—¡Hola, María! —saludó Pablo, el niño con un muñeco en la mano.
—¡Hola, Pablo! —respondió María, que era doctora.
—¿Qué haces, doctora? —preguntó Pablo, curioso.
—Yo cuido a los niños, —dijo María, sonriendo—. Les doy medicina para, ¡estar sanos!
—¿Y qué medicina? —preguntó Pablo, con los ojos muy abiertos.
—La medicina sabe a fresa o a plátano, —contestó María—. ¡Es rica!
—¿Puedo ser doctor también? —preguntó Pablo emocionado.
—¡Sí! —dijo María—. Solo debes aprender y ayudar a los demás.
—¡Gracias, doctora! —dijo Pablo, sonriendo.
—¡De nada! —respondió María—. ¡A cuidar a todos juntos!