La doctora Ana se despierta temprano. El sol entra por la ventana y Ana sonríe. «Hoy voy al hospital», dice Ana. Se pone su bata blanca y sus zapatos cómodos. Va despacio, tranquila, porque le gusta cuidar de todos.
Ana llega al hospital. Saluda a sus amigos. «¡Hola, Pedro!», dice Ana. Pedro es enfermero y sonríe. Juntos caminan por el pasillo. Hay dibujos de animales en las paredes. Todo es colorido y alegre.
Un niño pequeño, Tomás, espera en una sala. Tiene un oso de peluche en sus brazos. Ana se sienta a su lado. «Hola, Tomás. Soy la doctora Ana. ¿Cómo estás hoy?», pregunta ella con voz suave. Tomás mira a Ana. «Estoy bien», responde. Ana sonríe y mira el peluche. «¿Cómo se llama tu oso?», pregunta Ana. «Se llama Bruno», dice Tomás.
Ana escucha el corazón de Tomás con un aparato pequeño. «Voy a escuchar boom-boom», dice Ana. Tomás se ríe. Ana le deja tocar el aparato. «Es suave, ¿verdad?», pregunta. Tomás asiente. Ana mira los oídos y la boca de Tomás. «Muy bien, Tomás. Todo está sano», dice Ana.
Después, Ana le enseña a Tomás cómo lavarse las manos con agua y jabón. «Las manos limpias nos cuidan», dice Ana. Tomás frota sus manos y hace mucha espuma. Ana le da una pegatina de estrella. «Eres muy valiente», dice Ana.
Ana sigue ayudando a más niños y niñas. Ella escucha, habla despacio y sonríe mucho. Cuando un niño se siente triste, Ana le canta una canción suave. Todos se sienten mejor con Ana cerca.
Al final del día, Ana vuelve a casa. Está feliz porque cuida a los niños y les enseña cosas buenas. Sabe que ser médico es ayudar y dar cariño.
Si cuidamos a los demás con amor y paciencia, todos podemos sentirnos mejor.