Había una vez una niña pequeña, muy risueña, llamada Sofía. Era la Navidad y Sofía llevaba un gorro rojo con pompón. ¡Toc-toc! De repente, apareció un duende pequeñito, el Lutin Farceur, con botas verdes y una sonrisa grande. “¡Hola, Sofía!”, dijo el duende saltando, “¿quieres jugar conmigo?”
Sofía aplaudió: “¡Sí!”. El Lutin Farceur corrió, “¡Mira esto!”. Saltó sobre una bola de Navidad y ¡hop! la bola giró y giró, “¡Riiing, riiing!”. Sofía se rió mucho. El duende escondió galletas detrás del árbol. “¿Dónde están las galletas?”, preguntó Sofía. “¡Buscamos!”, dijo el duende. “¡Mira ahí!”, gritó Sofía, y encontró las galletas. “¡Bravo!”, aplaudió el duende.
El duende sopló suavemente sobre el mantel, “¡Fiuuu!”. Y aparecieron estrellitas de papel. “¡Guau!” dijo Sofía, tocando las estrellitas. El duende bailó alrededor de Sofía, “¡Tin-tin!”, sus campanitas sonaban.
Mamá entró y sonrió. El Lutin Farceur saludó, “¡Feliz Navidad!”. Sofía abrazó al duende. El duende guiñó un ojo, “¡Hasta mañana!”. Y desapareció con un “¡Plim!”.
Sofía suspiró contenta. Mamá dijo: “El duende hace la Navidad alegre”.
Y Sofía entendió que la Navidad es más bonita cuando compartimos las risas y los juegos.