Las ventanas de la casa estaban llenas de gotitas de agua. El aire, afuera, era frío y se veía blanco por la escarcha. Martina miraba por la ventana desde su sillón rojo, abrazando a su osito. De repente, tocaron la puerta y entraron su amigo Hugo, con su gorro azul, y las mellizas Lucía y Ana, con bufandas a rayas.
—¡Vamos a jugar en el jardín! —dijo Hugo, saltando de alegría.
Martina miró a su mamá. Tenía un poco de frío en los brazos.
—¿Puedo salir? —preguntó ella.
La mamá se agachó y sonrió. —Claro, pero primero abrígate bien. El invierno es frío y puede hacer daño si no estamos preparados.
Martina vio cómo su mamá ponía un gorro suave en su cabeza, un abrigo gordito, guantes y botas calentitas.
—Así, el frío no puede entrar —dijo la mamá, dándole un beso en la frente—. Si tienes frío, vuelve adentro, ¿sí?
Martina asintió. Se sentía segura.
Todos salieron juntos. El aire olía a tierra mojada y a leña. El suelo crujía bajo sus pies. Hugo hizo una bolita de nieve con la escarcha del césped. Lucía sopló nubes de vapor al respirar y se reía. Ana enseñó a todos cómo dejar huellas en la nieve fina, caminando despacio.
—¡Mira mis huellas! —gritó Ana, feliz.
Martina se agachó y tocó la nieve. Estaba fría, pero sus guantes la protegían. Al principio sentía un poco de miedo porque la nieve era nueva para ella. Nunca había jugado con tanta escarcha.
—No pasa nada —le dijo Lucía—. Si tienes frío, podemos ir dentro a tomar chocolate.
Martina sonrió y siguió jugando. Hicieron una fila de huellas, una tras otra. Hugo enseñó a todos cómo hacer un ángel en la nieve. Se tumbó en el suelo y movió los brazos, dejando una forma graciosa.
Martina lo intentó. Sintió cómo la nieve crujía debajo de ella. El cielo era gris, pero el jardín estaba lleno de risas y colores. Se sentía contenta y valiente.
Cuando sus mejillas se pusieron rojas y sus manos un poquito frías, la mamá llamó desde la puerta.
—¡Niños, es hora de entrar!
Dentro de la casa, el aire era cálido. La mamá les preparó una merienda con leche caliente y galletas. Martina abrazó su taza y la mamá se sentó con ellos.
—¿Sabéis por qué es importante abrigarse en invierno? —preguntó la mamá—. El frío puede hacernos estornudar o sentirnos mal si no estamos protegidos. Por eso, llevamos gorros, guantes y bufandas. Así podemos jugar y disfrutar, sin peligro.
Martina pensó en lo bien que se había sentido, protegida y feliz. Miró a sus amigos y sonrió. Todos juntos, con las mejillas coloradas y las manos calentitas, se sintieron tranquilos y seguros.
El invierno, pensó Martina, puede ser frío, pero también es bonito y acogedor cuando estás con tus amigos y cuidas de ti. Afuera, la nieve seguía cayendo despacito; dentro, había calor, risas y paz.