En una ciudad llena de colores, se acercaba el carnaval. El aire estaba lleno de risas y música. Todos estaban emocionados por la gran fiesta.
Un pequeño niño llamado Pablo estaba en casa. Tenía un año y su sonrisa iluminaba todo. Un día, su mamá le dio un regalo especial. Era un hermoso máscara de carnaval. La máscara brillaba con colores: rojo, azul y amarillo.
“¡Mira, Pablo!” dijo su mamá. “Es tu máscara de carnaval. ¡Póntela!”
Pablo se puso la máscara. De repente, todo cambió. Miró por la ventana y vio el carnaval. Había mucho ruido. La música sonaba alegre. “¡Canta, canta, canta!” decía la música.
Pablo salió a la calle. “¡Hola, carnaval!” gritó con alegría. Con su máscara, podía ver cosas mágicas. Había un gran carro de dulces. “¡Quiero un dulce!” dijo Pablo. La gente sonreía y le daba caramelos.
“¡Dame uno!” gritó un niño. “¡Dame dos!” decía otro. Todos estaban muy felices. Pablo reía y saltaba. “¡Fiesta, fiesta, fiesta!” decía.
De repente, apareció una mariposa. “¡Hola, Pablo!” dijo la mariposa. “¿Quieres bailar?” Pablo asentó con la cabeza. La mariposa voló y Pablo la siguió. Bailaban juntos, girando y riendo.
“¡Qué divertido!” gritó Pablo. La música sonaba más fuerte. Había muchos colores, muchas risas. Todo era alegría.
“¡Vamos a jugar!” dijo la mariposa. “¡Sí!” respondió Pablo. Jugaron con otros niños, hacían juegos y reían. La máscara le daba alegría a todos.
Cuando el sol se puso, la fiesta seguía. “¡Gracias, máscara!” dijo Pablo. “¡Gracias, carnaval!” La noche estaba llena de estrellas y risas.
Pablo regresó a casa, feliz y cansado. Su mamá le dijo: “¿Te gustó el carnaval?” Pablo sonrió y asintió. “¡Sí, mamá! ¡Fiesta!”
Y así, Pablo soñó con colores y risas. El carnaval fue mágico y lleno de alegría. Fin.