Había una vez, en un reino encantado, una princesa llamada Lola. Lola era muy valiente, pero también un poquito torpe. En el reino había un lago cristalino, donde vivían sirenas con colas de colores brillantes y pelo que cambiaba de color.
Un día, Lola decidió visitar el lago. Caminaba y caminaba, mirando las flores y las mariposas. "¡Qué lindo día!", decía Lola. Pero, ¡oh no! De repente, tropezó con una piedra y ¡pum! cayó de sentón. Las sirenas del lago rieron suavemente, no para burlarse, sino porque Lola siempre hacía cosas divertidas.
"Hola, Lola", le dijeron las sirenas. "¿Quieres jugar con nosotras?". Lola rió y dijo, "¡Sí, por favor!". Jugaron a salpicar agua, haciendo olas grandes y pequeñas. Pero cada vez que Lola intentaba salpicar, terminaba mojándose toda. Las sirenas reían y decían, "¡Lola, eres la princesa más divertida!"
Al final del día, todas estaban cansadas de tanto jugar. Lola, empapada pero feliz, dijo adiós a las sirenas. "¡Hasta mañana!", dijeron las sirenas mientras agitaban sus colas brillantes.
Así, la princesa Lola regresó al castillo, sonriendo. Aunque era un poco torpe, siempre encontraba la forma de hacer reír a todos y de tener un día maravilloso. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.