María, la doctora, estaba en su consultorio. Tenía un gran corazón y siempre ayudaba a los niños. Un día, un niño llamado Lucas llegó con su mamá.
—¡Hola, Lucas! —dijo María con una sonrisa—. ¿Cómo estás?
—No me siento bien, doctora —respondió Lucas, con voz bajita.
—¿Qué te pasa? —preguntó María, mientras examinaba a Lucas.
—Me duele la cabeza —dijo Lucas, tocándose la frente.
—Vamos a ver. —María tomó su estetoscopio—. Respira hondo.
Lucas respiró.
—¡Qué bien! Ahora, quiero que me digas si te gusta el helado —dijo María, riendo.
—¡Me encanta! —gritó Lucas.
—Entonces, ¡todo estará bien! Vamos a hacerte sentir mejor —dijo María, mientras tomaba algunos instrumentos.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Lucas, un poco asustado.
—Voy a revisar tu garganta. Abre la boca grande. ¡Ahhh! —María hizo una cara divertida.
Lucas rió.
—No da miedo, doctora —dijo.
—¡Exacto! Ser doctora es ayudar. Quiero que todos estén sanos y felices —respondió María.
Lucas sonrió.
—¿Y si me das un abrazo? —preguntó Lucas.
—¡Por supuesto! —dijo María, abriendo los brazos.
Lucas le dio un abrazo grande.
—¿Ahora estoy bien? —preguntó Lucas.
—Sí, ¡pero necesitas descansar! —dijo María—. Y un poquito de helado.
—¡Yay! Helado —gritó Lucas, saltando de alegría.
La mamá de Lucas sonrió.
—Gracias, doctora María.
—Siempre estoy aquí para ayudar —dijo María, feliz.
Y así, Lucas salió corriendo, contento, con una gran sonrisa en la cara.