La plaza se llena de colores. Hoy es carnaval y todo brilla. Martina, una niña de cuatro años, lleva un vestido azul que salta con ella. Sus zapatos hacen “clac, clac” en el suelo. Martina sonríe. En una mano, sostiene un largo lazo de colores. El lazo es suave como la brisa y tiene muchos colores: azul, rojo, amarillo y verde. A Martina le gusta mirarlo bailar con el viento.
Su mamá se agacha, le acomoda el gorro de flores y le dice: “¿Estás lista para el carnaval, Martina?”
“¡Sí!”, responde Martina muy feliz.
Por todas partes hay música. Un tambor retumba, una trompeta canta. “¡Pompón, pompón!”, saltan las notas por el aire. Los niños corren entre globos y serpentinas. Martina abraza fuerte su lazo. Quiere hacerlo girar, quiere ver cómo vuela de un lado a otro, como un arcoíris pequeñito.
Un payaso de nariz roja pasa dando vueltas y salta frente a Martina.
“¡Hola, pequeña!”, dice el payaso, “¿Vas a bailar hoy?”
Martina asiente y ríe.
El payaso le guiña un ojo y le regala una pegatina con forma de estrella. Martina la pega en su brazo.
La música crece. Martina escucha el tambor: “¡Pum, pum, pum!” Todos dan palmas. Los pájaros del parque parecen bailar también. Martina mira su lazo. Lo quiere ver girar, más alto, más fuerte, más bonito.
Da un paso, dos pasos, gira despacito. El lazo se mueve suave, hace una ola de colores en el aire. Martina ríe de alegría y salta.
El lazo sigue su mano, va y viene, sube y baja. Alrededor, otros niños también bailan con disfraces: una mariposa amarilla, un dragón verde, una princesa rosa. Todos mueven los brazos, cantan, gritan “¡Viva el carnaval!”
Martina quiere que su lazo haga una vuelta muy grande. Toma aire, extiende el brazo y corre un poco. El lazo vuela, gira, brilla bajo el sol.
“¡Mira, mamá!”, grita Martina.
“¡Qué bonito, Martina! ¡Parece magia!”, dice mamá.
Una nube pequeña tapa el sol. Un viento travieso sopla y, de repente, el lazo se enreda un poco. Martina se detiene. Mira su lazo con cuidado. Está torcido y no gira como antes. Se le pone una carita seria por un momento.
Mamá se acerca y le sonríe.
“No pasa nada, cariño”, dice mamá. “Vamos a desenredar el lazo juntas”.
Martina observa cómo mamá afloja los nudos. Ella ayuda, sujetando la punta del lazo. Pronto, el lazo está libre otra vez.
“¡Lo lograste, mamá!”, dice Martina abrazando a su madre.
“Lo logramos juntas”, dice mamá.
La música vuelve a sonar fuerte, como un abrazo. Las campanas suenan, alguien sopla una burbuja y la burbuja sube, sube y brilla con los colores del lazo de Martina.
Martina siente cosquillas en los pies, quiere bailar otra vez. Da una vuelta pequeña, luego otra más grande. El lazo de colores gira y canta con ella. “Mira cómo bailo, mira mi lazo”, dice Martina, y el lazo hace círculos y espirales, bailando en el aire, feliz.
El payaso pasa otra vez, le aplaude y dice: “¡Qué lazo más alegre tienes, Martina!”
Martina sonríe, le muestra su lazo y el payaso baila con ella unos minutos.
Los niños hacen una rueda, todos dan vueltas, todos ríen. Una niña con alas de mariposa salta a su lado y dice: “¡Tu lazo es mágico!”
Martina se siente como una reina del carnaval. Cierra los ojos, da vueltas y vueltas. El lazo vuela y pinta colores en el aire. El sol se asoma entre las hojas y baila con ellas.
Poco a poco, la música se pone suave. Todos se sientan en la hierba. Martina está cansada pero feliz. Se acurruca al lado de mamá, con el lazo todavía en la mano.
La plaza huele a flores y dulces. Los tambores suenan lejos, pero Martina escucha su propio corazón contento. Mira su lazo: está un poco arrugado pero sigue lleno de colores.
Mamá le da un beso y le susurra:
“El carnaval es más bonito cuando bailas con tu lazo, Martina”.
Martina sonríe, cierra los ojos y sueña con lazos que vuelan y bailan, con música suave y risas de colores, sabiendo que el carnaval volverá y que siempre será un día mágico.