El descubrimiento mágico
En un pequeño y colorido pueblo, donde las casas estaban hechas de caramelos y las nubes parecían de algodón de azúcar, vivía un aprendiz de hechicero llamado Nico. Nico tenía tres años y un gorro puntiagudo que siempre llevaba torcido. Su poder especial era hacer crecer flores en su cabeza cada vez que sonreía. ¡Era todo un espectáculo de colores!
Un día, mientras paseaba por el bosque encantado cerca de su casa, Nico tropezó con algo muy extraño. ¡Era un libro grande y polvoriento! "¡Un grimoire!" exclamó Nico, aunque no sabía muy bien qué era un grimoire. Sus ojos brillaron de emoción, y su gorro se movió de contento.
"¿Qué harás con ese libro, Nico?" preguntó su amigo Gustavo, el sapo saltarín, que justo pasaba por allí.
"¡Vamos a explorar! Quién sabe qué magia puede haber aquí dentro", respondió Nico con entusiasmo.
Las palabras mágicas
Nico abrió el libro y encontró páginas llenas de palabras raras y dibujos divertidos. "Uhm, a ver, ¿qué tal este hechizo?" dijo Nico mientras leía en voz alta, "¡Zarabumbúm!" De repente, Gustavo comenzó a inflarse lentamente como un globo.
"¡Croac! ¿Qué sucede, Nico?" preguntó Gustavo, mirando su cuerpecito verde que ahora flotaba en el aire.
"¡Oh, no! ¡Lo siento, Gustavo! ¡Creo que te convertí en un sapo flotante!" dijo Nico riendo, mientras intentaba alcanzar a su amigo para sujetarlo.
Gustavo dio una vuelta en el aire y luego soltó un sonoro "¡Croac, croac!" que sonaba más como una carcajada que como una queja. Al parecer, ser un sapo flotante podía ser bastante divertido.
"¡Vamos a probar otro!" exclamó Nico emocionado, pasando las páginas del grimoire. "¡Lalalá Zapazúm!" dijo.
De repente, una lluvia de burbujas comenzó a caer del cielo, y todas las burbujas tenían caras sonrientes. Nico y Gustavo se reían mientras las perseguían por el bosque.
El encantamiento final
Justo entonces, Lila, la abuela de Nico y una sabia hechicera, apareció de la nada. "¿Qué travesuras estás haciendo ahora, pequeño Nico?" preguntó con una sonrisa, sus ojos chispeando de diversión.
Nico le enseñó el grimoire y explicó todo lo que había sucedido. "¡Oh, Nico! Ese es el libro de las travesuras mágicas. Solo funciona cuando te diviertes", dijo Lila con una risita.
"Entonces, ¿puedo hacer que Gustavo vuelva a la normalidad?" preguntó Nico, mirando al sapo flotante que hacía piruetas en el aire.
"Por supuesto", dijo Lila guiñando un ojo. "Solo tienes que pensar en tu amistad y decir las palabras correctas."
Nico cerró los ojos, pensó en lo mucho que le gustaba jugar con Gustavo y dijo con voz clara, "¡Amigo, amigo, regresa a mi abrigo!"
En un parpadeo, Gustavo dejó de flotar y aterrizó suavemente en una almohada de hojas verdes, riendo alegremente.
"¡Gracias, Nico! Ser un sapo flotante fue divertido, pero prefiero saltar", dijo Gustavo dando un gran salto.
Y así, Nico, el pequeño aprendiz de hechicero, pasó el resto del día haciendo travesuras mágicas con su grimoire, siempre acompañado de su fiel amigo Gustavo. Porque en el pueblo mágico de casas de caramelo, cada día era una nueva oportunidad para reír, aprender y, sobre todo, para crear magia con un buen amigo. Y colorín colorado, este cuento ha terminado.