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Cuento del Duende Travieso de Navidad 5/6 años Lectura 17 min.

Las contraseñas alegres del lutin travieso

Lía descubre un mundo mágico atravesando portales de sillas y, junto a un lutin travieso, usa contraseñas alegres para resolver pequeños enredos y devolver la sonrisa a los habitantes del Pasillo de Diciembre.

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El duende bromista: pequeño elfo-juguete de rostro pícaro y gorro verde, hace un gran salto sosteniendo una silla; Lía: criatura diminuta de orejas puntiagudas y vestido de pétalos rojos, cabello cambiante, toca con asombro la otra silla; la señora ratona: ratoncita con delantal de estrellas asomada a la ventana de la cocina que muestra pasteles; escena en una cocina-chalé de madera con chimenea humeante, guirnaldas de papel, galletas y luz cálida de velas; situación: dos sillas de madera colocadas espalda con espalda emiten un halo azul brilloso que forma un portal de aire espumoso hacia un paisaje nevado; el duende salta dentro mientras Lía, maravillada y algo dudosa, posa la mano en el borde luminoso. reportar un problema con esta imagen

Parte 1: Dos sillas y un brillo raro

Diciembre olía a canela y a mandarinas en la casita del bosque. En la ventana, el hielo dibujaba flores finas. Y en la chimenea, el fuego hacía “crac, crac”, como si aplaudiera.

Lía, que no era una niña ni un animal, vivía allí desde hacía mucho. Era pequeñita, con orejas puntiagudas como hojas y un vestido hecho de pétalos rojos. Cuando estaba contenta, su pelo cambiaba de color, como el atardecer.

Aquella tarde, Lía estaba colgando guirnaldas de papel cuando oyó un “¡ejem!” muy importante detrás de ella.

—¿Quién anda ahí? —preguntó, girándose.

En el suelo, entre las medias navideñas, apareció un muñeco con gorro verde y una sonrisa traviesa. Tenía mejillas rosadas y ojos brillantes como canicas.

—Soy el Lutin Farceur —dijo con una reverencia exagerada—. El que hace cosquillas a la Navidad.

—¿Cosquillas? —Lía abrió los ojos—. Aquí estamos intentando que todo quede bonito.

—¡Pues por eso! —contestó él—. Si todo está demasiado quieto, se duerme la alegría. Y yo vengo a despertarla.

Antes de que Lía pudiera preguntar nada más, el lutin dio un saltito, agarró dos sillas de la cocina y las colocó espalda con espalda, formando un arco raro.

—¡Tarán! —cantó—. Portal mágico de sillas. Solo se abre con una contraseña alegre.

Lía se acercó despacio. Las sillas, que eran normales hacía un minuto, ahora tenían un brillo azul alrededor de las patas, como si fueran dos luciérnagas gigantes.

—Eso… eso no estaba ahí —susurró.

—Ahora sí —dijo el lutin, guiñando un ojo—. ¿Quieres probar?

Lía miró la casa. Miró la chimenea. Miró las sillas que brillaban.

—¿Y si me atrapa? —preguntó.

—Si te atrapa, te hará reír —respondió el lutin, como si fuera lo más seguro del mundo.

Lía tragó saliva. Le gustaban las sorpresas… pero no las sorpresas que daban vueltas en la barriga.

—¿Cuál es la contraseña? —preguntó al fin.

—¡Esa la inventas tú! —dijo el lutin—. Tiene que ser una frase feliz. Algo que haga cosquillas al aire.

Lía pensó. Pensó en el chocolate caliente, en los villancicos, en los abrazos.

“¡Brilla, brilla, risa amarilla!” —dijo, probando.

Las sillas temblaron. El brillo azul hizo “fiuu” como una cometa.

—¡Casi! —canturreó el lutin—. Falta una palabra que suene como campana.

Lía cerró los ojos. Se imaginó una campana redonda, dorada, saltando en la nieve.

“¡Brilla, brilla, risa amarilla, campana bella!” —dijo.

¡PUM! Una ráfaga de aire con olor a menta salió de entre las sillas. El arco se abrió como una puerta invisible. Al otro lado no había cocina… había un camino de algodón blanco.

—¡Funciona! —gritó Lía, sorprendida.

—Claro que funciona —dijo el lutin—. ¡Las palabras alegres son llaves!

El lutin dio un saltito y se metió primero, como quien se zambulle en un charco.

—¡Ven! —llamó desde dentro—. ¡Prometo una travesura pequeña… o mediana!

Lía respiró hondo y cruzó el portal.

Parte 2: La nieve que cantaba y el problema del gran lazo

Al otro lado, el aire era frío y dulce. Había copos de nieve que caían despacio, pero no en silencio. Cada copo hacía un sonido finito: “tin”, “tan”, “tlin”. Era como caminar dentro de una canción.

Lía miró al lutin.

—¿Dónde estamos?

—En el Pasillo de Diciembre —dijo él—. Aquí se pierden las prisas y se encuentran las risas.

El camino de algodón llevaba a un bosque de abetos. Los árboles tenían bolas de colores colgadas en las ramas, y algunas bolas eran tan grandes como calabazas. En una rama, un pájaro rojo practicaba villancicos.

—¡Pío pío, feliz frío! —cantaba.

Lía se rió sin querer. Su pelo se volvió un poquito dorado.

Caminaron hasta ver una casita de pan de jengibre. La puerta estaba atada con un lazo enorme, tan apretado que parecía enfadado.

—Oh no —dijo Lía—. ¿Quién puso ese lazo?

El lutin se llevó la mano a la boca, fingiendo sorpresa.

—¡Qué misterio! Yo no he sido… —y su gorro tembló, como si estuviera intentando no reír.

Lía lo miró con cara de “ya te he visto”.

—Ese lazo no deja entrar a nadie.

En la ventana, una señora ratona asomó el hocico. Tenía un delantal con estrellas.

—¡Ay, ay, ay! —chilló—. ¡No puedo sacar las galletas! ¡Y vienen invitados!

Detrás de ella, se oía “miau” y “guau” y “pi pi”, como si toda una pandilla esperara merienda.

Lía se acercó al lazo. Era rojo, brillante y con un nudo gigante.

—Necesitamos deshacerlo —dijo.

—O convencerlo —susurró el lutin—. A veces los nudos son tímidos.

—¿Convencerlo cómo?

El lutin señaló una pequeña placa en el suelo. Decía: “Solo se afloja con contraseña alegre”.

Lía suspiró.

—Otra contraseña.

—¡Me encantan! —dijo el lutin, dando palmadas—. ¡Son como caramelos de palabras!

Lía pensó en algo que hiciera sonreír al nudo. Miró la nieve que cantaba, las bolas de colores, la ratona preocupada.

“¡Nudo, nudito, suelta un poquito!” —dijo.

El lazo se movió un milímetro. Solo un milímetro.

—¡Va bien! —dijo la ratona, aplaudiendo desde la ventana—. ¡Sigue!

Lía se animó. Recordó que la alegría también puede ser valiente.

“¡Nudo, nudito, suelta un poquito, que viene el besito!” —dijo, y mandó un beso al aire.

El lazo hizo “plop”, como una burbuja, y se aflojó. La puerta se abrió sola, oliendo a miel.

—¡Bravo! —gritó la ratona—. ¡Entra, entra!

Pero el lutin ya estaba dentro, y… ¡oh, no! Había cambiado todas las galletas de sitio. Las de estrella estaban en el tarro de luna, y las de luna en el tarro de árbol. Además, había dejado una zanahoria dentro de un calcetín.

—¡Eso no es una ayuda! —dijo Lía, cruzándose de brazos.

El lutin se subió a una silla (una normal, esta vez) y levantó una galleta.

—Es una ayuda escondida —dijo, muy serio—. Mira bien.

Lía miró. Entre las galletas, había una nota pequeñita, escrita con letras torcidas: “Para la ratona: usa las galletas de estrella para los más pequeños. Son más blanditas”.

La ratona se llevó las manos al pecho.

—¡Ay! Es verdad… los bebés de conejo no pueden morder las duras. Yo no me acordaba.

Lía parpadeó. Miró al lutin. Él se encogió de hombros, como diciendo: “ups”.

—Tus travesuras… —murmuró Lía—. A veces arreglan cosas.

—Shhh —dijo el lutin—. Si lo digo en voz alta, pierde la magia.

La ratona preparó una bandeja y la puso en la ventana. Afuera, el bosque olió a galleta feliz.

Entonces, el lutin tiró suavemente de la manga de Lía.

—Siguiente parada —susurró—. Pero el portal no está aquí. Hay que construirlo otra vez.

Con un “chas”, el lutin colocó dos sillas de pan de jengibre espalda con espalda. Sí, sillas de verdad, con migas en las patas. Volvieron a brillar.

—Contraseña —pidió él, saltando.

Lía, ya más segura, dijo con voz clara:

“¡Ríe la nieve, suena la campana, y mi corazón no se enreda!”

El portal se abrió, cantando “tlin, tlan”. Y los dos cruzaron.

Parte 3: El tren de regalos perdidos y la contraseña más difícil

Cayeron en una estación pequeñita hecha de madera. Había un cartel que decía: “Andén de los Regalos Perdidos”. Un reloj grande marcaba siempre las doce menos cinco, como si se quedara esperando algo.

En las vías, un tren diminuto resoplaba “chu-chu”. Sus vagones eran cajas de regalo con lazos. Y el maquinista era… un muñeco de nieve con bigote.

—¡Pasajeros! —gritó el muñeco de nieve—. ¡Pero sin empujar! ¡Que me derrito de los nervios!

Lía se acercó. En el suelo había paquetes sin nombre, bufandas sin dueño, y un tambor que tocaba solo “pom, pom”.

—¿Por qué están aquí? —preguntó.

—Porque a veces, en diciembre, las cosas se despistan —dijo el lutin, mirando un paquete como si fuera un acertijo—. Y alguien tiene que guiarlas.

El muñeco de nieve se inclinó hacia Lía.

—Falta una chispa de alegría para arrancar el tren —susurró—. Una palabra que haga “¡sí!” dentro del pecho.

Lía miró el tren. Si no arrancaba, los regalos no llegarían. Y entonces la fiesta… se pondría un poco triste.

—¿Dónde está el botón? —preguntó Lía.

El muñeco de nieve señaló una palanca. Encima ponía: “Solo con contraseña alegre”.

El lutin sonrió, satisfecho.

—¿Ves? En este mundo, la alegría abre muchas puertas.

Lía se concentró. Ya había dicho varias. Pero esta se sentía más importante. Como si el tren necesitara una alegría grande, no solo una rima.

Lía recordó a la ratona. Recordó el bosque con nieve que cantaba. Y recordó su casa, con la chimenea aplaudiendo.

Pensó: “La Navidad no es perfecta. Se cae una bola, se quema una galleta, se pierde un paquete… pero seguimos juntos”.

Abrió la boca:

“¡Que cada regalo encuentre su abrazo!” —dijo.

La palanca tembló, pero no bajó.

—Casi —dijo el muñeco de nieve—. Falta algo juguetón.

El lutin se puso de puntillas en la oreja de Lía.

—Tiene que sonar como una risa que salta —susurró—. Piensa en algo que te haga cosquillas.

Lía pensó en cosquillas. Pensó en pies descalzos sobre alfombra. Pensó en una burbuja que explota.

“¡Que cada regalo encuentre su abrazo… y que el ‘ja, ja' sea mi lazo!” —dijo.

La palanca bajó sola con un “clac”. El tren hizo “CHU-CHU” tan fuerte que el reloj se sacudió y avanzó un minuto.

—¡Arrancamos! —gritó el muñeco de nieve—. ¡Todos a bordo!

Lía y el lutin subieron al primer vagón. Dentro había un montón de cartas con dibujos, un osito con una oreja cosida y una caja que sonaba “clin-clin”.

El tren avanzó por un túnel de luces. En las paredes había sombras de renos bailando. El viento olía a pino y a papel nuevo.

De pronto, el tren frenó: “¡chiiiii!”

—¿Qué pasa? —preguntó Lía.

El muñeco de nieve asomó la cabeza por la ventanilla.

—¡Alguien dejó una cáscara de plátano en la vía!

Lía miró al lutin. El lutin miró al techo, silbando inocente.

—¿Fuiste tú? —preguntó Lía.

—Yo jamás… —empezó él, pero la cáscara tenía un bigotito dibujado como el del muñeco de nieve.

Lía no pudo evitar reír.

—Vale, vale. ¿Y ahora?

El túnel tenía una puerta lateral, pequeña, con un letrero: “Atajo por el Armario de las Bufandas”. Otra vez: “Solo con contraseña alegre”.

—¡Otra! —dijo el lutin, feliz.

Lía bajó del vagón y se acercó a la puerta. Esta vez, no se enfadó. Solo levantó una ceja.

—Escucha, lutin —dijo—. Tus bromas asustan un poco… pero también mueven cosas. ¿Por qué haces esto?

El lutin se quedó quieto. Por un segundo, su sonrisa se hizo más suave.

—Porque en las fiestas, a veces, alguien se siente solo —dijo bajito—. Y una travesura amable es como tocar una campanita. Hace que mires alrededor. Y entonces… ves a los demás.

Lía sintió algo cálido en el pecho. Como una manta.

—Entonces vamos a hacerlo bien —dijo—. Nada de cáscaras en las vías.

—Trato hecho —dijo el lutin, cruzando dos dedos a escondidas, pero Lía lo vio y se rió otra vez.

Lía buscó una contraseña para el atajo. Quería que fuera alegre, y también amable.

“¡Bufanda que abraza, risa que no se desgasta!” —dijo.

La puerta se abrió con olor a lana limpia. Cruzaron por un pasillo lleno de bufandas colgadas como serpientes suaves. Algunas les hacían cosquillas en la nariz.

Al final, salieron de nuevo a la estación, justo delante del tren, pero ya del otro lado del plátano.

—¡Perfecto! —gritó el muñeco de nieve—. ¡Continuamos!

El tren arrancó y dejó los regalos en casitas de luz. Un paquete saltó a un balcón. Una carta voló a una chimenea. El osito se fue rodando hasta unos brazos que lo esperaban.

Lía miró al lutin.

—Eso sí que es bonito.

El lutin se puso rojo de orgullo… o de frío. Era difícil saberlo.

Parte 4: Regreso a casa y una travesura que se vuelve abrazo

Cuando el último regalo encontró su lugar, el tren tocó una campanita y se despidió. El muñeco de nieve hizo un saludo militar que lo dejó un poco torcido.

—¡Misión cumplida! —dijo.

El lutin chasqueó los dedos y aparecieron, otra vez, dos sillas. Esta vez eran las sillas de la cocina de Lía, las de siempre, pero con un brillo dorado.

—Para volver a casa —dijo.

Lía respiró el aire frío por última vez. Le gustaba ese mundo. Pero también echaba de menos su chimenea.

—Contraseña final —pidió el lutin, y por primera vez no sonó mandón, sino esperanzado—. Tiene que ser la más alegre de todas.

Lía pensó en todo lo que había pasado: el lazo apretado, las galletas cambiadas, el tren atascado, las bufandas cosquillosas. Pequeños líos… que terminaron en cosas mejores.

Y entendió algo: el lutin no buscaba romper la fiesta. Buscaba encenderla, como una chispa juguetona.

Lía sonrió. Su pelo se volvió rojo brillante, como una bolita del árbol.

“¡Donde hay lío con cariño, nace un brillo en el camino!” —dijo, y luego añadió—: “¡Y si alguien se siente solo, aquí estoy, yo lo arropo!”

Las sillas brillaron tanto que parecieron dos soles pequeñitos. El portal se abrió con un suspiro dulce.

De vuelta en la cocina, todo estaba como antes… casi. En el techo colgaban cucharas como si fueran campanas. En la mesa, los calcetines navideños estaban rellenados con… ¡palomitas!

Lía se llevó la mano a la boca.

—¡Oh, lutin!

—Son nubes para comer —dijo él—. Para que la casa huela a cine y a risa.

Lía no pudo enfadarse. Se rió. Y luego, con calma, empezó a ordenar las cucharas.

El lutin la miró, balanceando las piernas.

—¿Me vas a mandar lejos? —preguntó, haciendo un puchero pequeñito.

—No —dijo Lía—. Pero vamos a poner reglas.

—¿Reglas? —repitió él, como si fuera una palabra extraña.

—Sí. Travesuras suaves. Y siempre con ayuda escondida. Y… —Lía pensó— …si vas a mover cosas, me lo dices.

El lutin se quedó pensando, como si estuviera contando estrellas.

—Puedo intentarlo —dijo—. Pero soy un lutin. A veces mi gorro decide por mí.

Lía levantó un calcetín lleno de palomitas.

—Entonces tu gorro también aprenderá.

El lutin soltó una risita.

—¿Sabes qué? —dijo—. Mañana haré una travesura especial.

Lía lo miró con ojos de “a ver”.

—Pondré las luces del árbol al revés —dijo él rápido—. Pero… para que formen un corazón cuando las enciendan.

Lía se quedó quieta. Luego sonrió despacio.

—Eso me gusta.

La noche llegó suave. Afuera, la nieve caía como plumas. Lía encendió una vela y la puso en la ventana, para que cualquiera que pasara viera un puntito de hogar.

El lutin se sentó a su lado, extrañamente quieto.

—Lía —dijo en voz bajita—. Gracias por inventar contraseñas.

—Gracias por… hacer cosquillas a la Navidad —respondió ella.

Se quedaron mirando el fuego. El “crac, crac” parecía una risa vieja y amable. La casa olía a canela, a palomitas y a promesa.

Y aunque al día siguiente seguramente aparecería una cuchara dentro de un zapato o una cinta pegada al gato, Lía ya no se asustaba tanto.

Porque había aprendido el secreto del lutin: a veces, una pequeña travesura, si lleva cariño escondido, puede convertirse en un abrazo que no hace ruido, pero se nota en el corazón.

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Canela
Es una especie que huele dulce y se usa en galletas y bebidas.
Guirnaldas
Adornos largos que se cuelgan para decorar en fiestas o Navidad.
Chimenea
Lugar en la casa donde se hace fuego para calentar y dar luz.
Cosquillas
Sensación que hace reír cuando te tocan en la piel suavemente.
Portal
Una puerta mágica o entrada especial que lleva a otro lugar.
Contraseña alegre
Palabras que se dicen para abrir algo mágico o secreto con alegría.
Pan de jengibre
Un tipo de pan dulce con especias, a veces en forma de casita o muñeco.
Lazo
Cinta atada en forma de lazo que sirve para cerrar o decorar regalos.
Delantal
Prenda que se pone en la cocina para no manchar la ropa.
Bandeja
Plato grande y plano que se usa para llevar comida o vasos.

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