1) El circo que hacía “¡achís!”
Hoy el Circo Caramelo brillaba como un helado al sol: luces amarillas, banderines rojos y un olor a palomitas que hacía cosquillas en la nariz. Leo, un niño de cinco años con zapatillas que chillaban “ñi-ñi” al caminar, entró por la puerta grande con los ojos redondos de emoción.
—¡Leo! —saludó la taquillera—. Hoy eres nuestro ayudante especial.
Leo se enderezó como un soldadito… pero su mochila se abrió y “plof”, cayó un calcetín en medio de la entrada.
—Eh… es mi calcetín valiente —dijo Leo, rojo como un tomate.
La taquillera rió.
—Perfecto. Un circo necesita calcetines valientes.
Adentro, todos corrían como hormigas con sombrero. La trapecista practicaba en el aire, el payaso Pompón se pintaba una ceja… ¡en la barbilla!, y el domador buscaba a su león de peluche.
Entonces, el director del circo, Don Mostacho, apareció con cara de “ay, madre”.
—¡Problema! —dijo—. ¡Se han perdido los carteles del gran espectáculo! Sin carteles, nadie sabrá a qué hora empieza… ¡y el público se sentará en la cola de los elefantes por error!
Justo en ese momento, un elefante asomó la trompa por una cortina y estornudó:
—¡ACHÍS!
El estornudo fue tan fuerte que volaron confetis de algún bolsillo misterioso.
Leo se tapó la boca para no reír.
—Yo puedo ayudar —dijo, muy serio… y justo entonces su zapatilla volvió a sonar: “ñi-ñi”.
Don Mostacho lo miró.
—Necesitamos un héroe pequeño y rápido. ¿Te animas?
Leo tragó saliva y asintió. Por dentro pensó: “Soy pequeño… pero puedo ser un pequeño tornado”.
2) Carteles, pegamento y un payaso pegajoso
En la trastienda, Leo encontró una mesa enorme llena de cosas: papel de colores, pinceles, rotuladores, estrellas brillantes y un bote de pegamento con etiqueta torcida.
—Haremos carteles nuevos —dijo Don Mostacho—. Pero con cuidado: ese pegamento es muy… cariñoso.
Leo no entendió “cariñoso” hasta que metió un dedo para probar. El pegamento se pegó a su dedo, su dedo al rotulador, el rotulador al papel, y el papel… ¡a su nariz!
—¡Mmmf! —hizo Leo, con un cartel colgando de la cara como una lengua de papel.
El payaso Pompón lo vio y aplaudió.
—¡Qué idea tan moderna! ¡Un niño-anuncio! ¡Publicidad con nariz!
Leo tiró suave y el papel se despegó con un sonido: “plap”. Se miró al espejo y se rió de sí mismo.
—Vale, nariz, hoy trabajas en el circo.
Pompón le guiñó un ojo.
—Eso es. En el circo, hasta la nariz tiene trabajo.
Leo empezó su bricolaje. Pintó letras grandes: “HOY GRAN FUNCIÓN”, y dibujó una carpa con lunares. En vez de un león feroz, dibujó un león con patines, porque le pareció más gracioso. También añadió un elefante soplando burbujas.
—¡Perfecto! —dijo Don Mostacho—. Solo falta el toque mágico.
—¿Magia? —preguntó Leo.
Desde detrás de una cortina apareció el Mago de los Cintas, llamado Silbín. Llevaba un sombrero azul, y de sus mangas asomaban cintas de todos los colores, como serpientes de arcoíris.
—¡Chas-chas! —hizo Silbín, moviendo las manos—. Puedo poner cintas en los carteles para que bailen con el viento.
Leo abrió la boca.
—¿Las cintas bailan de verdad?
—Bailan… si les cantas —dijo el mago muy serio—. Si no, se quedan tímidas.
Pompón se puso una nariz roja (esta vez, en su nariz de verdad).
—Yo puedo cantar —dijo—. Pero aviso: mi voz hace llorar a los tomates.
—Yo canto bajito —ofreció Leo—. Mi voz no asusta ni a una galleta.
Silbín lanzó una cinta amarilla que hizo “fiuu” y se enroscó en el borde del cartel. Luego una verde, una rosa, una azul. Las cintas quedaron como colas alegres.
Leo cantó: “La-la-la, cartelito, no te caigas, qué bonito”. Las cintas temblaron y parecieron sonreír.
—¡Funciona! —dijo Leo.
—Claro —respondió Silbín—. La magia es mejor cuando alguien se ríe un poquito de sí mismo.
Justo entonces, Pompón se acercó a oler el pegamento… y su nariz roja quedó pegada al bote.
—¡Oh no! —dijo, con voz de trompeta tapada—. ¡Tengo una nariz-bote!
Leo se rió tanto que casi se cae de la silla.
—Tranquilo, Pompón. Te ayudaré.
Con paciencia, Leo mojó un trapo, frotó suave y… “ploc”, la nariz se soltó. Pompón la levantó como un trofeo.
—¡He sobrevivido al Pegamento Cariñoso! —anunció dramático—. ¡Soy el Payaso Pegajoso!
Todos aplaudieron en silencio para no asustar a las cintas tímidas.
3) El mini-desastre de la gran función
Con los carteles listos, Leo y Pompón salieron a colgarlos por el circo. Los pegaban en postes, puertas y hasta en una caja de manzanas.
—Aquí dice “A las cinco” —leyó Leo—. Y aquí… “A las seis”. Y aquí… ¡ups!
En un cartel, Leo había escrito “A las CINCUE” porque se le fue la mano y se acabó la palabra.
—¿Qué es “cincue”? —preguntó Pompón.
Leo se encogió de hombros, divertido.
—Es una hora nueva. Cuando el reloj se ríe.
Pompón se llevó una mano al corazón.
—¡Eso es arte! Pero quizá el director prefiera la hora normal.
Leo respiró hondo.
—No pasa nada. Me equivoqué. Lo arreglo.
Volvieron corriendo a la trastienda. Silbín estaba practicando: sacaba cintas y las hacía formar un corazón, luego una espiral, luego… una sopa de cintas que le cayó en la cabeza.
—¡Ay! —dijo Silbín—. Mis cintas se emocionan.
Leo agarró un rotulador y corrigió el cartel: “CINCO”. Luego lo decoró con una gran estrella para que nadie mirara la letra torcida.
—Mira —dijo—. Si no puedo hacerlo perfecto, lo hago divertido.
Silbín asintió, orgulloso.
—Eso es un truco excelente. Se llama “auto-risa”.
Cuando parecía que todo estaba listo, el elefante volvió a estornudar:
—¡ACHÍS!
El estornudo levantó los carteles recién colgados, y uno salió volando como un pájaro de papel. Dio una vuelta, dos vueltas… y aterrizó en la cabeza de Don Mostacho, como si fuera un sombrero cuadrado.
Don Mostacho parpadeó.
—¿Ahora soy el Director Cartel? —preguntó.
Leo levantó la mano.
—Perdón… mi cartel quería ver el espectáculo desde tu cabeza.
Don Mostacho soltó una carcajada tan grande que se le movió el bigote.
—¡Me encanta! En este circo, hasta los carteles tienen asiento VIP.
Rápido, Leo y Pompón sujetaron los carteles con más cuerda. Silbín añadió cintas extra que se agarraban como abrazos suaves. Y el elefante, para ayudar, intentó estornudar hacia dentro de un pañuelo enorme.
—¡Aaa…! —se preparó.
—¡Despacio! —dijo Leo.
—¡CHÚ! —estornudó el elefante, pero esta vez el pañuelo atrapó el viento y solo salieron… ¡pompas de jabón! Nadie supo cómo, pero quedaron flotando por la pista.
El público que empezaba a entrar aplaudió al ver las pompas.
—¡Qué bonito! —decían.
Leo miró al elefante.
—Tu estornudo es una máquina de sorpresas.
El elefante movió las orejas, feliz.
4) Cintas que bailan y un beso al aire
La función comenzó. Las luces encendieron la carpa como si fuera una luna gigante. Leo se sentó cerca de la entrada, con un pase de “Ayudante”. Se sentía importante… y también un poco cosquilloso por la emoción.
Pompón salió primero e hizo su mejor truco: tropezó con su propio pie, se levantó, saludó, y luego tropezó con el saludo. El público rió a carcajadas.
Después, Silbín, el Mago de los Cintas, apareció en medio de un círculo de pompas de jabón. Movió las manos y las cintas salieron volando como pájaros de colores. Una cinta formó un pez, otra una flor, y otra… ¡un calcetín!
Leo se tocó la mochila.
—¡Mi calcetín valiente! —susurró.
La cinta-calcetín saludó al público, muy orgullosa. Leo se rió de sí mismo, sin vergüenza.
—Hasta mi calcetín hace magia —pensó—. Qué vida.
En el final, Don Mostacho llamó a Leo a la pista.
—Este pequeño ayudó a salvar el día —anunció—. Hizo carteles, arregló errores y hasta domó un pegamento cariñoso.
Leo levantó los hombros.
—Y mi nariz trabajó un rato —dijo.
El público rió y aplaudió más fuerte. Leo notó que su corazón saltaba como un conejito.
Silbín se acercó y le susurró:
—Cuando uno se ríe de sus fallos, los fallos se hacen pequeñitos.
Leo asintió. Miró a todos: al payaso, al elefante, al director, al mago y a las cintas que aún bailaban con el aire.
Entonces, Leo puso los dedos en sus labios y lanzó un beso al aire, suave y brillante, como una pompa.
El beso voló por la carpa, pasó por encima del bigote de Don Mostacho, se enredó un segundo en una cinta rosa y cayó justo en la frente del elefante, que cerró los ojos feliz.
—Buenas noches, circo —dijo Leo bajito.
Y el circo, como si entendiera, pareció responder con una última risita de luces.