Parte 1: La fanfarria chispeante
Había una vez, en una carpa de rayas rojas y amarillas, una mini-fanfarria que sonaba como risas. La fanfarria la formaban cuatro amigas: Lila, Sofi, Mara y Nina. Tenían seis años y un sombrero cada una, muy ridículos y muy brillantes. Lila llevaba uno con una pluma azul que volaba cuando corría. Sofi tenía un sombrero con mini-luces que parpadeaban. Mara usaba un sombrero verde con una estrella de pegatina, y Nina tenía un sombrero tan grande que a veces se le caía sobre los ojos.
—¡Uno, dos, tres! —contó Lila cuando comenzaron a practicar—. ¡Brass, clarín y mucha risa!
Tocaban instrumentos pequeñitos: un tambor que sonaba "tum-tum", una trompeta que decía "puf", una pandereta que sonreía "chin-chin" y una flauta que silbaba como pajarito. La música salía saltando y hacía reír a los payasos que pasaban por la carpa.
La directora del circo, la señora Caramelo, aplaudió con manos cariñosas. Cerca del escenario, una mujer con vestido de lunares y guantes blancos observaba. Era Amalia, la dresseuse de palomas. Tenía una cesta con pañuelos y dentro... ¡palomas! Dos blanquísimas y una gris con manchitas. Las palomas miraban a las niñas con ojos brillantes, como si supieran que la música era para ellas.
—Cuando toquemos la fanfarria, las palomas volarán en forma de corazón —dijo Amalia—. Pero antes quiero que practiquéis un paso nuevo: el paso del funambulista.
Las niñas se miraron sorprendidas. Nunca habían caminado sobre la cuerda. Solo conocían el tapete de la pista y los escalones de madera.
—¿Un paso de funambulista? —preguntó Mara, saltando de emoción—. ¿Con una cuerda alta y todo?
Amalia se rió. No, no alta. Era una cuerda baja, a ras del suelo, perfecta para principiantas.
Sofi, que era la más valiente, dijo con voz cantarina:
—¡Yo puedo intentarlo! Pero con música, porfa. La música me hace valiente.
Así decidieron combinar la fanfarria con el paso de funambulista. Lila marcó el ritmo, Sofi sopló la trompeta, Mara meneó la pandereta y Nina hizo cosquillas a la flauta. Empezó una melodía alegre que hacía bailar los sombreros.
Parte 2: Ensayos y cosillas de backstage
El ensayo comenzó con risitas. La cuerda estaba en el centro de la pista, atada a dos bancos. Tenía un lazo de colores que hacía cosquillas en los pies.
—Paso 1: mirar al frente —dijo Lila—. Paso 2: brazo en cruz como un equilibrista. Paso 3: respirar como una tortuga tranquila.
Sofi se puso en la cuerda y puso los brazos como un avión.
—¡Puf! —sonó su trompeta en una nota muy larga—. Estoy volando.
Una paloma blanca, curiosa, vino a posarse en el extremo del tambor. La otra paloma se enfadó un poco y meneó las plumas. Amalia les dijo suavemente:
—Chicas, calma. Las palomas son amigas, pero les encanta bailar con la música.
Las niñas rieron. El ensayo se convirtió en una fiesta de pequeños percances: Lila tropezó con su propia pluma y dio una vuelta loca, pero cayó riéndose; Mara perdió una pegatina que salió volando como un pez en el mar; Nina tuvo que levantar su sombrero que tapaba sus ojos justo cuando debía pasar por la cuerda.
—¡Una, dos, tres! —contó Mara cuando le tocó—. ¡Paso, paso, plop!
A cada paso, las palomas se movían un poco. La gris, la más traviesa, siguió a Sofi y se subió en su hombro. Sofi hizo una mueca de sorpresa y la trompeta lanzó una nota chistosa que pareció decir "¡ay!".
En la parte de atrás, los costureros cosían una bufanda que brillaba y un payaso ensayaba una voltereta que terminó con él sentado en una pila de cojines, riéndose como un campanero.
—¡Mira esto! —gritó Lila—. ¡Si toco así, la cuerda se convierte en un río!
Las niñas se imaginaron navegando en barquitos de palomitas. Cada vez que fallaban, reían y volvían a intentar. La señora Caramelo les dio caramelos con formas de estrellas si hacían una reverencia al terminar.
Al cabo de un rato, Amalia dijo:
—Ahora intentaremos que las palomas vuelen formando un corazón justo cuando salgáis de la cuerda.
La idea pareció mágica. Las niñas practicaron el final: cruzar la cuerda y, al bajar, girar con una mano en el corazón y la otra sacando un pañuelo. Las palomas, que eran casi bailarinas, practicaron con ellas. Una paloma blanca voló en círculo, la otra hizo un giro pequeño, y la gris dejó caer una pluma en la trompeta de Sofi. Sofi estornudó y la trompeta sonó "puf" como un soplido de té caliente.
—¡Perfecto! —dijo Amalia con ojos chispeantes—. Ahora, una vez más, con todo el brillo.
Las niñas respiraron hondo. La música empezó, los pasos se hicieron firmes, la cuerda les contó un secreto al oído: "con calma, con risa". Y entonces ocurrió algo muy gracioso: la estrella de pegatina de Mara se pegó al borde del banco y ella tuvo que estirarse como una lagartija. Sus amigas la sujetaron y la ayudaron a despegarse, mientras la pandereta seguía sonando "chin-chin", como si fuera una carcajada.
Parte 3: La función y la grimasa final
Llegó la noche de la función. Las luces de la carpa brillaban como manzanas doradas. Las sillas estaban llenas y el público murmuraba con sabor a sorpresa. Las cuatro niñas se maquillaron con coloretes rosados y puntitos de brillo. Los sombreros brillaron más que nunca.
—Recordad: sonreír y hacer ruido —susurró Lila—. Y no olvidéis la reverencia final.
Salieron a la pista como pequeños cohetes. La fanfarria empezó a tocar y la gente aplaudió. El tambor hizo "tum-tum", la trompeta "puf", la pandereta "chin-chin" y la flauta silbó "piu-piu". Las palomas, preparadas en la cesta de Amalia, asomaron la cabecita como si fueran a decir buenos días.
Sofi fue la primera en la cuerda. La música la sostuvo. Caminó con pasos de algodón, puso los brazos en cruz y la paloma gris, con mucha elegancia, se posó sobre su hombro. El público dijo "oooh" como si todas las estrellas hubieran decidido mirar.
Mara pasó después. Su pegatina se quedó pegada otra vez, pero esta vez la soltó con un salto y un aplauso gracioso. Nina tuvo un pequeño problema: su sombrero se cayó y le tapó la cara justo cuando iba a hacer un giro. Ella no se asustó; hizo una mueca y siguió. La mueca, en lugar de esconderla, hizo reír a toda la gente. La mueca se quedó como una canción y todos comenzaron a reír con ganas.
Lila, al final, hizo su paso como si fuera una hormiga valiente. Cuando las cuatro bajaron de la cuerda, Amalia lanzó los pañuelos y las palomas volaron en un círculo. Las blancas dibujaron la parte superior del corazón y la gris hizo la punta, y juntas formaron un corazón gigante que brilló sobre la pista. El público aplaudió con las manos en el aire.
Todo parecía perfecto, pero justo en la última nota, la trompeta de Sofi dio un "puf" muy largo y se enrolló en la pandereta de Mara. Las niñas se sostuvieron las unas a las otras como si fueran resbaladillas humanas. En ese segundo, Nina, con la rapidez de un ratoncito, lanzó su sombrero al aire. El sombrero giró y cayó... ¡justo en la cabeza de la paloma gris! La paloma dejó escapar un "prr" pequeño y se revolvió un poco, pero luego posó en la cabeza del sombrero como si fuera su trono.
El público rió y aplaudió todavía más fuerte. Las chicas se miraron y entendieron que no tenían que ser perfectas para brillar, solo tenían que ser ellas mismas. Se tomaron de las manos, hicieron una reverencia todo al estilo de fanfarria y, para terminar con algo que nadie olvidaría, cada una puso una cara graciosa: Lila mostró los ojos cruzados como dos lunas locas; Sofi sacó la lengua como un perrito; Mara infló sus mejillas como si llevara nubes; y Nina frunció la boca y alzó una ceja como un pequeño tiburón sorprendido.
La última grimasa fue la de Nina. La gente soltó una carcajada tan grande que pareció que la carpa rebotó. Las palomas aplaudieron con sus alitas y Amalia les dio a las niñas una galleta en forma de estrella. La señora Caramelo les regaló cuatro mini-medallas de papel dorado que decían: "Valientes, divertidas y de corazón".
Al salir de la pista, las niñas se abrazaron fuerte. Llevaban brillo en el pelo, confeti en los zapatos y una alegría que parecía pegada a la piel.
—Hoy hemos hecho magia —dijo Lila—. Magia con risas.
—Magia con palomas y sombreros —añadió Sofi, contenta.
—Magia con pegatinas rebeldes —dijo Mara, riendo.
—Y magia con una ultima... grimasa —susurró Nina, guiñando un ojo.
Se fueron a la carpa de detrás, donde las luces eran suaves y las estrellas dormían en las mantas. Antes de dormirse, las cuatro niñas se prometieron que la próxima función sería aún más divertida. Y en la cesta, la paloma gris dejó caer una pluma sobre cada sombrero como si fuera un sello de aprobación.
Aquella noche, en la carpa de rayas, hubo sueños llenos de música, de pasos de cuerda que saben a caramelo y de muchas, muchas risas. Y la última imagen que quedó en la memoria del circo fue la de una niña que, con una gran boca chueca y los ojos saltarines, hizo la mejor grimasa del mundo.