Había una vez un pequeño aprendiz de mago llamado Nico. Nico tenía cuatro años y una gran capa azul con estrellitas doradas que brillaban cuando les daba la luz. Nico vivía en una casita redonda, llena de libros de magia, ollas burbujeantes y escobas bailarinas. Pero lo que más le gustaba a Nico era su visera mágica. Era una visera muy especial: era grande, redonda y brillante como una burbuja de jabón. Si la mirabas de cerca, podías ver destellos de arcoíris y escuchar risitas escondidas.
Un día, Nico se dio cuenta de que la visera estaba sucia. Tenía huellas de dedos, motitas de polvo y hasta una manchita de mermelada de fresa. Nico la miró y dijo: "¡Oh, no! ¡Mi visera está sucia! ¿Cómo podré ver los hechizos si está empañada?"
Nico decidió limpiarla. Fue a buscar su trapo mágico, que era suave como una nube. Al acercarse a la visera, escuchó una vocecita: "¡Cuidado, Nico! ¡Las viseras mágicas hacen cosquillas cuando las limpias!" Nico se rió y le contestó: "¡No te preocupes! ¡Haré cosquillas con cuidado!"
Nico empezó a frotar la visera despacito. Frotó a la izquierda, frotó a la derecha, frotó arriba y abajo. De repente, ¡la visera estornudó! "¡Aaaachú!" salió volando una nubecita de brillantina. Nico se asustó un poquito, pero enseguida se rió. "¡Salud, visera!" dijo, y la visera contestó con un tintineo: "¡Gracias, Nico!"
Siguió limpiando y, de repente, la visera empezó a girar como un tiovivo. "¡Uuuh!" gritó Nico, agarrándose fuerte. La visera giraba y giraba, lanzando chispas de todos los colores. De pronto, salió disparada una rana de peluche de debajo de la visera. "¡Croac!" dijo la rana, "¡Qué divertido es limpiar contigo, Nico!"
Nico se sorprendió, pero le dio mucha risa. "¡Hola, rana! ¿Quieres ayudarme a limpiar?" La rana saltó sobre el trapo y empezó a bailar sobre la visera, dejando huellas de patitas que se veían como estrellitas verdes. Nico aplaudió y la rana croó de alegría.
Mientras limpiaban, la visera empezó a contar chistes. "¿Sabes por qué los magos no usan paraguas?" preguntó, y Nico respondió: "¡No sé!" La visera dijo: "¡Porque prefieren mojarse de magia!" Nico y la rana rieron tanto que casi se caen de la risa.
De repente, de la visera salió una nube de burbujas que flotaban por toda la habitación. Algunas burbujas tenían caras sonrientes, otras llevaban diminutos sombreros de copa. Una burbuja saludó: "¡Hola, Nico! ¡Hola, rana!" Nico saludó con la mano y dijo: "¡Hola, burbujitas! ¿Quieren ayudar también?"
Las burbujas se acercaron y empezaron a flotar alrededor de la visera, haciendo círculos y soplando airecito fresco. La visera se reía y decía: "¡Ay, qué cosquillas! ¡Más despacio, que me mareo!" Todos se reían. La rana saltaba de burbuja en burbuja, y Nico giraba alrededor, bailando con su capa azul.
Cuando terminaron, la visera estaba tan limpia y reluciente que parecía una luna llena en el cielo nocturno. Nico se miró en la visera y vio su cara con una gran sonrisa, la rana de peluche y las burbujas bailando a su alrededor. "¡Qué bonito ha quedado todo!" exclamó Nico.
La visera le guiñó un ojo: "Gracias, Nico. Ahora estoy lista para ver los mejores hechizos del mundo." Nico abrazó a la rana y le dijo: "¡Gracias, rana, por ayudarme!" La rana croó: "¡Siempre es divertido limpiar contigo, Nico!"
Las burbujas, antes de irse, dejaron un rastro de estrellitas doradas. "¡Hasta la próxima, Nico!" cantaron mientras flotaban por la ventana y se perdían en el cielo.
Nico se sentó en su sillón favorito, con la visera mágica en la cabeza y la rana de peluche en el regazo. Miró a su alrededor: todo era brillante, alegre y lleno de magia. "Hoy ha sido un día mágico", pensó Nico.
Antes de dormirse, la visera le susurró: "Recuerda, Nico, todo es más divertido si lo haces con alegría." Y Nico, con una gran sonrisa, cerró los ojitos y soñó con nuevos hechizos, ranas saltarinas y burbujas traviesas.
Y así, en la casita redonda, todo terminó bien, con risas, abrazos y mucha, mucha magia.