Era un día brillante en el bosque. El pequeño lobo estaba muy emocionado. ¡Hoy es el carnaval! Tenía su disfraz listo. Su disfraz era de un gran rey. Tenía una corona dorada y una capa roja.
—¡Mira, mami! —gritó el lobo—. ¡Soy un rey!
Su mamá sonrió. —¡Eres el mejor rey del bosque!
El lobo salió corriendo. ¡Qué divertido! Todos sus amigos estaban en la plaza. Había colores por todos lados. ¡Globos, serpentinas y risas!
—¡Hola, pequeño lobo! —dijo la coneja. —¿Listo para la fiesta?
—¡Sí! —respondió el lobo. —¡Vamos a bailar!
Bailaron y rieron. El lobo se sentía muy feliz. Pero, de repente, vio algo especial. Había un gran cartel. Decía: "¡Busca el tesoro del carnaval!"
—¿Qué es eso? —preguntó el lobo.
—¡Es una misión! —dijo el pato—. ¡Vamos a buscarlo juntos!
—¡Sí! —gritó el lobo con alegría.
Empezaron a buscar. Miraron bajo una mesa de dulces. No había nada. Miraron detrás de un árbol de colores. ¡Nada!
—¿Dónde estará? —preguntó la coneja.
Entonces, el lobo vio un brillo. ¡Era una caja!
—¡Miren! —dijo el lobo.
Abrieron la caja. Había confeti, caramelos y un gran sombrero.
—¡Es un tesoro! —gritó el pato. —¡Qué divertido!
El pequeño lobo sonrió. —¡Vamos a compartirlo!
Y así lo hicieron. Compartieron los caramelos y bailaron con el sombrero. Todos eran felices.
El carnaval terminó, pero el lobo nunca olvidó su día especial.
—¡Fue el mejor carnaval! —dijo el lobo.
—¡Sí! —respondieron sus amigos.
El pequeño lobo se sintió muy amado. ¡Qué bonito es compartir!