Hoy es carnaval. Leo, un niño de tres años, abre los ojos y oye música: pum pum, tra la lá. La casa huele a pan dulce.
Mamá le pone una capa azul. Papá le da un gorro con una estrella. Leo se mira y ríe. La estrella brilla, brilla.
En la calle hay banderines. Rojo, amarillo, verde. Suenan tambores. Suenan palmas. Leo da pasitos: uno, dos, uno, dos. “¡Baile!”, dice Leo. “¡Baile!”, responde mamá.
Pasa un coche con flores de papel. Una señora lanza pompones suaves. Caen en la mano de Leo. “¡Mío!”, dice. Son como bolitas de nube.
Un payaso sopla pompas. Grandes. Pequeñas. Suben al cielo. Leo aplaude. “¡Más!”, dice. El payaso sonríe y sopla otra vez.
Luego, una mariposa de luz, de cartón y brillo, se posa en el gorro de Leo. Leo se queda quieto. “Hola”, dice bajito. La mariposa mueve sus alas. La música suena más suave, como una cuna que canta.
De pronto, la estrella del gorro se suelta y cae al suelo. Leo la ve. Sus ojos se mojan un poquito. Mamá la recoge rápido. “Aquí”, dice. Papá la pega con una tirita dorada. “Listo”, responde.
Leo abraza a mamá y a papá. Siguen juntos. Cantan: la la la, tum tum.
Al final, comen fruta y se sientan a mirar confeti que baja lento, como lluvia de colores.
Moraleja: Cuando estamos juntos y nos ayudamos, la fiesta se siente más dulce y tranquila.