Era invierno. El cielo estaba gris y suave. La nieve caía despacio, como plumas blancas que bailaban en el aire. Cuatro amigas salieron de la casa de Sofía. Todas llevaban gorros de lana y bufandas de colores divertidos. Sofía, Valeria, Luna y Martina sonreían mientras miraban el jardín cubierto de nieve.
Sofía iba en su silla de ruedas. Sus ruedas hacían huellas redondas y bonitas en la nieve. Luna caminaba despacito junto a ella, mirando cómo la nieve se acumulaba en sus botas. Valeria soplaba su aliento y reía al ver el vapor salir como una nube pequeña. Martina recogía nieve con las dos manos y la apretaba fuerte, sintiendo el frío suave en sus guantes.
—Mira, la nieve brilla —dijo Luna.
—¡Parece azúcar! —respondió Martina.
Todas se reían. Era una mañana tranquila, con el aire fresco en las mejillas. Los árboles estaban dormidos, cubiertos con mantas blancas. Los pájaros volaban bajo y se escondían en las ramas.
Sofía avanzaba despacio, y sus amigas la seguían. No tenían prisa. Caminaban todas juntas, cantando bajito y contando los copos de nieve que caían en sus narices. A veces, Sofía paraba para ver cómo la nieve caía sobre las ruedas. Luna esperaba con ella, y juntas miraban los copos que desaparecían.
—La nieve se derrite rápido en mi mano —dijo Sofía.
—Sí, pero vuelve otra vez —dijo Valeria, recogiendo más nieve—. El invierno es así: todo cambia, pero siempre hay algo bonito.
Las niñas caminaron hasta el parque. El columpio estaba blanco y la resbaladilla también. Nadie más estaba allí. El parque parecía dormido, pero era un sueño tranquilo.
—¿Jugamos a buscar huellas? —preguntó Martina.
—Sí —respondió Sofía, y todas miraron al suelo.
Había huellas pequeñas de pájaro, huellas redondas de las ruedas de Sofía y huellas de botas. Siguieron las marcas, haciendo un camino de risas y pasos lentos.
El aire estaba frío, pero ellas se sentían cálidas por dentro. Sus cachetes estaban rojos y sus manos bien tapadas. De vez en cuando, paraban para mirar las nubes o escuchar el viento susurrando entre los árboles.
—El invierno es tranquilo —dijo Luna.
—Sí, es como un abrazo —dijo Valeria.
Martina encontró una rama cubierta de nieve. La levantó despacio y la sacudió. La nieve cayó como lluvia suave.
—Parece magia —dijo Martina. Todas miraron el espectáculo y sonrieron.
Después de un rato, las niñas se sentaron en un banco. Sofía se acomodó junto a ellas. Miraron el cielo gris y respiraron hondo.
—¿No les da miedo el frío? —preguntó Luna.
—No, porque estamos juntas —respondió Sofía—. Y mamá dice que el invierno es para estar cerca y compartir cosas lindas.
—Me gusta el invierno porque podemos tomar chocolate caliente —dijo Valeria.
—Y porque la casa huele a galletas —añadió Martina.
Las niñas imaginaron estar en la cocina, viendo cómo mamá prepara chocolate y galletas. Se abrazaron suavemente, riendo y temblando un poco por el frío, pero muy felices.
Después, comenzaron a regresar a la casa de Sofía. Nadie corría. Todas iban despacio, mirando el suelo, escuchando el crujido de la nieve. Luna caminaba al lado de Sofía, y las otras dos amigas venían juntas detrás.
En el camino, vieron un árbol pequeño con ramas bajitas. En las ramas había unos cuantos pajaritos. Cantaban una canción muy suave.
—Ellos también se quedan juntos en invierno —dijo Martina.
—Sí —dijo Sofía—. Porque estar acompañado es bonito en cualquier estación.
Las niñas llegaron a la puerta de la casa. Mamá abrió la puerta y las invitó a entrar. Adentro hacía calorcito y olía a pan recién horneado. Se quitaron los abrigos y las botas. Mamá les dio chocolate caliente en tazas de colores.
Todas se sentaron en círculo, con mantas suaves sobre las piernas. Miraban por la ventana cómo la nieve seguía cayendo, cubriendo el mundo de blanco.
—Hoy fuimos valientes —dijo Valeria—. Salimos aunque hacía frío.
—Y descubrimos que el invierno es suave si estás con amigos —dijo Luna.
Las cuatro amigas se miraron y sonrieron. Se sentían tranquilas y felices. El invierno no era solo frío. También era calor de casa, risas y abrazos.
Sofía miró a sus amigas y dijo: —Mañana podemos volver a salir. Quizás la nieve tenga formas nuevas.
Todas asintieron, soñando con nuevos paseos y nuevos descubrimientos. Afuera, la nieve seguía cayendo, suave y tranquila, como un abrazo grande y blanco. Dentro, las niñas estaban juntas, sintiendo la alegría de aceptar el invierno y los cambios, sabiendo que cada día podía traer algo bonito. Y así, con el corazón contento y un deseo para mañana, se prepararon para dormir, arropadas por la magia sencilla del invierno.