Érase una vez una princesa pequeña llamada Lila. Lila vivía en un castillo grande, grande, con ventanas redondas y puertas que hacían “toc-toc” cuando el viento jugaba. Lila tenía un vestido rosa y una corona brillante que hacía “bling-bling”.
Una mañana, Lila escuchó un “hop, hop” en la cocina. Era el duende Tomás saltando en una cuchara. “¡Hola, Lila!”, dijo Tomás. “¡Vamos a buscar la gelatina mágica!”. Lila aplaudió. “¡Sí, sí!”.
Juntos, Lila y Tomás caminaron por el jardín. De repente, una rana verde saltó: “¡Croac, croac!”. Lila rió fuerte y saludó: “¡Hola, rana!”. La rana les mostró un camino de flores que hacían “pam, pam” cuando las pisaban.
Siguieron el camino y encontraron un árbol que susurraba: “¡Chisss, chisss!”. En el árbol, colgaba la gelatina mágica. Lila se subió a la espalda de Tomás. “¡Hop, hop!” y ¡zas!, la gelatina cayó al suelo. “¡Plouf!”.
Lila miró a Tomás y los dos rieron. “¡Está blandita!”, dijo Lila. Probaron la gelatina y su boca hizo “mmm, mmm”.
Cuando llegó la tarde, volvieron al castillo. Lila abrazó a Tomás y dijo: “¡Qué día divertido!”.
Siempre es bueno reír juntos y ayudar a los amigos.