Había una vez en un reino encantado una princesita llamada Lola. Lola vivía en un castillo lleno de flores que hablaban. ¡Sí, flores que hablaban! Cada mañana, Lola saludaba a sus amigas las flores.
"¡Hola, margarita!", decía Lola.
"¡Hola, Lola!", respondía la margarita con una risa.
Un día, Lola decidió dar un paseo por el bosque mágico detrás del castillo. Allí, se encontró con un sapo que llevaba un sombrero muy grande.
"¡Hola, sapo!", dijo Lola, riendo.
"¡Hola, princesa Lola!", respondió el sapo, saltando de alegría. "¿Te gustaría ver un truco de magia?"
"¡Sí, por favor!", respondió Lola, curiosa.
El sapo agitó su sombrero y de repente, ¡puf!, aparecieron muchas mariposas de colores volando alrededor de Lola y el sapo. Las mariposas hacían cosquillas en la nariz de Lola, y ella reía sin parar.
"Eso fue muy divertido, sapo", dijo Lola, aplaudiendo.
"¡Me alegra que te guste!", dijo el sapo con una sonrisa.
Después, Lola y el sapo siguieron caminando hasta llegar a un lago que brillaba como espejo. Allí, vieron a un pez que hacía burbujas gigantes. Lola intentó atrapar una burbuja, pero ¡pop!, estalló en su mano y la hizo reír aún más.
Al caer la tarde, Lola regresó al castillo. Las flores del jardín la esperaban con una canción especial de bienvenida.
Lola se sentó junto a ellas y suspiró feliz.
Y así, aprendió que, en el reino encantado, la magia y la risa van siempre de la mano.