Tomás tenía tres años y un pelo que siempre hacía “boing” cuando saltaba. Aquella mañana se despertó muy temprano, porque el sol entró por la ventana como si dijera: “¡Hola, hola!”
Tomás se sentó en la cama y susurró: “Hoy es el Día de Mamá”.
En la cocina olía a pan tostado. Mamá cantaba bajito mientras movía una cuchara. Tomás la miró con ojos grandes y pensó: “Quiero hacer algo especial. Algo… enorme. Pero pequeñito”.
Fue al salón, donde estaba su caja de colores. La caja era roja y hacía “clac” cuando se abría. Dentro dormían los lápices, muy juntitos, como sardinitas de colores.
Tomás dijo en voz bajita: “Voy a hacer una tarjeta”.
La idea le dio cosquillas en la barriga. Miró alrededor. Necesitaba papel. Buscó en una mesa, en una estantería, debajo de un cojín. Encontró un papel blanco, pero tenía un dibujo de un dinosaurio por detrás.
Tomás lo miró serio. El dinosaurio sonreía.
“Dino, hoy no asustas. Hoy ayudas”, dijo Tomás.
Tomás dobló el papel por la mitad. ¡Plop! Quedó como una casita. Se sentó en el suelo y sacó un lápiz verde. Quería dibujar un corazón, pero le salió un corazón que parecía una patata.
Tomás lo miró y se rió: “Corazón-patata. Mamá lo va a querer”.
Luego dibujó un sol. El sol le salió con cara de galleta. Y al lado dibujó a mamá: una figura grande con brazos largos, porque los abrazos de mamá eran largos, largos.
Pero entonces vino el problema más grande de todos: escribir.
Tomás sabía escribir algunas cosas: su nombre, una T como un martillo, y una O como una rosquilla. Pero “TE QUIERO” era como una montaña.
Tomás llamó a su osito de peluche, que se llamaba Pompón. Pompón estaba en el sofá con cara de “yo no fui”.
“Pompón, necesito ayuda. ¿Cómo se escribe ‘te quiero'?”
Pompón, claro, no contestó. Solo se quedó muy quieto, como si estuviera pensando con todo el algodón.
Tomás decidió improvisar, como hacen los grandes cuando no tienen una escalera y quieren coger una nube.
Dibujó muchas cosas que decían “te quiero” sin letras: un corazón-patata, tres besos en forma de X, y una flor que parecía una estrella despeinada.
Luego pegó una pegatina de un gatito que tenía una corona. “Porque mamá es reina”, explicó Tomás, muy convencido.
En ese momento pasó Papá por el pasillo. Llevaba los calcetines distintos: uno azul y uno con rayas.
Tomás lo miró y dijo: “Papá, tus pies no se hablan”.
Papá se miró los calcetines y se rió: “Hoy mis pies van disfrazados. ¿Qué haces ahí, artista?”
Tomás puso la tarjeta encima de su barriga para esconderla, como si fuera un tesoro.
“Es secreto de mamá”, dijo.
Papá puso un dedo en los labios: “Shhh. Secreto de mamá”.
Tomás susurró: “Quiero escribir algo. Pero no sé”.
Papá se agachó a su lado. Olía a café y a abrazo.
“Podemos poner ‘Mamá' y tu nombre. Eso ya es muchísimo”, dijo Papá.
Tomás abrió los ojos: “¿Muchísimo?”
“Muchísimo. Como una montaña de galletas”, dijo Papá.
Tomás asintió muy serio, porque una montaña de galletas era un tema importante.
Papá escribió con letra grande: “MAMÁ”. Tomás lo miró como si fuera magia. Luego Papá dejó el lápiz en la mano de Tomás.
“Ahora tú. Tu nombre”, dijo.
Tomás apretó la lengua contra su mejilla, concentrado. Hizo una T que parecía un árbol con un sombrero. Hizo una O rosquilla. Hizo una M con tres picos, como tres montañas pequeñitas. Y al final una S que parecía una culebrita contenta.
“¡Tomás!”, dijo Papá.
Tomás levantó el lápiz como un campeón. Luego miró su obra y añadió con sus propios dedos una cosa más: un beso de pintura. Se manchó la punta de un dedo con rojo y estampó un puntito en el papel.
“Es mi beso”, explicó.
“Es el mejor beso del mundo”, dijo Papá.
Ahora faltaba esconder la tarjeta hasta el momento perfecto. Tomás miró alrededor. Debajo del sofá vivían pelusas. En el cajón de los cubiertos había cucharas que hacían ruido. En la maceta de la planta… no, ahí no, porque a la planta no le gustaba comer papel.
Tomás abrió su caja de juguetes y metió la tarjeta entre un camión y un pato de goma.
“Camión, cuídala. Pato, no la mojes”, ordenó.
El camión no dijo nada, pero parecía responsable. El pato tampoco dijo nada, pero parecía dispuesto.
Después, Tomás quiso hacer más “pequeñas cosas enormes”. Fue a la cocina y encontró una servilleta. La dobló con cuidado, como si fuera una manta para una hormiga.
Puso tres uvas en un plato. Una uva se escapó rodando.
“¡Uy! Uva traviesa”, dijo Tomás, persiguiéndola con pasos cortitos.
La uva se escondió detrás de una silla, pero Tomás la encontró.
“Te pillé”, le dijo, y la puso con las otras, muy alineadas.
Papá ayudó a poner el plato en la mesa. Tomás añadió una flor de verdad que encontró en el balcón: una flor pequeñita, amarilla, con cara de “buenos días”.
“Es una flor sonriente”, anunció.
“Como tú”, dijo Papá.
Tomás sintió el pecho calentito, como cuando te tapas con una manta recién salida del sol.
Cuando Mamá entró al salón, Tomás se llevó un dedo a la boca para no gritar de emoción. Pero la emoción era como una pelota saltarina.
“Mamá”, dijo Tomás, y su voz sonó como una campanita.
Mamá se agachó: “Buenos días, mi amor”.
Tomás corrió a su caja de juguetes, sacó la tarjeta con mucho cuidado y la sostuvo con las dos manos, como si fuera un plato muy importante.
“Mamá, para ti. Feliz día”, dijo, despacito.
Mamá abrió la tarjeta. Vio el corazón-patata, el sol galleta, el gatito con corona, el nombre de Tomás y el beso rojo. Mamá se quedó un segundo muy quieta, como si guardara el momento en un bolsillo secreto.
Luego sonrió grande, grande.
“Tomás… es preciosa”, dijo Mamá, con ojos brillantes.
Tomás preguntó: “¿Aunque el corazón sea patata?”
“Sobre todo porque es patata”, dijo Mamá, riéndose. “Es el corazón más delicioso”.
Tomás se rió también, y el “boing” de su pelo saltó.
Mamá vio el plato con uvas y la flor amarilla.
“¿Esto también es para mí?”, preguntó.
Tomás asintió con fuerza: “Son uvas en fila. No se pelean. Y la flor sonríe”.
Mamá lo abrazó. Un abrazo largo, largo, de esos que hacen que el mundo se vuelva blandito.
“Gracias por tus pequeños gestos enormes”, susurró Mamá.
Tomás se quedó dentro del abrazo, respirando despacio. Se sintió generoso, como si su corazón-patata creciera un poquito.
Papá se sentó con ellos en el sofá. Tomás apoyó la cabeza en el hombro de Mamá. Mamá le acarició el pelo “boing” con suavidad.
“Ahora”, dijo Mamá, “vamos a descansar un ratito. Día de mamá, día de abrazos”.
Tomás bostezó, un bostezo que parecía un león muy pequeñito y muy amable.
“Yo también soy un poco mamá hoy”, murmuró Tomás, medio dormido.
Mamá rió bajito: “Hoy eres mi amor. Y eso es lo más”.
Y así, con la tarjeta guardada en la mesa, las uvas quietecitas y la flor sonriendo, los tres se quedaron juntos, tranquilos y calentitos, descansando como si el día fuera una manta suave que decía: “Te quiero, te quiero, te quiero”.