Cargando...
Cuento del Duende Travieso de Navidad 5/6 años Lectura 14 min.

El duende de Navidad y el tablero de los gracias

Lucía descubre a un duende travieso que cambia las tarjetas de regalos y la invita a crear un "tablero de ideas" para agradecer a quienes ayudan en silencio; juntas viven pequeñas aventuras que le enseñan a valorar los gestos cotidianos.

Descargar este cuento en PDF

¡Ideal para compartir o imprimir este cuento!

Descargar el e-book (.epub)

Lea este cuento en su lector de libros electrónicos.

Niña de 6 años de cabello castaño claro en dos coletas, rostro redondo con pecas y mirada maravillada, sentada en el suelo sosteniendo un pequeño cartel de papel Ideas de Navidad que rellena con un lápiz diminuto; un lutin navideño travieso, pequeño, gorro rojo puntiagudo y abrigo verde con botones dorados, está en el borde de un sofá hecho de LEGO entregando dos tarjetas regalo; una mujer de unos 30–35 años con el pelo castaño recogido y bata de cocina observa cerca de la mesa de LEGO con mirada dulce y sorprendida; un hombre de 35–40 años con el pelo corto y jersey rojo está junto al árbol de LEGO, manos en las caderas y expresión cómplice inclinándose hacia la niña; salón navideño construido en piezas LEGO con árbol decorado, guirnaldas y luces, mesa con tarjetas, calendario de adviento en una estantería y chimenea de ladrillos con calcetines; escena principal: instante tierno y humorístico en el que la niña muestra su cartel de gratitud mientras el elfo devuelve las tarjetas, con ambiente cálido, luces acogedoras y nieve visible por la ventana. reportar un problema con esta imagen

Parte 1: Dos nombres que se escaparon

Lucía tenía seis años y una risa que parecía una campanita. En su casa olía a canela, a chocolate caliente y a árbol de Navidad recién puesto. Las luces parpadeaban como luciérnagas de colores.

Esa tarde, mamá preparó la mesa con tarjetas para los regalos. En cada tarjeta había un nombre escrito con letras grandes. Lucía miró todo muy seria, como una ayudante importante.

—No toques las tarjetas, ¿vale? —dijo mamá, pero con una sonrisa.

Lucía asintió. Y justo entonces, algo pequeño se movió cerca del belén. Una sombra diminuta saltó detrás de una vela (una vela de mentira, de las seguras). Lucía abrió los ojos como platos.

En el estante, sentado con las piernas cruzadas, estaba el Lutin Farceur de Noël. Era un duendecillo navideño con gorro rojo, mejillas sonrosadas y una cara de “yo no he sido”.

Lucía susurró:

—¿Eres… de verdad?

El duende se llevó un dedo a los labios, como si guardara un secreto de algodón. Y, sin hacer ruido, dio un saltito hasta la mesa. Sus botitas no sonaban: parecían hechas de nieve.

Antes de que Lucía pudiera decir “¡eh!”, el duende estiró los brazos, agarró dos tarjetas y… ¡las cambió de sitio! Fue tan rápido como un copo girando en el aire.

Una tarjeta decía “ABUELA” y la otra decía “PAPÁ”. Ahora estaban en lugares cambiados, como si jugaran al escondite.

Lucía se quedó quieta. El duende le guiñó un ojo y, con un “puf” silencioso, desapareció detrás del calendario de adviento.

—¡Ay! —murmuró Lucía, con una mezcla de risa y susto—. Esto va a ser un lío.

Más tarde, mamá volvió y miró las tarjetas.

—Qué raro… juraría que las puse al revés… Bueno, ya lo revisaré.

Lucía tragó saliva. Quería contar la verdad, pero también quería entender por qué el duende hacía eso. A la noche, cuando todos se fueron a dormir, Lucía se deslizó fuera de la cama con sus calcetines calentitos.

En el salón, el árbol brillaba bajito. Y allí, sentado dentro de un calcetín decorativo como si fuera una cuna, estaba el duende, muy cómodo.

Lucía cruzó los brazos.

—Has cambiado dos nombres.

El duende sonrió como si su sonrisa tuviera chispitas.

—Sí.

—¿Por qué?

El duende sacó de su bolsillo un lápiz diminuto y dibujó en el aire un rectángulo brillante, como una ventanita. La ventanita se convirtió en una hoja de papel de verdad que cayó suavemente a la alfombra.

En la hoja decía: “TABLERO: IDEAS DE NAVIDAD”.

Y debajo había casillas vacías, muchas, para rellenar.

Lucía tocó el papel. Era real, tibio, como si hubiera estado junto a una taza de chocolate.

—¿Qué es esto?

El duende habló bajito, como quien cuenta una rima:

—Un tablero para llenar. Un mapa para agradecer. Un juego para ver lo que no se ve.

Lucía frunció el ceño.

—Yo solo vi una travesura.

El duende se encogió de hombros, pero con ternura.

—Las travesuras son puertas. A veces abres una… y encuentras algo bonito dentro.

Lucía miró el tablero. En una esquina había dibujado un pequeño reno que sonreía.

—¿Y qué tengo que hacer?

El duende señaló las casillas vacías.

—Llenarlo conmigo. Pero cuidado: esta noche los nombres pueden volver a escaparse.

Lucía tragó saliva otra vez. Pero esta vez fue de emoción.

—Vale. Pero mañana quiero arreglar lo de los nombres.

El duende hizo una reverencia exagerada.

—Palabra de duende.

Parte 2: La caza de las ideas brillantes

Al día siguiente, Lucía llevó el tablero a la cocina. Lo escondió debajo de un libro de cuentos para que no lo vieran los mayores. El duende apareció en el frutero, sentado entre las mandarinas como si fueran sillones.

—Primera casilla —dijo Lucía—. ¿Qué escribimos?

El duende levantó un dedito.

“Idea: decir gracias”.

Lucía torció la boca.

—Eso es fácil.

—Lo fácil es importante —canturreó el duende—. Como los botones: pequeños, pero cierran el abrigo.

Lucía escribió con su letra redonda: “Decir gracias”.

En ese momento, sonó el timbre. Era el cartero, con una caja grande. Llevaba la nariz roja por el frío y los dedos con guantes.

—Paquete para ustedes —dijo.

Mamá firmó, y el cartero sonrió.

—Felices fiestas.

Cuando se fue, el duende dio un saltito.

—¿Lo viste?

—Sí. Trajo la caja.

—¿Y quién ayuda en la sombra? —preguntó el duende, como si escondiera una pista.

Lucía miró por la ventana. El cartero ya estaba lejos, caminando deprisa.

—¡Él! ¡El cartero!

El duende aplaudió en silencio, como hacen las mariposas.

—Segunda casilla: “Agradecer al cartero”.

Lucía escribió: “Gracias, cartero”.

Después, fueron al supermercado con papá. Había música navideña y un muñeco de nieve de cartón. La cajera pasaba los productos con “bip bip bip”. Lucía la observó: sonreía a cada persona, aunque tuviera mucha cola.

En el bolsillo del abrigo de Lucía, el duende asomó solo la punta del gorro. Nadie lo vio.

—¿Ves más ayuda escondida? —susurró.

Lucía miró alrededor. Un señor limpiaba el suelo con una fregona. Otra señora colocaba frutas con cuidado, como si fueran tesoros. Y la cajera no paraba.

—¡Hay un montón! —susurró Lucía también.

—Entonces, tercera casilla —dijo el duende—: “Gracias a quien limpia”. Cuarta: “Gracias a quien coloca las cosas”. Quinta: “Gracias a la cajera”.

Lucía se sintió como una detective de la gratitud. Sus ojos buscaban manos trabajadoras, pasos rápidos, sonrisas cansadas y buenas.

En casa, el tablero ya tenía varias casillas llenas. Lucía lo miraba con orgullo. Era como un mantel de palabras bonitas.

Pero al anochecer ocurrió un mini-rebote, de esos que hacen “¡oh!” y luego “¡ah!”.

Mamá sacó las tarjetas de los regalos.

—Qué extraño… Abuela tiene una tarjeta que dice “Papá”… y papá tiene una que dice “Abuela”. ¡Esto no cuadra!

Lucía se puso color tomate. El duende apareció en el borde del sofá, colgando boca abajo como un murciélago navideño.

Lucía respiró hondo.

—Mamá… creo que… se han confundido.

—¿Quién las confundió? —preguntó mamá, sin enfadarse, solo curiosa.

Lucía miró al duende. Él se tocó el corazón, como diciendo “sé valiente”.

—Yo… lo vi pasar. Fue… el duende de Navidad.

Papá se rió, pensando que era un juego.

—¡Un duende! Entonces habrá que vigilar.

Mamá le guiñó un ojo a Lucía, como si guardara un secreto también.

—Bueno, pues mañana lo arreglamos. Ahora a cenar.

Lucía se sintió aliviada. Y, en su interior, una lucecita se encendió: decir la verdad también podía ser suave.

Parte 3: El tablero se llena y el corazón también

Esa noche, el duende llevó a Lucía a una aventura pequeña, segura y mágica: no salieron de casa, pero parecía que viajaban.

El duende sopló sobre el tablero y las casillas vacías brillaron como estrellas sin nombre.

—Hoy buscaremos ideas aquí —dijo—. En casa también hay ayuda escondida.

Lucía miró la cocina. La encimera estaba limpia. Los platos estaban ordenados. La ropa estaba doblada en una silla.

—¿Quién hace todo eso? —preguntó el duende.

Lucía pensó. Mamá cocinaba. Papá barría a veces. Y la abuela, cuando venía, siempre ayudaba a doblar servilletas y a contar historias mientras ordenaba.

Lucía escribió:

“Gracias, mamá, por cocinar.”

“Gracias, papá, por arreglar cosas.”

“Gracias, abuela, por ayudar y contar cuentos.”

El duende se balanceó sobre una cinta de regalo como si fuera un columpio.

—Te falta una idea traviesa —dijo.

—¿Una traviesa? —Lucía se rió.

El duende sacó un paquetito de purpurina (muy poquita) y lo movió como si fuera sal. La purpurina cayó solo dentro de un bote, sin ensuciar nada.

—Travesura amable: dejar una sorpresa bonita —dijo.

—¿Como qué?

El duende pensó y luego señaló los calcetines navideños colgados.

—Un dibujo escondido. Una nota pequeñita. Un “te quiero” doblado como avioncito.

Lucía corrió a por papel. Dibujó un corazón y un muñeco de nieve con bufanda azul. Escribió con cuidado: “Gracias por estar conmigo”.

—¿A quién se lo doy? —preguntó.

El duende la miró con ojos brillantes.

—A quien menos lo espere.

Lucía se quedó pensando. Entonces recordó algo: el vecino del piso de arriba, el señor Tomás, siempre recogía paquetes cuando no estaban en casa. Nunca pedía nada, solo sonreía.

Lucía metió la nota en un sobre y lo dejó en el felpudo del señor Tomás, sin tocar el timbre, como si fuera una misión secreta.

De vuelta, el duende aplaudió.

—Eso es. Una travesura que abraza.

El tablero ya casi estaba lleno. Solo quedaba una casilla, la última, grande, como un regalo.

—¿Qué va aquí? —preguntó Lucía.

El duende se quedó serio por primera vez. Pero era una seriedad dulce, como cuando cae nieve.

—Aquí va la idea más importante —dijo—: “Gracias a quienes ayudan sin que los veas”.

Lucía escribió despacio, con cuidado, como si escribiera una canción.

Y en ese momento, el duende se acercó a las tarjetas de la mesa. Tomó las dos que había cambiado y las miró un segundo. Luego, con una rapidez de copo de nieve, las devolvió a su lugar correcto.

—Promesa cumplida —susurró.

Lucía sonrió.

—Entonces… ¿por qué hiciste el lío al principio?

El duende se sentó junto a ella.

—Porque a veces, para mirar bien, hay que notar un pequeño “¡ay!”. Un nombre cambiado hace que mires la mesa. Y cuando miras… ves a todos. A los que están y a los que ayudan calladitos.

Lucía lo entendió como se entienden las cosas a los seis años: con el pecho, no solo con la cabeza.

Parte 4: Noche buena, risa buena

Llegó la víspera de Navidad. En casa había villancicos suaves y el árbol parecía más alto. La familia se reunió: mamá, papá, la abuela y Lucía. También vinieron unos tíos y trajeron galletas en una caja.

Lucía miró la mesa. Las tarjetas estaban bien. “ABUELA” estaba con abuela. “PAPÁ” con papá. Todo en su sitio, como un abrazo ordenado.

Pero el duende no se fue sin una última travesura amable.

Mientras todos hablaban, Lucía notó algo: en cada plato había aparecido, como por arte de magia, una mini-tarjeta extra. No decía un nombre. Decía una frase.

La de mamá: “Gracias por cuidar.”

La de papá: “Gracias por hacer reír.”

La de la abuela: “Gracias por tu paciencia y tus cuentos.”

Y la de Lucía decía: “Gracias por mirar con ojos de estrella.”

Lucía se llevó la tarjeta al pecho. El duende, escondido en el árbol, hizo un saludo pequeño con el gorro.

Mamá encontró su tarjeta y se quedó quieta un segundo.

—Qué bonito… —dijo en voz baja.

Papá leyó la suya y se aclaró la garganta, como si tuviera una risa atrapada.

La abuela sonrió con los ojos mojados, pero de alegría.

—Esto vale más que un lazo —dijo.

Lucía se levantó con el tablero “Ideas de Navidad” en las manos. Se lo enseñó a todos.

—He hecho esto con… con ayuda —dijo, mirando un rincón del árbol, donde una lucecita parpadeaba como un guiño.

Papá miró el tablero.

—¡Cuántas ideas!

Mamá lo leyó despacio.

—Agradecer al cartero… a quien limpia… a quien trabaja… a los vecinos… —Mamá miró a Lucía—. Es precioso, cariño.

Lucía sintió calor en las mejillas, como cuando bebes chocolate.

En ese instante, alguien llamó a la puerta. Era el señor Tomás, el vecino. Tenía el sobre en la mano.

—Perdón… encontré esto. Creo que es para mí —dijo, sonriendo.

Lucía se escondió un poquito detrás de la abuela, tímida, pero feliz.

—Sí… es para usted —susurró.

El señor Tomás abrió la nota y se rió bajito.

—Pues… gracias, Lucía. Me has alegrado la noche.

Cuando la puerta se cerró, Lucía miró el árbol. Entre las ramas, el duende levantó el pulgar y luego desapareció, como si se disolviera en luz.

Esa noche, antes de dormir, Lucía dejó el tablero en una repisa, bien visible. Al lado, puso un lápiz.

Por si mañana aparecía otra casilla vacía.

Por si el mundo necesitaba otro “gracias”.

Y mientras se arropaba, le pareció oír un susurro que venía de algún rincón cálido de la casa:

—Las mejores travesuras… son las que dejan el corazón ordenado.

Lucía se durmió con una sonrisa, y la Navidad, afuera, siguió cayendo despacito, como una manta suave sobre todas las cosas.

Sin publicidad 3€ por mes

¿Desea una lectura sin interrupciones? Apoye a Oh My Tales, elimine todos los anuncios y disfrute de otras ventajas incluidas desde 3€ al mes.

Ver los planes y tarifas
Compartir

reportar un problema con este cuento

¿Qué pensaste de este cuento?

Dén su opinión asignando una nota a este cuento según lo que usted y/o su hijo piensan al respecto. ¡Gracias de antemano!

¡Gracias! ¡Su calificación ha sido tomada en cuenta!

El cuestionario: ¿has entendido bien el cuento?

Belén
Un conjunto con figuras que muestra el nacimiento de Jesús en Navidad.
Duendecillo
Un pequeño personaje mágico y travieso que ayuda o hace bromas.
Calendario de adviento
Un calendario con puertas para abrir cada día antes de Navidad.
Calcetín decorativo
Un calcetín bonito que se cuelga para dejar pequeños regalos.
Purpurina
Polvo muy brillante que se usa para decorar cosas en fiestas.
Felpudo
Una alfombra pequeña que se pone en la puerta para limpiar los zapatos.
Encimera
La superficie plana en la cocina donde se prepara la comida.
Reverencia
Un gesto de respeto que se hace inclinando el cuerpo un poco.
Copo de nieve
Una pequeña pieza de hielo con forma de estrella que cae del cielo.
Víspera de Navidad
La noche antes del día de Navidad, cuando muchas familias celebran.

¡Crea un cuento mágico y único para su hijo!

Cree una aventura personalizada en solo unos minutos donde su hijo se convierte en el héroe. ¡Con nuestra herramienta exclusiva, es fácil, gratuito y divertido!

Crear un cuento

Descargue este cuento:

Descargar este cuento en PDF Descargar el e-book (.epub)

¡Recibe nuevos cuentos cada domingo por la noche!

Reciba 7 cuentos emocionantes y cautivadores, adaptados a la edad y gustos de su hijo, cada domingo a las 17h*. ¡Es gratis y garantizado sin spam!
*Correo enviado a las 17h, hora de Europa Central (CET).
No nos gusta tampoco el spam. Así que solo le enviaremos cuentos. Podrá darse de baja cuando lo desee.