Era un día de primavera. El sol brillaba y todo estaba lleno de colores. En un jardín hermoso, vivía un pequeño lápiz llamado Pipo. Pipo era amarillo y siempre estaba listo para dibujar.
—¡Hola, Pipo! —gritó una mariposa. La mariposa era de colores brillantes y volaba feliz.
—¡Hola, mariposa! —respondió Pipo—. ¿Quieres jugar?
—¡Sí! —dijo la mariposa—. Vamos a buscar tesoros en el jardín.
Pipo y la mariposa empezaron a buscar. Encontraron flores rojas, azules y amarillas. ¡Qué bonitos eran los colores! Pipo sonrió y dijo:
—¡Mira esas flores! Son tesoros de primavera.
—¡Sí! —dijo la mariposa—. Vamos a dibujarlas.
Pipo se puso a trabajar. Dibujó flores grandes y pequeñas. Dibujó el sol y el cielo azul. La mariposa volaba alrededor, feliz de ver los dibujos.
—¡Qué bien dibujas, Pipo! —dijo la mariposa—. ¡Eres un gran artista!
—Gracias, mariposa. ¡Tú también eres hermosa! —contestó Pipo.
Después de dibujar, Pipo y la mariposa decidieron hacer un concurso. Invitaron a otros amigos: un conejo, una rana y un pato. Todos llegaron a ver los dibujos.
—¡Vamos a votar! —dijo el conejo—. ¡El mejor dibujo ganará!
Los amigos miraron los dibujos de Pipo. Todos estaban felices.
—¡Me gustan todos! —dijo la rana—. ¡La primavera es hermosa!
Finalmente, decidieron que todos eran ganadores. Se rieron y jugaron juntos, disfrutando del cálido sol de primavera.
—¡Viva la primavera! —gritaron todos.
Pipo se sintió feliz. Había compartido risas y colores. La primavera era un tiempo especial para jugar, dibujar y disfrutar con amigos.