Hoy es el Día de la Madre. El sol entra despacito por la ventana y hace una mancha tibia en el suelo, como una manta de luz.
Leo, que tiene tres años, abre los ojos y susurra:
“Hoy cuidamos a mamá.”
En la cocina está papá, con el pelo despeinado y una sonrisa de sueño.
“¿Listo para una misión?”, pregunta.
“¡Sí!”, dice Leo, y levanta los brazos como si fueran alas.
Van de puntitas hasta la puerta del cuarto. Se oye la respiración suave de mamá. Está dormida, tranquila, con la cara relajada.
Leo pone un dedo en sus labios.
“Shhh. Descanso.”
Papá y Leo vuelven a la cocina. Papá saca una bandeja. Leo trae una servilleta. También trae una cuchara… y luego otra cuchara. Y luego un tenedor.
“Con esto, mamá come mucho”, explica muy serio.
“¿Qué le damos de desayuno?”, pregunta papá.
Leo mira alrededor. Hay plátanos, pan, yogur y fresas.
“Fresas rojas”, decide Leo. “Como besitos.”
Papá corta las fresas en trocitos. Leo las cuenta, aunque a veces se le olvidan los números.
“Uno… dos… muchos.”
“Muchos está bien”, dice papá, y se ríen bajito.
Luego Leo quiere hacer un vaso de zumo. Pero aprieta la naranja con tanta fuerza que el zumo salpica la mesa.
“Oh oh”, dice Leo, con ojos redondos.
Papá limpia rápido con un paño.
“No pasa nada. Los domingos también tienen gotitas.”
Leo escucha esas palabras y se calma.
“Gotitas felices”, dice, y le da un beso al paño.
Después llega el momento del regalo. Leo busca por la casa algo especial. Encuentra una flor amarilla de papel que hicieron en la guardería. También un dibujo: una mamá grande, un niño pequeño y un sol enorme que parece una tortilla.
Leo se sienta en el suelo y habla con el dibujo, como si fuera un secreto.
“Mamá, hoy descansas. Yo escucho.”
Porque ayer mamá dijo: “A veces estoy cansada, y me ayuda cuando me escuchan.”
Leo lo recordó. Recordó sus ojos suaves. Recordó su voz.
Para que mamá descanse, Leo y papá hacen silencio de juego. Juegan a ser gatos. Caminan despacito. Ronronean muy bajito.
“Miau… miau… descanso”, susurra Leo, y casi se le escapa una risa.
Pero Leo tiene una duda importante. Mira a papá y pregunta:
“¿Mamá va a estar contenta si no hago ruido?”
“Sí”, responde papá. “Y si le dices ‘te quiero'. Y si la escuchas.”
Leo asiente fuerte, como un tambor pequeñito.
Al fin, la bandeja está lista: yogur, pan, fresas rojas y un vaso de zumo con “gotitas felices” en la mesa. Papá pone también una tarjeta que dice: “Para mamá”.
Van de puntitas otra vez. Leo lleva el dibujo pegado al pecho. Papá lleva la bandeja.
Mamá abre los ojos. No se asusta. Sonríe, como si ya supiera.
“Buenos días”, dice ella, con voz blandita.
Leo se acerca y susurra:
“Feliz Día de la Madre. Hoy tú descansas. Yo escucho.”
Mamá lo abraza. Huele a jabón y a hogar.
“Gracias, mi amor”, responde. “Escuchar es un regalo grande.”
Se sientan juntos en la cama. Comen fresas rojas. Leo le muestra el dibujo.
“Ese sol es una tortilla”, explica.
Mamá se ríe, y su risa suena como campanitas.
Luego mamá se recuesta otra vez. Papá lee un cuento corto. Leo apoya la cabeza en la almohada.
“¿Mañana también puedo ayudarte?”, pregunta, medio dormido.
“Sí”, dice mamá, y le acaricia el pelo. “Mañana y siempre.”
Leo bosteza, feliz y tranquilo.
“Vale… a mañana.”