Había una vez un médico llamado Doctor Juan. El Doctor Juan era muy amable. Le encantaba ayudar a las personas. Todos en el pueblo lo querían mucho. Tenía una gran pasión por la medicina.
Un día, llegó un niño llamado Pablo. Pablo se sentía mal. “¡Doctor Juan, tengo tos!” dijo Pablo. El doctor sonrió y dijo: “No te preocupes, Pablo. Te ayudaré a sentirte mejor”. El Doctor Juan revisó a Pablo. Miró su garganta y escuchó su corazón. “Tu corazón suena bien, ¡tienes que descansar!”, explicó.
Pablo dijo: “¡Pero no quiero descansar!” El doctor rió y le dijo: “Descansar es muy importante. Así tu cuerpo se recupera”. El niño asintió y prometió descansar.
Un momento después, llegó una señora muy preocupada. “Doctor Juan, tengo un dolor en el estómago”, dijo ella. El Doctor Juan la miró con atención. “Vamos a averiguarlo”, respondió. Hizo algunas preguntas y le dio una medicina. “Esto te ayudará”, dijo con una sonrisa.
Pero de repente, un bebé comenzó a llorar. “¡Ayuda, Doctor Juan!” gritó su mamá. El Doctor Juan corrió. “Tranquila, estoy aquí”, dijo. Él revisó al bebé. “Solo tiene hambre”, explicó. La mamá sonrió y alimentó al bebé. Todos se sintieron felices.
Al final del día, el Doctor Juan estaba cansado, pero contento. Había ayudado a muchos. “Ser médico es maravilloso”, pensó. Y así, el Doctor Juan siguió ayudando a todos en el pueblo, llenando sus corazones de alegría.