Luna se despertó con el sol suavito en la cara. Hoy era el Día de la Madre. Luna tenía cuatro años. Tenía un plan grande y pequeño a la vez: preparar un rincón de lectura para su mamá.
Bajó las escaleras como un pajarito. "Shh", dijo a sus peluches. Primero buscó cojines. Encontró uno azul con estrellas. Luego una manta suave. Luego los libros con cuentos de animales. Luna llevó también una taza pequeñita para la sopa de letras que a veces hace mamá. Todo entró en sus brazos chiquitos.
En la mesa, Luna vio una maceta con una flor roja. Quiso regalar una flor también. Cogió una tijera que estaba en la cocina y cortó solo una hojita para pegar en una tarjeta. "Ups", pensó. La maceta se bamboleó y cayó. El agua corrió como un río. La planta no se rompió, pero la tierra salió por todos lados.
Luna se asustó un poquito. Respiró hondo. Pensó en esconderse. Pero recordó la voz de mamá: "Lo mejor es decir la verdad." Así que fue a buscar a mamá.
"Mamá", dijo Luna con voz temblorosa, "yo hice un rincón de lectura. Pero la maceta… se cayó." Ella enseñó las manos llenas de tierra. "Lo siento."
Mamá se agachó. Sonrió con ojos blanditos. "Gracias por decirme la verdad", dijo. "Ven, vamos a arreglarlo juntas." Tomaron una escoba pequeña. Limpiaron la tierra. Pusieron la maceta en un lugar seguro. Mamá abrazó a Luna y le dio un beso en la frente. El abrazo olía a la mermelada que había en la cocina.
Volvieron al rincón. Luna había hecho una tarjeta con dibujos: soles, corazones y una gran A de "amor". Hizo también un marcapáginas con papel de colores y purpurina. Había pegado una pluma de su papagayo de juguete. Estaba muy orgullosa. Mamá le aplaudió con las manos. "Qué sorpresa tan bonita", dijo.
Pusieron los cojines en el suelo, la manta sobre el sofá y los libros en una cajita. Luna colocó a sus peluches como si fueran invitados. Puso la taza en una esquina para que mamá se sintiera cómoda. Encendieron una lámpara pequeñita. La luz fue como una luna pequeña dentro de la casa.
"¿Te gusta?" preguntó Luna, abrazando uno de los libros.
"Me encanta", dijo mamá. "Pero lo mejor es que lo hiciste con tanto amor y con la verdad." Mamá leyó un cuento. Luna se acurrucó en el regazo de mamá. Los peluches escuchaban. La voz de mamá era como una canción suave.
Mientras leía, mamá sonrió y dijo: "Un rincón así se puede usar todos los días." Luna miró a mamá con ojos grandes. Le brillaron los ojos como lucitas.
Al terminar el cuento, Luna tomó la mano de mamá. "Prometo cuidar este rincón", dijo. "Prometo decir siempre la verdad. Y prometo leerte un cuento cada noche." Mamá le devolvió la promesa con otro abrazo.
La casa olía a pan tostado y a flores. Afuera, el sol parecía aplaudir con sus rayos. Luna y su mamá se quedaron ahí, cerca, con libros y risas. La promesa quedó colgada como una estrella en el rincón: pequeña, brillante y para siempre.