El doctor Marcos tenía una nariz grande y una sonrisa amable. Cada mañana, se ponía su bata blanca y salía de casa. "Hoy ayudaré a muchos", decía con entusiasmo. En el hospital, los niños lo esperaban. "Hola, doctor Marcos", saludaban con alegría.
Un día, llegó una niña llamada Ana. Tenía una muñeca en sus brazos. "Mi muñeca está enferma", dijo Ana. El doctor Marcos sonrió. "Vamos a cuidar de ella", respondió.
El doctor Marcos usó su estetoscopio para escuchar el corazón de la muñeca. "Suena muy bien", dijo. Luego, le puso una pequeña tirita en el brazo. "Ahora está mejor", aseguró.
Ana sonrió y dijo: "Gracias, doctor Marcos". Él respondió: "Siempre es bueno cuidar a los demás".
Después, el doctor Marcos se lavó las manos. "Así evitamos los gérmenes", explicó. Todos los niños lo imitaron, riendo y jugando con el agua.
Al final del día, el doctor Marcos se despidió de cada niño. "Cuídense y coman frutas", les aconsejó.
Ana abrazó a su muñeca y dijo: "Te cuidaré siempre". El doctor Marcos sonrió, feliz de enseñar a cuidar.
Al volver a casa, el doctor Marcos pensó: "Cuidar es compartir amor".