Érase una vez un príncipe llamado Pipo. Pipo vivía en un reino mágico llamado Colorín, donde los árboles eran de caramelos y los ríos de chocolate. Pipo era muy valiente, pero también era muy divertido. Siempre hacía reír a sus amigos.
Un día, Pipo decidió explorar el Bosque de las Risas, un lugar donde los árboles contaban chistes. “¡Vamos a reír!” gritó Pipo. Y así, salió de su palacio con su amigo el dragón Tico. Tico era un dragón pequeño, con alas de mariposa y un hocico que siempre sonreía.
“¡Hola, Tico!” dijo Pipo. “¿Listo para la aventura?”
“¡Sí, Pipo! ¡Quiero oír chistes!” respondió Tico, revoloteando feliz.
Mientras caminaban, encontraron a una rana llamada Riri. Riri tenía un sombrero enorme y unos ojos muy grandes. “¡Hola, amigos!” croó Riri. “¿Quieren escuchar un chiste?”
“¡Sí, Riri!” dijeron Tico y Pipo al mismo tiempo.
Riri sonrió y dijo: “¿Por qué el pez no va al cine?”
“No sé, ¿por qué?” preguntó Pipo.
“¡Porque tiene miedo de los anclas!” respondió Riri, saltando y riendo.
Pipo y Tico se rieron tanto que casi se caen al suelo. “¡Es un buen chiste!” dijo Pipo.
Continuaron su camino y encontraron un árbol que les dijo: “¡Soy el árbol de las bromas! ¿Quieren escuchar una?”
“¡Claro!” exclamaron los dos amigos.
“¿Qué hace una abeja en el gimnasio?” preguntó el árbol.
“¿Qué hace?” preguntó Tico, curioso.
“¡Zum-ba!” dijo el árbol, y todos empezaron a reír de nuevo.
Al final del día, Pipo, Tico y Riri regresaron al palacio. “¡Qué divertido fue hoy!” dijo Pipo con una gran sonrisa. “Reír es lo mejor del mundo”.
“¡Sí! ¡Vamos a contar más chistes mañana!” dijo Tico emocionado.
Y así, en el reino de Colorín, siempre había risas y alegría. Fin.