En la ventana hay frío. La calle está blanca.
Pablo, un niño de dos años, mira fuera.
Sopla aire. «Brrrr», hace Pablo, y se ríe.
Mamá le pone un suéter suave.
«Toc, toc», hacen los botones.
Luego el abrigo, gorro, bufanda, guantes.
Pablo levanta los brazos. «Hop», dice mamá.
Los guantes son gorditos. «Qué manos de oso», dice papá.
Salen a la calle.
El aire huele a limpio.
Las nubes son grises y suaves.
El sol está bajito y pequeño.
Pablo pisa la nieve. «Cric-crac, cric-crac».
Le gusta el ruido.
Se agacha y toca.
Está fría. «Ay, ay», dice, pero sonríe.
Mamá sopla sus dedos. «Fuuu».
Los mete de nuevo en el guante.
Ahora están calentitos.
El aliento de Pablo sale por la boca.
«Mira, humo», dice papá.
Pablo hace «fuuu, fuuu».
El aire hace nubecitas.
«Puf, puf», se ríe Pablo.
Ven un perro con su abrigo rojo.
El perro hace «guau, guau» y mueve la cola.
Pablo mueve la mano.
El perro huele la nieve.
Luego sigue su paseo.
En el parque, todo está quieto.
Los árboles duermen sin hojas.
El cielo está suave y gris.
No hay muchos niños.
Se oye solo «cric-crac» y «toc-toc» de los pasos.
Pablo se sube al columpio.
Mamá lo empuja despacio.
«Su, su, su», hace el columpio.
Pablo mira el cielo.
Siente aire en la cara.
Está feliz y tranquilo.
Luego vuelven a casa.
Mamá calienta leche. «Glup, glup», bebe Pablo.
Se tapa con una manta.
Sus pies descansan.
Mira por la ventana.
La tarde ya es oscura, pero la sala está clara y tibia.
Pablo piensa: el invierno es frío afuera, pero es muy calentito cuando estoy con mi familia.