En un día de invierno, un pequeño niño llamado Tomás miraba por la ventana. ¡Fuera había nieve! La nieve era blanca y suave. Tomás sonrió.
—¡Mira, mamá! —gritó Tomás.
Su mamá vino corriendo.
—¡Sí, cariño! —dijo ella. —¡Es un día perfecto para jugar en la nieve!
Tomás se vistió rápido. Se puso su abrigo, su gorro y sus guantes. ¡Todo era tan divertido! Salió al jardín. La nieve crujía bajo sus pies. Tomás saltó.
—¡Salto en la nieve! —rió Tomás.
Tomás hizo un muñeco de nieve. Le puso una bufanda roja.
—¡Mira, mamá! —dijo emocionado. —¡Es un muñeco de nieve!
Su mamá aplaudió.
—¡Muy bien, Tomás! —exclamó. —Ahora, hagamos una bola de nieve.
Tomás rodó la nieve. La bola creció, creció y creció.
—¡Bola de nieve! —gritó.
De repente, ¡pum! La bola de nieve rodó y cayó. Tomás se rió.
—¡Nieve divertida! —dijo él.
Después, Tomás miró al cielo. Las nubes eran grises.
—¿Por qué hay nubes, mamá? —preguntó.
—Las nubes traen más nieve. —respondió su mamá. —La nieve es agua fría que cae del cielo.
Tomás pensó un momento.
—¡Agua fría! —repitió él.
Más tarde, cuando el sol empezó a ocultarse, Tomás y su mamá regresaron a casa.
—¡Qué día tan bonito! —dijo Tomás.
Su mamá le dio un abrazo.
—Sí, cariño. El invierno es mágico.
Y así, Tomás aprendió sobre la nieve y disfrutó de un hermoso día de invierno. ¡Fin!