Parte 1
En la torre de la Escuela Chisporrota, Tomás, aprendiz de mago de 4 años, se puso su capa azul. Sonrió grande. Él veía lo bueno en todo, hasta en los calcetines torcidos.
Hoy quería hacer un hechizo sencillo: “¡Taza con chocolate, ven aquí!”
Pero antes tomó su sombrero puntiagudo. El sombrero era terco. Muy terco.
“Sombrero, a mi cabeza”, dijo Tomás.
“No”, respondió el sombrero, saltando al suelo. “Hoy quiero estar… ¡en la silla!”
Tomás soltó una risita. “Vale. Siéntate, señor Sombrero.”
El sombrero se quedó quieto, orgulloso.
Tomás sacó su varita de madera de galleta (olía un poquito a vainilla). “No pasa nada. Todo se puede arreglar con calma.”
Parte 2
Tomás agitó la varita. “¡Abracadabra, equilibrio!”
¡Puf! Aparecieron tres sombreros más. Uno se puso en la lámpara. Otro en el gato de peluche. El tercero… ¡en la taza!
La taza caminó con patas de pan. “Plin, plin”, hizo sobre la mesa.
Tomás aplaudió. “¡Qué divertida taza!”
La maestra Brilli entró con una bandeja de galletas blanditas. “¿Qué ocurre aquí?”
Tomás señaló. “Todo está un poco… en la cabeza equivocada.”
La maestra sonrió. “No pasa nada. ¿Qué dice tu corazón?”
Tomás miró el lío mágico y dijo: “Que es gracioso. Y que necesito equilibrio: ni demasiado sombrero, ni cero sombrero.”
El sombrero terco gritó desde la silla: “¡Yo mando!”
Tomás se acercó despacio. “Sombrero, tú puedes mandar… pero también puedes descansar.”
“¿Descansar?” preguntó el sombrero, menos bravo.
Tomás puso una galleta en la silla, justo al lado. “Mira. Un sitio para ti y un sitio para la galleta. Mitad y mitad.”
El sombrero dudó. Luego se acomodó en un rincón de la silla. “Mmm… equilibrio.”
Parte 3
Tomás levantó la varita. “Sombreros, a sus sitios. Uno por cabeza, nada más.”
¡Fiuu! Los sombreros volvieron a ser uno solo. Se posó suave en la cabeza de Tomás, como si fuera una nube.
La taza dejó de caminar y se llenó de chocolate calentito. “¡Glup!” hizo feliz.
La maestra Brilli dio un aplauso chiquito. “Muy bien, Tomás. Has usado calma y equilibrio.”
Tomás miró al sombrero. “¿Amigos?”
“Amigos”, dijo el sombrero, con voz pequeñita.
Tomás bebió su chocolate. “Hoy todo salió raro… y bonito.”
Y en la torre, el mundo quedó tranquilo, dulce y justo en su punto.