Era un día brillante en el parque. ¡Era carnaval! El pequeño Miguel tenía dos años y estaba muy emocionado. "¡Mira, mamá! ¡Carnaval!", gritó con alegría.
El parque estaba lleno de colores. Había globos rojos, azules y amarillos. "¡Guau! ¡Qué bonito!", dijo Miguel. Su mamá sonrió.
"Vamos a ver los disfraces", propuso ella. Miguel asintió. Juntos caminaron hacia un gran stand. Allí había disfraces de todo tipo. "¡Quiero ser un león!", dijo Miguel. "¡Rugido!", hizo sonando fuerte.
"¡Perfecto!", dijo su mamá. Se pusieron el disfraz. Era de peluche y muy suave. "¡Eres un león valiente!", le dijo su mamá. Miguel sonrió y saltó. "¡Salto, salto, rugido!", decía feliz.
De repente, escucharon risas. "¿Qué es eso?", preguntó Miguel curioso. "Es una carrera de disfraces", respondió mamá. "¡Vamos a ver!"
Miguel se acercó. Muchos niños disfrazados corrían. Había un payaso, una princesa y un dinosaurio que decía: "¡Roar!". "¡Yo también quiero correr!", gritó Miguel.
"¡Sí, a correr!", dijo mamá. Miguel se unió a la carrera. Saltó y rugió. "¡León veloz!", decía mientras corría. Todos reían.
Luego, llegaron a un carrusel. "¡Mira, caballos!", dijo Miguel. "¡Quiero montar!" Subieron juntos. "¡Gira, gira!", reía Miguel. El carrusel giraba y giraba.
Al final del día, Miguel estaba cansado pero feliz. "¡Carnaval es divertido!", dijo. Su mamá abrazó a Miguel. "Sí, y tú eres el mejor león."
Miguel sonrió y cerró los ojos, soñando con colores y risas. ¡Qué día tan mágico!