Érase una vez, en una casita con luces suaves y ventana de nieve, tres niñas pequeñas jugaban juntas. Se llamaban Lucía, Ana y Sofía. Afuera caía la nieve, blanca y suave, como algodón en el aire. Dentro, las niñas reían y daban vueltas, mientras sonaban campanas de Navidad.
Lucía miró el árbol grande y verde. “¡Mira las luces!”, dijo. El árbol tenía bolas rojas y una estrella dorada. Ana tomó una campana y la agitó. “Tling, tling, tling”, sonó la campana. Sofía encendió una vela con ayuda de mamá. La vela brillaba y hacía luz cálida.
Las tres niñas cantaron: “Nieve, nieve, campana y luz, Navidad feliz para todos tú”. Reían y bailaban despacio. Mamá les dio galletas con forma de estrella. “¡Qué rico!”, dijo Lucía. “¡Me gusta la Navidad!”, dijo Ana. “¡Es mágica!”, dijo Sofía.
De pronto, Lucía vio que una bola del árbol estaba en el suelo. “Oh, se cayó”, dijo. Mamá sonrió y la puso de nuevo en el árbol. “Ya está, todo bien”, dijo mamá. Las niñas aplaudieron y siguieron cantando. “Nieve, nieve, campana y luz, Navidad feliz para todos tú”.
La noche llegó, suave y tranquila. Las niñas se abrazaron, sintiendo la paz de la Navidad. Mamá apagó la luz, pero las velas seguían brillando.
Siempre que compartimos y cuidamos, la Navidad brilla más fuerte en nuestro corazón.