En una clínica colorida, trabajaba el Dr. Pablo. Él era un médico muy amable. Su objetivo era ayudar a todos los niños a sentirse mejor. ¡Le encantaba ver sonrisas!
Un día, entró una niña llamada Ana. Ana tenía un pequeño resfriado. "¡Hola, Ana!", dijo el Dr. Pablo con una gran sonrisa. "¿Cómo te sientes hoy?". Ana respondió: "Me duele un poco la cabeza y tengo moquitos". El Dr. Pablo asintió y le dijo: "No te preocupes, voy a ayudarte".
Con mucha paz, el Dr. Pablo examinó a Ana. "Primero, voy a escuchar tu corazón", dijo. Colocó un estetoscopio en su pecho. "¡Suena fuerte y feliz!", exclamó. Ana sonrió un poquito. Luego, le pidió que respirara hondo: "Inhala... y exhala. ¡Muy bien!".
"Ahora, voy a mirar tu garganta", continuó el Dr. Pablo. Ana abrió la boca grande y el médico dijo: "¡Eres muy valiente!". Pero, de repente, el Dr. Pablo notó que Ana tenía un poco de fiebre. "Hmm... Necesitamos un termómetro", pensó.
El Dr. Pablo corrió a buscar el termómetro. "Aquí está, Ana. Vamos a ver tu temperatura", dijo. Ana estaba un poco nerviosa, pero el Dr. Pablo le sonrió. "No duele, te lo prometo". Ana guardó silencio mientras el termómetro hacía su trabajo.
Finalmente, el termómetro pitó. "¡Eureka!", dijo el Dr. Pablo. "Tienes un pequeño resfriado, pero no te preocupes". Le explicó cómo tomar jarabe y descansar. "Descansar es muy importante", comentó.
Ana se sintió mejor al escuchar al Dr. Pablo. "Gracias, Dr. Pablo. Eres el mejor médico", dijo sonriente. Él se sintió feliz, porque ayudar a los niños le daba mucha alegría.
Al final del día, el Dr. Pablo se despidió de Ana. "Recuerda, siempre estoy aquí para ayudarte". Ana salió contenta, y el Dr. Pablo sonrió satisfecho. ¡Ser médico era maravilloso!