Parte 1
El mago Tomás salió a la plaza con su capa azul y su sombrero puntiagudo, que era rojo con estrellitas doradas. En la mano llevaba una varita de madera que hacía “¡tic, tic!” cuando la movía.
“Hoy haré magia suave, de la que hace cosquillas”, dijo Tomás.
Un pajarito verde se posó en la fuente y cantó: “Pío, pío, ¡abracada-pío!”
Tomás se rió. “¡Qué buen ayudante!”
Tomás levantó su varita. “¡Abracadabra, burbujas de limonada!”
¡Puf! Salieron burbujas grandes, amarillas y brillantes. Olían a limón. Los niños aplaudieron.
Pero una burbuja traviesa subió, subió… y le dio un beso al sombrero.
“¡Pop!”
El sombrero salió volando como si tuviera alas. Giró, dio vueltas y se fue por el cielo.
“¡Mi sombrero!” gritó Tomás, sin enfadarse, más sorprendido que nada.
El pajarito dijo: “Pío… se fue hacia el Bosque de las Setas Saltarinas.”
Tomás se tocó la cabeza. “Sin sombrero me siento como una tetera sin tapa.”
Una niña con trenzas dijo: “¡Vamos contigo!”
Un niño con botas grandes dijo: “¡Yo corro rápido!”
La panadera asomó la cabeza desde su tienda. “Y yo llevo pan por si hay hambre.”
Tomás sonrió. “Gracias. Esta misión es de todos. Juntos, mejor.”
Parte 2
Caminaron por un camino de caramelos de piedra. El bosque era amable: los árboles tenían hojas redondas como galletas, y las setas rebotaban “boing, boing” cuando alguien pasaba.
De pronto, vieron el sombrero arriba de una rama, muy alto.
“¡Sombrero, vuelve!” llamó Tomás.
El sombrero no podía hablar, pero se movía: “flap, flap”, como si dijera “¡Uy, perdón!”
Tomás apuntó con la varita. “¡Hechizo de mano-larga!”
¡Zas! Su brazo se estiró como un fideo… demasiado. Tocó una seta y la seta le hizo cosquillas en la nariz.
“¡Achís!” estornudó Tomás.
Y del estornudo salieron… ¡tres patitos de jabón! “Cuac, cuac.” Resbalaron por el suelo, felices.
Los niños se rieron. La panadera dijo: “Tomás, tu magia es muy… resbalosa.”
Tomás bajó el brazo. “Vale. Mejor lo hacemos con calma.”
El niño de botas grandes dijo: “Yo te hago escalón.” Se puso firme.
La niña con trenzas dijo: “Yo sostengo tu capa para que no te caigas.”
La panadera dijo: “Yo vigilo los patitos de jabón. ¡Que no se pierdan!”
Tomás respiró hondo. “Eso es responsabilidad colectiva. Todos cuidamos de todos.”
Subió con cuidado, apoyándose en el escalón. La niña sujetó la capa. Tomás alcanzó el sombrero.
“¡Te tengo!” susurró.
Parte 3
El sombrero bajó por fin y se colocó en su cabeza: “plop”, contento.
El pajarito verde aplaudió con las alas. “¡Pío, pío, misión cumplida!”
Tomás miró a su equipo. “Gracias. Sin ustedes, mi sombrero seguiría jugando a ser cometa.”
La panadera repartió pan blandito. Los patitos de jabón hicieron “cuac” y se metieron en una charquita, sin prisa.
De vuelta a la plaza, Tomás dijo: “Ahora, un hechizo especial: ¡Abra-cada-uno!”
Aparecieron pequeñas estrellitas que bailaban alrededor de todos, como luces de fiesta.
Los niños dijeron: “¡Otra vez!”
Tomás guiñó un ojo. “Sí, pero con una regla: si algo se vuela, lo buscamos juntos.”
Y en la plaza, con risas suaves y burbujas tranquilas, el sombrero se quedó bien puesto, como debe ser.