Parte 1: La campana en el bolsillo
Diciembre olía a canela y a bufandas recién sacudidas. En el bosque, la nieve hacía “cric-cric” bajo las patitas de Lolo, un conejo blanco con una mancha gris en la oreja izquierda.
Lolo llevaba una bolsa de tela colgada al hombro. Dentro guardaba zanahorias, una cuerda y un gorrito rojo que se ponía cuando quería sentirse valiente.
—Hoy voy a decorar el claro —se dijo—. Que parezca una postal.
En ese momento, algo diminuto saltó desde una rama y aterrizó… ¡plof! justo delante de él. Era un duende navideño, con ojos brillantes como dos botones y una sonrisa que parecía saber secretos.
—¡Ho, ho… ejem! Hola —dijo el duende, enderezándose—. Me llamo Pirueta. ¿Te gusta la música?
—Me gusta cuando no me asusta —respondió Lolo, mirando de reojo las manos del duende.
Pirueta hizo una reverencia exagerada, como si el aire fuera un escenario.
—Entonces te regalo una sorpresa pequeñita, pequeñita… —Sus dedos cosquillearon el aire y, ¡ting!, apareció una campanita dorada.
Antes de que Lolo pudiera decir “zanahoria”, el duende metió la campana en el bolsillo de la bolsa de Lolo.
—¡Eh! ¿Por qué la pones ahí? —preguntó Lolo.
—Para que el bolsillo cante —susurró Pirueta, y salió corriendo dejando una estela de risitas.
Lolo caminó dos pasos y la bolsa sonó: ¡tilín-tilín!
—Uy… —dijo, y dio uno más: ¡tilín-tilín!
Un petirrojo se asomó desde un pino.
—¡Bonito cascabel, conejo! —trinó.
—No es mío… creo —murmuró Lolo.
Pero la campana no quería callarse. Sonaba al girar, al saltar, al estornudar. Y cada sonido parecía llamar cosas: una ardilla apareció con una piña en la cabeza, un ciervo se rió porque creyó oír un villancico, y hasta una nube dejó caer nieve como si aplaudiera.
—Esto es un lío —dijo Lolo—. ¡Un lío con ritmo!
Parte 2: Flechas “por aquí/por allá”
Lolo decidió buscar a Pirueta para devolverle la campana. Siguió el sonido, que ahora parecía jugar al escondite: sonaba a la derecha, luego a la izquierda, luego… ¡dentro de su propio gorrito!
—¡Tilín! ¿Cómo haces eso? —le preguntó al bolsillo, como si fuera un animal travieso.
El bolsillo no respondió, pero una huella pequeña apareció en la nieve, marcada con forma de estrella.
—Esa huella es de duende —dijo una voz suave.
Era Doña Topa, la topona del bosque, con gafas redondas.
—Los duendes dejan pistas, pero les gusta que te equivoques un poquito —explicó—. Si quieres encontrarlo, necesitas señales claras.
—¿Señales? —Lolo ladeó la cabeza.
—Flechas. Pero no flechas normales. Flechas reversibles: que digan “por aquí” y también “por allá”. Así, si Pirueta cambia el camino, tú cambias la flecha.
A Lolo le pareció una idea rarísima… y por eso mismo, perfecta.
En su madriguera-taller, sacó cartón, pintura y dos palitos. Pintó una flecha roja por un lado y una azul por el otro. En rojo escribió: “POR AQUÍ”. En azul: “POR ALLÁ”. Hizo cinco más, porque cinco le sonó a número de villancico.
—¡Listas! —anunció, orgulloso.
Al clavarlas en la nieve, la primera se giró sola con el viento.
—¡Oye! ¡No te muevas sin permiso! —protestó Lolo.
La flecha pareció guiñarle un ojo invisible.
Lolo siguió la huella de estrella. Ponía una flecha y, al avanzar, escuchaba: ¡tilín-tilín! Entonces veía que la flecha se había dado la vuelta.
—¡Por allá! ¡No, por aquí! —decía Lolo, girándola otra vez.
Mini-rebondamiento número uno: una flecha lo llevó directo a un montón de bolas de nieve. ¡Plof! Le cayó una en la cabeza.
—¡Ja! ¡Eso fue una nube con puntería! —rió una urraca.
Mini-rebondamiento número dos: otra flecha lo guió hacia un árbol decorado… con calcetines. Calcetines de todos los colores, colgados como banderines.
—¡Eso sí que es moda de invierno! —dijo Lolo, y no pudo evitar reír.
Entonces oyó una voz detrás:
—¿Te queda bien el calcetín en la oreja?
Era Pirueta, sentado en un tronco, balanceando las piernas.
—¡Devuélveme la calma! —pidió Lolo—. Esa campana está haciendo que todo el bosque me siga.
Pirueta puso cara seria… pero la seriedad le duró lo mismo que un copo al sol.
—No busco líos malos, Lolo. Busco… —se llevó un dedo a la oreja— canciones.
—¿Canciones?
—Sí. Cuando suena “tilín”, el bosque se despierta. Y cuando se despierta… ¡ríe!
Parte 3: El villancico del bolsillo cantante
Lolo miró su bolsa. La campana hizo un “tilín” pequeñito, como si pidiera perdón.
—Yo pensé que querías molestar —admitió Lolo.
—Quería cosquillas en el aire —dijo Pirueta—. Mira.
El duende dio un salto y, con una ramita, golpeó suavemente un tronco. Sonó “toc-toc”. La campana respondió “tilín”. El petirrojo cantó “pío-pío”. Y, de repente, parecía que el bosque entero estaba probando instrumentos.
Lolo sacó sus flechas reversibles.
—Entonces… ¿mis flechas sirven?
—¡Muchísimo! —dijo Pirueta—. Son como un juego: “por aquí” para el ritmo, “por allá” para la risa.
Pirueta colocó una flecha en el claro y la giró como un molinillo. Los animales se acercaron. Doña Topa levantó su bastón como director de orquesta.
—¡Atención! —dijo—. Cuando vean “POR AQUÍ”, cantan fuerte. Cuando vean “POR ALLÁ”, susurran.
Lolo tragó saliva. No era cantante famoso, solo un conejo con una oreja manchada. Pero la nieve brillaba como si lo animara.
—Yo empiezo —dijo Lolo, y tocó su bolsa: ¡tilín!
Cantó con voz suave:
—“Tilín, tilín, en mi bolsillo,
la risa hace cosquillas, ¡ay qué pillo!”
Pirueta giró la flecha: “POR AQUÍ”. Todos cantaron fuerte. La urraca hizo “cra-cra” como trompeta. El ciervo marcó el paso con sus pezuñas. La ardilla agitó una piña como maraca.
Pirueta giró: “POR ALLÁ”. Todos susurraron y la canción se volvió como un secreto calentito.
Lolo se rió tanto que casi se le cae el gorrito.
—¡Ahora lo entiendo! —dijo—. Tus travesuras no eran para enredar… eran para encender el bosque.
Pirueta se inclinó, orgulloso.
—Y tú, Lolo, hiciste el mapa perfecto. Flechas que cambian, como la música.
Al final, Lolo guardó la campana… pero esta vez en un bolsillo con un lazo, para que no escapara sin avisar.
—¿Prometes avisar antes de hacer “tilín”? —preguntó Lolo.
—Prometo hacer “tilín” con educación —dijo Pirueta, y ambos soltaron una carcajada.
Esa noche, el claro quedó decorado con luces, calcetines y flechas rojas y azules. Y cuando el viento pasó, el bosque cantó bajito, como una manta.
Lolo se acurrucó mirando las estrellas.
—Diciembre es raro —susurró—. A veces empieza con un lío… y termina con una canción.
La campana hizo un último “tilín”, como diciendo: “Buenas noches”. Y Lolo, feliz, se durmió sabiendo que sus flechas podían guiar no solo caminos, sino también risas.