranura. La caja emitió un suspiro y se abrió. Dentro había millones de pequeños papelitos con deseos. Cada papelito decía algo sencillo: "Un pan para compartir", "Un abrazo para mamá", "Un libro para la plaza". Había también una nota del duende.
—Gracias por venir —leía la nota—. Escondí la tarjeta para que alguien la encontrara. Buscaba a quien pudiera inventar una palabra que hiciera brillar de verdad las luces. No sólo con brillo, sino con cariño. Cada palabra que diste abrió una puerta porque tú diste risa y compañía. Regalabrigo es la palabra que une. Con ella, la Caja de Luz añade deseos a la ciudad.
Lucas miró al duende. Sus ojos brillaban como dos puntitos de chocolate.
—¿Así que todas tus bromas... eran para esto? —preguntó Lucas.
—A veces las travesuras son abrazos disfrazados —contestó el duende—. Quiero que la gente recuerde compartir. Cuando todos comparten, las guirnaldas no sólo brillan; brillan con la luz de los corazones.
Lucas tomó uno de los papelitos. Leyó: "Un abrigo para quien tiene frío". Pensó en su propio abrigo nuevo que colgaba en la entrada. Se volvió hacia el duende.
—Podemos dar algunos deseos ahora —dijo—. Podemos colgarlos en los calcetines y en las ventanas. Y mañana, ya veremos quién los necesita.
El duende aplastó su gorrito de felicidad.
—Eres muy generoso —dijo—. Regalar abrigo es regalar calor.
Juntos salieron a la noche. Lucas dejó papelitos en el buzón del viejo señor Tomás, que vivía solo. Puso otro papel entre las ramas del árbol de la plaza. Ató uno más a un lazo en la puerta de la panadería. Cada uno era una promesa de cariño.
La nieve no dejaba de bailar. Las luces de la calle parecían sonreír más fuerte.
La mañana luminosa
Cuando Lucas volvió a casa, se metió en su cama con los zapatos aún pegados de nieve. El duende besó su mejilla y se preparó para irse.
—Gracias —murmuró el duende—. Las palabras que inventaste son cálidas como chocolate.
—¿Volverás? —preguntó Lucas soñando despierto.
—Siempre que haya risas —dijo el duende—. Y cuando alguien necesite una palabra nueva.
Lucas cerró los ojos y se durmió con un papelito en la mano que decía: "Prometo compartir mis galletas".
A la mañana siguiente, la casa olía a pan recién hecho. En la plaza, el viejo señor Tomás llevaba un abrigo nuevo; la panadería ofrecía panes a quien los necesitara; una madre con dos niños sonreía porque había un libro en el banco. Los calcetines colgantes tenían nuevos deseos atados.
La guirnalda de la plaza brillaba más que nunca. No era solo luz eléctrica. Era la luz que viene de las pequeñas promesas y los compartidos. Lucas sonrió y sintió que su palabra, Regalabrigo, latía suave en su pecho.
Esa noche, junto al árbol, Lucas colocó una tarjeta para el duende. En ella escribió: "Gracias por las bromas que enseñan a querer". La dejó en la ventana y cerró los ojos.
Una risa diminuta se oyó en el aire y una pequeña nota quedó clavada en la tarjeta del niño. Decía: "Las travesuras buenas hacen que los corazones brillen. Hasta pronto. —El Duende Travieso".
Lucas sonrió en la penumbra. Supo que la Navidad había aprendido una palabra nueva. Y que, cuando regalas algo de ti, las guirnaldas no solo parpadean: cantan.