Capítulo 1: Llegan las cuatro sonrisas
Había una vez un circo que olía a palomitas y a risas. Esa mañana, cuatro amigas llegaron saltando por la entrada. Eran Clara, Lila, Maya y Sofía. Tenían seis años casi siempre, y sonreían hasta las orejas. De hecho, se decía que sus sonrisas podían iluminar la carpa más oscura.
—¡Mira, Clara! —dijo Lila señalando las banderitas—. ¡Hoy todo brilla!
—¡Vamos a ver a los payasos! —gritó Maya, dando un salto y cayendo en una nube imaginaria.
Sofía giró como un caramelo y contestó:
—Primero, taller de maquillaje. Quiero una nariz de luna.
En la carpa, el aire era de colores. Había trapecios que colgaban como hilos de arcoíris y una escalera que hacía cosquillas a las nubes. Las cuatro niñas tomaron de la mano a una pequeña concha de papel que marcaba su grupo y se adentraron.
Allí las esperaba un personaje con bigote pintado y ojos brillantes: la directora del taller, la señora Pompón.
—¡Bienvenidas, artistas! —anunció Pompón—. Hoy haremos caras risueñas.
—¿Podemos pintar estrellas? —preguntó Maya.
—¿Y narices de luna? —preguntó Sofía.
—¿Y brillitos que bailen? —preguntó Clara.
—¡Y patitas de gato! —añadió Lila.
Pompón rió con una carcajada que parecía confeti.
—Todo eso y más —dijo—. Pero recordad: el maquillaje no es para esconder. Es para compartir sonrisas.
Capítulo 2: El taller y el invento del machinista
El taller estaba lleno de espejos con luces, pinceles que parecían bailarines y frascos de colores como lacas de arcoíris. Las niñas se sentaron en unas sillas pequeñas. Pompón les dio una toallita suave a cada una.
—Primero lavamos las manos —explicó—. Y después, empezamos por una base ligera.
Clara, que no paraba de sonreír, dijo:
—Quiero un sol en la mejilla.
Lila pidió rayas azules como olas.
Maya quería purpurina que no se escapara.
Sofía pidió una media luna en la frente.
Mientras pintaban, apareció el machinista inventivo. Se llamaba Tico y llevaba un mono manchado de pintura y un cinturón con tornillos que tintineaban.
—¡Hola, pequeñas artistas! —dijo Tico—. He traído algo especial: el Pincel Risueño. Pinta solo si todos ríen a la vez.
Las niñas se miraron y soltaron una risa pequeña y contagiosa. El pincel, al escuchar, saltó de su caja y brilló en verde limón.
—¿Puede pintar corazones que se mueven? —preguntó Maya, con los ojos muy abiertos.
—Claro —respondió Tico—. Pero tened cuidado. El pincel es travieso. Le encanta compartir.
Pompón aplicó una base blanca muy finita. Luego vino el momento de las narices y las figuras. Las niñas hablaban entre pincelada y pincelada.
—¡Ay! —exclamó Lila cuando una gota de pintura bailó por su mejilla como una mariposa—. Parece que mi mejilla cuenta un secreto.
—¡Mi sol se ha dormido! —dijo Clara, riendo—. ¡Le pones despertador, Pompón!
Pompón sopló un poquito y el sol despertó con un "¡ping!".
Tico, por su parte, no paraba de arreglar cosas tras la cortina. Era el machinista más ingenioso del circo. Tenía una caja con engranajes que hacía sonidos de trompeta y una llave que hacía aparecer confeti. De vez en cuando se asomaba y decía:
—Si necesitáis que algo se mueva, llamadme. Tengo una máquina que hace aros voladores, aplausos automáticos y globos que saben contar chistes.
Las niñas lo miraron fascinadas. Sofía, con su media luna recién pintada, preguntó:
—¿Puede la máquina hacer que los globos canten?
—¡Claro! —contestó Tico—. Pero los globos son un poco tímidos. Les gusta que les contéis un secreto.
Las cuatro se inclinaron y susurraron al oído de un globo rosa: "Te prometemos compartir". El globo infló el pecho y comenzó a cantar: "Tra-la-la."
Capítulo 3: Un pequeño lío de colores
Todo iba muy bien hasta que el Pincel Risueño se puso especialmente juguetón. Saltó y decidió que quería pintar a su manera. Empezó a dibujar bigotes volantes, lunas que se escondían detrás de orejas y pequeñas escamas de pez en las rodillas.
—¡Eh, pincel! —dijo Clara entre risas—. ¡Eso es para gatos!
El pincel respondió con un brochazo de brillo que hizo que los cuatro bigotes cobraran vida. De la nada, tres bigotes y una luna se pusieron a bailar por la mesa como si fueran marionetas.
Las niñas se rieron tanto que casi se les cae la silla. Pompón aplaudió.
—¡Qué espectáculo! —exclamó—. A veces el maquillaje tiene ideas propias.
Pero entonces, un frasco de purpurina resbaló y rodó hacia el borde. Tico, que andaba reparando una escalera que quería cantar, vio el frasco rodar y corrió con su llave inglesa. Intentó atrapar la purpurina, pero ¡zas! tropezó con una cuerda y su caja de engranajes se abrió. De la caja salieron unos engranajes que hicieron "tic-tac" y luego "plof" cuando se toparon con una pila de sombreros.
Un sombrero voló y cayó justo sobre la cabeza de Lila. El sombrero tenía una nariz de payaso cosida y, al caer, comenzó a decir chistes con voz de brújula.
—¿Qué le dijo el pasto al circo? —preguntó el sombrero.
—No lo sé —respondió Maya.
—¡Que no lo pisen tanto! —dijo el sombrero y todas estallaron en carcajadas.
Fue un momento de alegría total: risas, chispeos y pequeños saltos. Las niñas se ayudaron entre ellas a quitarse los sombreros, a limpiarse la purpurina, a peinar las pinturas que se habían subido como erizos. Cada una ofreció su pañuelo, su espejo y su chiste favorito. Compartieron también el pan de nube que vendía la señora del puesto.
—Compartir hace menos lío y más risas —dijo Sofía, secándose una mejilla con brillante.
Tico, recuperando su caja, dijo con orgullo:
—Mi máquina no solo arregla objetos, también une sonrisas. Y esas son mis herramientas favoritas.
Capítulo 4: El gran final y los agradecimientos divertidos
La tarde avanzó y la carpa se llenó de gente. Era el momento del ensayo general. Las cuatro amigas se tomaron de las manos y caminaron por la pista con sus caras pintadas: sol, olas, purpurina y luna. El público aplaudió antes de que empezara el numero, porque las sonrisas ya eran espectáculo.
—¿Preparadas? —preguntó Pompón.
—¡Sí! —contestaron las cuatro a coro, sonriendo hasta las orejas.
El número fue una mezcla de magia y risas. Los bigotes bailarines dieron vueltas alrededor de las niñas, los sombreros contaron chistes y los globos cantaron coros. Tico, detrás de la cortina, movió sus engranajes para que una lluvia de confeti cayera justo en el momento más gracioso. Los espectadores se reían y aplaudían con las manos llenas de confeti imaginario.
Al final, las niñas hicieron una reverencia colectiva, y Pompón sacó una pequeña caja dorada. Dentro había pegatinas con formas de estrella. Las niñas la abrieron y ofrecieron las estrellas al público.
—Estas son para todos —dijo Clara—. Para que nunca falte una sonrisa.
—Para compartir —añadió Lila, entregando una a un niño.
—Para recordar que juntos todo es más divertido —dijo Maya.
—Y para dar gracias —murmuró Sofía, con la luna en la frente.
Entonces llegó el momento de los agradecimientos. Las niñas, con la voz un poco temblorosa por la emoción, hablaron al público. Pero en vez de decir "gracias" de forma normal, lo hicieron al estilo circo: con chistes, carcajadas y abrazos.
—Gracias por venir —dijo Clara—. Gracias por las palomitas.
—Gracias por reír —dijo Lila—. Gracias por no pisar a los payasos.
—Gracias por los aplausos —dijo Maya—. Gracias por sus sombreros imaginarios.
—Gracias por compartir —dijo Sofía—. Gracias por nuestras sonrisas.
Pompón se unió y lanzó un último "gracias" que sonó como un beso en una trompeta. Tico, desde atrás, hizo que su caja de engranajes soplara una pequeña melodía que decía "gracias" en tres idiomas: tic, tac, gracias.
Y entonces, en un acto final de agradecimiento divertido, las niñas inventaron un "Aplauso Compartido". Todos en la carpa aplaudieron, pero en vez de aplaudir con dos manos, cada persona sacó una mano y la dio a la mano del vecino. Fue un aplauso que se pasó como una ola, mano a mano, hasta que el último niño recibió el aplauso y lo convirtió en una carcajada.
La carpa tembló de alegría. Las cuatro amigas se miraron y supieron que algo mágico había ocurrido: habían aprendido que compartir no es solo dar cosas, sino también compartir risas, problemas y arreglos de sombreros.
Al salir, cada una recibió un pequeño sobre con una pegatina de sol, una ola, una purpurina y una luna. Eran recuerdos de un día en el que la pintura bailó y la máquina contó chistes.
Antes de despedirse, las niñas hicieron una fila y, una por una, dijeron gracias de manera muy original. Clara con un saludo de sol, Lila con un giro azul, Maya con un brinco de purpurina y Sofía con una media luna que guiñó el ojo.
—Gracias por venir —dijeron al unísono, y sus voces sonaron al mismo tiempo que el Pincel Risueño decidió, por última vez del día, dibujar un corazón en el aire.
Al final, la carpa se cerró con el sonido de zapatitos que marchaban, risas que se quedaban en la tela y el brillo de cuatro sonrisas que ahora dormían como luciérnagas. Tico guardó su caja, Pompón colgó su toalla y las niñas, con los bolsillos llenos de estrellas, se fueron a casa cantando: "Compartir es mejor, compartir es amor."
Y en la oscuridad, alguien susurró un último "gracias" con voz de confeti, que sonó gracioso y muy, muy tierno.