Había una vez un príncipe que se llamaba Nico. Nico vivía en un reino de luz. El reino era suave. El viento cantaba, "tra la la". Los árboles sonreían, "tic, toc".
Un día, Nico encontró una llave dorada. "¿Para qué es?" dijo. La llave rió, "ji ji". Nico dijo, "vamos". Hop, hop, hop. Caminó por un camino de nubes. Pluf, pluf, toc-toc.
Llegó a una puerta pequeña. Era una casita en un hongo. La llave brilló. La puerta dijo, "hola". Nico tocó. Toc-toc. La puerta se abrió. De dentro salió un ratón con sombrero. "Hola", dijo el ratón. "Soy Mimo". Nico y Mimo se rieron. Ji ji.
Mimo tenía un mapa que bailaba. El mapa decía, "vamos a la fuente." La fuente cantó, "glu glu". Nico y Mimo corrieron. Cantaron "tra la la" y saltaron. Hop. Hop. Un pez pequeño dijo, "plouf". Los peces jugaron con los dedos del príncipe. Todo era suave y tierno.
De pronto, apareció una nube traviesa. La nube sopló burbujas. Pop, pop, pop. Las burbujas eran caramelos. Nico probó una. "Mmm", dijo. Mimo se rió y las burbujas volaron como globos. "Atrápalas", dijo la nube con voz dulce. Nico persiguió una burbuja. La burbuja explotó en un brillo suave. No dolió. Solo hizo tick, tick y rió. Ji ji.
Al final, la llave volvió a la mano de Nico. La puerta del hongo dijo, "gracias". Todos aplaudieron. El sol bajó y cantó una nana. Nico bostezó. "Buenas noches", dijo Mimo. Nico se fue a su cama de nubes. Cerró los ojos. La luna le sonrió. Silbo, silencio.
Moraleja: La magia que hace reír siempre cuida y calma.