Érase una vez, en un bosque cubierto de nieve suave, un pequeño conejito llamado Luno. Luno tenía el pelito blanco como la nieve y orejas largas que bailaban con el viento. Era Nochebuena y todo el bosque olía a frío y dulce, como el chocolate caliente.
Luno miraba las estrellas y escuchaba las campanas: «Tin, tin, las campanas suenan, la nieve cae, el árbol brilla». A lo lejos, el gran pino del bosque estaba lleno de luces y velas. Todos los animales iban hacia él, saltando y sonriendo.
Luno saltó y saltó, dejando huellas pequeñas en la nieve. “Vamos, Luno”, dijo la ardilla, “el árbol nos espera”. Luno se puso muy contento y saludó: “¡Hola, árbol! ¡Hola, amigos!”.
Los búhos cantaban suavito: “Noche de estrellas, noche de paz”. La zorra trajo una manzana roja para compartir. El erizo puso una nuez bajo el árbol. Luno llevó una ramita verde, porque quería regalar algo bonito también.
El árbol de Navidad brillaba con velas y la nieve caía despacito. Todos los amigos se sentaron muy juntos, calentitos, y escucharon el viento que cantaba: «La nieve cae, las campanas suenan, el árbol brilla para todos».
Luno se sintió feliz. Miró a sus amigos y susurró: “Estoy contento aquí, juntos”.
La luna sonreía desde el cielo y las estrellas guiñaban. Era una noche tranquila, llena de luz y cariño.
Y así, bajo el árbol, todos los amigos se abrazaron y escucharon el suave canto de la Navidad.
Juntos, todo es más bonito y alegre.