Parte 1
Había una vez un pequeño brujo llamado Bruno. Bruno vivía en una casita con ventanas redondas y una tetera que silbaba como un pájaro. Bruno era amable y un poco distraído. Le gustaba la magia, cantar chistes y hacer recetas raras en su cocina.
Una mañana, el pueblo dijo: "Hoy estamos cansados". Los niños bostezaban. Los abuelos cerraban los ojos un poquito. Bruno decidió hacer un té mágico apaciguante. "Haré un té que haga sonreír y dormir suave", dijo Bruno.
Bruno puso su sombrero puntiagudo. Sacó un libro de recetas con dibujos grandes. "Receta n° 3: Té de abrazo", leyó. La receta pedía tres hojas de sueño, una cucharada de luna, una pizca de risa y mucha responsabilidad. Bruno sonrió. "Sé responsable", dijo a su tetera. La tetera silbó más fuerte.
Parte 2
Bruno buscó las hojas de sueño en su jardín. Las plantas tenían ojos pequeñitos y bostezaban. "Hola, hojas", dijo Bruno. "¿Puedo recoger tres hojas?" Las hojas se estiraron y dieron un suspiro. Bruno contó: "Una, dos, tres". Con cuidado, las puso en la olla.
Luego buscó la cucharada de luna. La luna estaba escondida en una taza azul. Bruno la tomó con una cuchara brillante. "Gracias, luna", murmuró. La luna brilló y soltó purpurina suave.
Ahora faltaba la pizca de risa. Bruno fue a la plaza donde los niños jugaban. "Contadme un chiste", pidió. Un niño dijo: "¿Qué hace una bruja en la cocina? ¡Meezcla!" Todos rieron. Bruno recogió una risita y la metió en un frasquito. "Una pizca", dijo mientras cerraba el frasco.
Bruno volvió a casa. Puso las hojas, la luna y la risa en la tetera. Agregó agua tibia y una canción. "Canta conmigo", dijo la tetera. Bruno cantó: "Bur-bu-ja, bur-bu-ja, té de abracito". La cocina olía a miel y cuentos.
Pero Bruno estaba tan contento que olvidó la parte de la receta que decía: "Ser responsable al servir." La tetera se rió. De repente, ¡puf! La tetera hizo una burbuja grande, y la burbuja salió flotando con olor a té. La burbuja rodó por la ventana y voló hacia la plaza.
En la plaza, la burbuja se abrió como una puerta. El viento llevó el aroma y todos olieron el té. Empezaron a bostezar de felicidad. Un perro se echó y soñó con huesos de chocolate. Una abuela se apoyó en su bastón y sonrió. Todo fue suave y bonito. Pero la burbuja seguía y seguía, y la tetera en casa se quedó vacía.
Bruno se preocupó. "Oh, oh", dijo. "La burbuja se llevó el té. Debo ser responsable." Se puso su capa y salió corriendo. "No asustes", dijo a la gente. "Voy a cuidarlo."
Bruno siguió la burbuja. A veces la burbuja se pegaba en un árbol. A veces se enredaba en una cometa. Bruno la llamó: "¡Burbuja, ven!" La burbuja hacía ruidos graciosos, como un trombón diminuto. Bruno usó una cuerda y cantó otra canción. Poco a poco, acercó la burbuja.
En un par de saltitos, Bruno cruzó un charco y pidió ayuda a un pato. "¿Puedes empujarla?" El pato empujó con el pico y la burbuja se desplazó. Bruno juntó a algunos amigos: un gato, una niña con trenzas y el cartero. Todos empujaron con cuidado.
Parte 3
Finalmente, Bruno logró abrir la burbuja con una cucharita. El té cayó en una taza grande. Bruno se puso serio y responsable. "Ahora voy a servir con cuidado", dijo. Avisó a todo el pueblo: "Un sorbo por persona y una sonrisa grande. No corran." Todos aplaudieron.
Bruno sirvió té a los niños, a los abuelos, al perro y hasta al pato. La gente sorbió despacio. "Mmm", dijeron. Las sonrisas se hicieron suaves. Nadie se quedó sin té. Bruno guardó el frasquito de risa en un lugar seguro y cerró la tapa de la tetera con un lazo.
La noche llegó con estrellas. Bruno miró la luna y dijo: "Gracias por ayudar." La luna parpadeó. Bruno aprendió algo importante: la magia es bonita, pero hay que ser responsable. Cuidar lo que haces ayuda a todos.
Antes de dormir, Bruno puso la tetera al lado de la cama. Dijo buenas noches a la tetera. "Descansa, amiga." La tetera silbó bajito, como un arrullo. Bruno se metió en su cama, soñó con hojas que contaban chistes y con burbujas cantoras.
Al amanecer, el pueblo despertó contento y descansado. Todos recordaron la aventura con risas. Bruno abrió la ventana y sonrió. "Hoy fui responsable", dijo. Y el pueblo dijo: "Gracias, Bruno." Todos vivieron felices, tranquilos y con muchas recetas por descubrir, siempre con cuidado y cariño.