Luna era una niña de cuatro años. Un día, mientras Luna jugaba en la sala, vio algo raro. ¡Un lutin travieso! El lutin reía y saltaba, escondiendo los regalos en lugares chistosos, como dentro de las botas de papá o en el horno de la cocina.
Luna le dijo: "Señor Lutin, ¿por qué escondes los regalos?"
El lutin respondió con una sonrisa: "Hago travesuras para hacer reír. ¡La risa es mágica!"
Luna pensó que era divertido. Así que decidió ayudar al lutin a organizar todo. Buscó las botas de papá y encontró un cochecito de juguete. Lo puso bajo el árbol de Navidad.
Más tarde, encontró una muñeca en el horno. ¡Qué sorpresa! Luna rió y la colocó junto al cochecito.
El lutin seguía haciendo de las suyas, poniendo galletas en la nevera o luces en el baño. Luna lo seguía, riendo y ordenando. Y cada vez que lo hacía, la casa se sentía más alegre.
Finalmente, Luna aprendió que el lutin no era malo. Solo quería que todos disfrutaran de una Navidad diferente y divertida. Luna le dijo: "Gracias, señor Lutin, por hacernos reír."
Y así, con risas y juegos, Luna y el lutin transformaron la casa en un lugar mágico. Cada rincón parecía brillar con alegría.
Al final del día, Luna se sentó junto al árbol, feliz y cansada. Y aquel lutin travieso, con una guiñada, desapareció entre risas.